Paisajes sagrados

Laboratorio

Paisajes Culturales Sagrados

Museo Etnográfico de Castilla y León

Fichas


Sayago como ejemplo de paisaje sagrado complejo

7 de enero de 2020


Pedro Javier Cruz Sánchez / Beatriz Sánchez Valdelvira



Que el estudio del paisaje se puede realizar desde diversos puntos de vista es algo bien evidente y no hay discusión sobre ello, como pone de manifiesto la bibliografía especializada que existe en la actualidad. Las posibilidades de análisis de los paisajes son, pues, enormes con lo que cabe estudiar los paisajes desde una amplia variedad de perspectivas que permiten acercarnos a la génesis y evolución de los diversos tipos (mineros, agrarios, religiosos, bélicos, etc.). No creemos que exista un tipo de análisis prioritario, sino que en virtud de los elementos que lo configuran, su disposición en el espacio y de las prácticas sociales y simbólicas que se desarrollan en torno a ellos, contaremos con una visión específica que permitirá abundar en su evolución, sus cambios y sus permanencias. Que los paisajes están vivos no cabe duda, pero no se puede negar, al menos para determinadas comarcas menos desvirtuadas por las distintas acciones de la modernidad –obras de infraestructuras, cambios en el orden social y económico, etc.- que algunos autores han encuadrado bajo la etiqueta de “tradicionales”, que existen cierta “fosilización” del paisaje a través de la perpetuación de determinados ítems del paisaje, los cuales cuentan con unas lecturas sociales de hondo calado.

La comunidad de Castilla y León ofrece abundantes ejemplos de estos territorios donde ciertos elementos han permanecido casi inalterados y permiten realizar estudios que permiten comprender su configuración simbólica y permite, así mismo, aproximarnos a las formas de diálogo entre los habitantes y el territorio por medio de la erección de hitos y la generación de hierofanías por medio de leyendas y prácticas rituales. La comarca zamorana de Sayago, que venimos estudiando con cierto detenimiento desde hace un tiempo, conserva muchos rastros de esa tradición que mencionan los autores que se han detenido en ella y que queda patente no solo en su arquitectura, sino sobre todo, en los modos de explotación del territorio, diseccionado de manera magnífica por Esther Prada Llorente en sus trabajos científicos por medio del análisis pormenorizado de los cronotopos que forman parte de su particular paisaje agrario. Nosotros mismos hemos llevado a cabo, con mejor o peor suerte, algunos análisis de los elementos que conforman su paisaje sagrado en especial los cruceros como componentes principales de un territorio donde existe un marcado componente constructivo, plasmado en la presencia de ermitas, santuarios y humilladeros que llevaron a cabo una suerte de control simbólico del territorio por medio de romerías, rogativas y los ciclos propios de la Pasión. Si la existencia de una densa malla de construcciones sagradas que hitan y controlan simbólicamente los espacios críticos de la comarca, conlleva la efectiva comparecencia de un control del territorio por parte de la jerarquía eclesiástica, la clase subalterna desarrolló su propia demarcación simbólica de la comarca a través de la erección de una serie de hitos que, dispuestos en puntos muy específicos del territorio, venían a suponer marcas de sacralidad cuya función era muy determinada en virtud de su ubicación concreta. En cierto modo, nos encontramos ante verdaderos paisajes heterotópicos cuyas lecturas profundas ofrecen interesantes datos acerca de los modos de ocupación simbólica del espacio agrario.


Ciertas comarcas tradicionales de Zamora, como Sayago o Aliste cuentan con algunos tipos de cruceros muy específicos, un verdadero thopos del tercio occidental de la provincia. Nos referimos a una plétora de cruceros de aspecto muy primitivo –prácticamente una lancha o bolo de granito conformado para dar una forma más o menos cruciforme–, que se suelen erigir al pie de los principales caminos de la comarca, así como a las salidas/entradas de las poblaciones. Los encontramos, formando auténticos “territorios de gracias” en palabras de W. Christian, Jr., en algunas de las vías de peregrinación, caso de los caminos que conducen al santuario liminar de Nuestra Señora de Gracia, entre Almeida y Villamor de Cadozos, pero sobre todo son abundantes los que se alzan en los bordes de los núcleos habitados. Los cruceros que se encuentran en las márgenes de dichos núcleos suelen estar, como apuntamos, en las salidas/entradas de los mismos y habitualmente lo hacen en cada una de las direcciones, esto es, se encuentran en los cuatro puntos cardinales. Se trata de sencillos cruceros que, como los humilladeros, alminhas, portuguesas, petos de ánimas gallegos o santucos cántabros, cumplieron una función eminentemente devocional –se rezaba una oración a la entrada/salida de la población, pidiendo el favor de una buena jornada de trabajo o un viaje tranquilo-, plasmando en ellos además ciertos rasgos de ritualidad en virtud de la presencia de cruces grabadas o de colocación de adornos vegetales, fruto de su función dúplice como cruces de dirección/cruces de bendición de campos.

Todas ellas conforman un complejo sistema paisajístico sagrado en virtud de su disposición en el territorio, al formar una suerte de cinturones o anillos de protección de los núcleos urbanos, similar al que propuso en su día Ángel Gari para las cruces protectoras del Pirineo oscense y que acoge “bajo sagrado” al caserío y lo delimita y protege de aquellos espacios vacíos, en palabras de Francesco Careri, espacios en los que existe una frontera invisible que da lugar a auténticos paisajes entrópicos que es necesario ser interpretados de manera satisfactoria, que trasciendan las lecturas de orden crono-tipológico que se estilan en la actualidad para el estudio de estas manifestaciones de la religiosidad local.

Laboratorio de Paisajes Culturales Sagrados
PCS y BSV






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