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Museo Etnográfico de Castilla y León

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Territorio de gracia del Santuario de Valdejimena

24 de mayo 2018




Que la Virgen que buscáis
siempre estará aquí metida
mientras los hijos de Horcajo
Dios les conserve la vida
que aquí se halló aparecida
el año ya no sé cuántos
como sabemos muy bien
por nuestros antepasados


El Santuario de Valdejimena se encuentra en un territorio de frontera entre las actuales provincias de Salamanca y Ávila, espacio que en su día también tuvo carácter liminar entre el Reino de León y el de Castilla, como atestigua, sin ir más lejos, el topónimo de Horcajo Medianero, municipio en el que se localiza. El carácter liminar del templo hizo que su devoción se extendiera por ambas provincias, llegando hasta los extremos de las mismas–Las Sierras de Béjar, Francia y Gata en el caso de Salamanca y La Moraña y la Sierra de Gredos en la provincia de Ávila–. Así pues Valdejimena es un santuario que cuenta con una devoción muy extendida que configura, por lo tanto, un extenso territorio de gracia, un espacio geográfico de culto y devoción que además se ampara bajo el manto simbólico de la imagen.

Los motivos de la extensión de esta advocación mariana, los encontramos en varios factores:

Espacial identitario. Valdejimena representa, junto con el Cueto, Cabrera y la Peña de Francia, el conjunto de advocaciones provinciales -especialmente con las dos primeras- lo que podríamos llamar, en palabras de Paco Blanco, las “devociones de la dehesa”.

Protección de la salud. La Virgen de Valdejimena es "abogada contra horas menguadas, aires pestilentes y mordeduras de perros rabiosos". La simple presencia ante la imagen conculcaba la rabia, enfermedad mortal en el mundo rural hasta no hace demasiadas décadas, generando así una gran devoción, sobre todo como recurso profiláctico tal y como atestiguan los exvotos que se encuentran colgados en las paredes del santuario.

La trashumancia y la ganadería de bravo. Se localiza el santuario en una de las zonas de paso de ganados a través de los cordeles que forman parte de la Cañada Real Soriana Occidental; precisamente a lo largo de esta cañada se ubican la ermita fronteriza de La Estrella (en término de Martínez), el Santuario de la Fuente Santa de Medinilla, la ermita de la Encina de San Miguel de Serrezuela o la ermita de Gracia Carrero en Gallegos de Solmirón.

De todas Valdejimena, gracias a su carácter profiláctico contra la rabia, los pastores la acogieron como protectora. Lo prueba que, entre las humildes pertenecías de los hombres que viajaban a extremos, encontremos las pequeñas medallas de esta Virgen, que en muchos casos cosían en el interior de sus ropas. El paraje adehesado donde se encuentra el santuario, fue siempre lugar de cría de reses bravas; es verdad que Valdejimena en este aspecto no alcanza la importancia de la Virgen del Cueto, erigida popularmente como patrona de los ganaderos de bravo, sin embargo parece que los festejos taurinos del santuario durante el siglo XVIII no tienen parangón, llegando a sacrificar en 1721 hasta dieciséis toros, datos que nos da idea de la importancia de Valdejimena en tiempos pasados.

Todo ello viene a justificar la extensión de la devoción a la Virgen y la generación de un amplísimo paisaje cultural sagrado que podemos estudiar desde múltiples perspectivas. Sin embargo no podemos olvidar las palabras de otros que nos antecedieron y que describen con todo lujo de detalles, este territorio de gracia con mejores y más emotivas palabras que las nuestras:

¡Y qué contornos lejanos! Están cerrados por ermitas y castillos. Al norte, el corpulento torreón del castillo histórico del Duque de Alba, la torre del Homenaje, que permanece en desafío de los tiempos. Detrás de la villa ducal, más en lejanía, las ruinas del castillo roquero de Bernardo del Carpio. Al este, la Villa de los Bracamonte, con sus torres altas y enhiestas. Más cerca, el monumento al Sagrado Corazón de Jesús de Macotera. En el punto mismo del sol naciente, la ermita de San Miguel de Serrezuela. Más adelante, el macizo de la Cordillera Central. Primero la prominente Serrota o Alto de las Once, que dicen los labriegos. Después la Sierra de Piedrahíta, con los Picos de Gredos atrás y el Risco del Collado por delante. Aquí, como vigía entre montañas, el Castillo del Mirón. Al suroeste, la Sierra de Candelario, con sus gargantas de bloques de nieve helada. En seguida la Sierra de Béjar, disimulada por la pretenciosa Sierra de Ventosa. Y al poniente, las alturas de Sierra de Gata y la cortante mole de Peña de Francia, trono de la Señora y pedestal del cielo.

He ahí el horizonte grande de Valdejimena.
Y el horizonte chico, el horizonte cercano es menos nacional, pero más salmantino. Pocos castillos medievales, pocas torres majestuosas, pocas cordilleras contantes; pero muchas alquerías, muchos poblados minúsculos, muchas cimas, laderas y valles de levante pronunciados.

Las alquerías de Juarros, Salmamés y Garcigrande dibujan una mancha oscura sobre la madre tierra con sus cuajados encinares. Los cascos urbanos de Chagarcía, Carpio y Diego Alvaro dan impresión de apretado caserío. Entre robles, encinares y alamedas, están Martínez, Zapardiel y Montalvo, con sus pastos frescos que huelen a serranía abulense y con su Virgen, Santa María de la Estrella. Arevalillo con su monte pelado y la Aldea del Abad que con su nombre evoca el recuerdo de monjes y monasterios. El concejo de Caballeros, formado por Armentero, Revalbos, Iñigo Blasco y Navombela rememora la vida de antiguas comunidades, pobladoras pacíficas de tierras vecinas, con pretensiones caballerescas. Galinduste, con su monte que llaman Atalaya, con su torreón de antaño y con sus 1.900 habitantes presume de populoso entre los pueblos de la comarca. Por fin, Anaya de Alba, con tierras trigueras que compiten con la Armuña, Valdecarros, con solera de vocaciones religiosas y Larrodrigo cierran el círculo de este horizonte minúsculo.

Y por decirlo todo, a los pies mismos de El Cornazo, asomándose casi al Valle Jimena, figuran como casa de labranza charra Gallegos de Crespes, con ruinas de su iglesia gótica; Valverde de Gonzaliáñez, con su vega y sus toros bravos; Sancho Pedro Abajo, que pretende besar los cimientos del santuario, Sancho Pedro Arriba, con la ermita que fué de Nuestra Señora de Sancho Pedro; Padiernos, mirando a la provincia de Avila: y sobre todo Horcajo Medianero, que descansa seguro entre el Alto de la Ermita y el Cornazo, al tiempo que parece un nacimiento montado entre dos regatos que confluyen en el río Cártala, formando especie de horquilla, de donde parece traer su denominación de Horcajo.


Sánchez Vaquero, José.: Nuestra Señora de Valdejimena (Historia de un santuario de Castilla en tierras salmantinas). Centro de Estudios Salmantinos. 1953.







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