Paisajes sagrados

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Museo Etnográfico de Castilla y León

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Conjuraderos sorianos contra las tormentas

22 de diciembre de 2018


Pedro Javier Cruz Sánchez



El Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias apuntaba como conjurar significa algunas veces exorcizar, conjurar nublados y demonios. Conjurar a nublados o demonios debía hacerse conforme al manual y no de otra manera. En este sentido, la Práctica de Conjurar compuesta por el P. Fr. Luis de la Concepción, era una verdadera guía para que los párrocos y determinados especialistas, conculcasen con la palabra escrita o determinadas imágenes sagradas los continuados peligros a los que se enfrentaba el hombre de campo. A las tormentas, por ejemplo, se las trataba de combatir con ciertos remedios tales como los tentenublos, campanas que se tañían de una determinada manera, en forma de peculiar artillería, para alejar las tormentas o deshacer los nublados (al igual que los renubeiros o reñubeiros leoneses) o se las conculcaba, de manera preventiva a través de ciertas estampas, como las imágenes de Nuestra Señora de Nieva, la cual era especial abogaba contra las tormentas ya que donde estuviera esta imagen hay tradición de que no caerán rayos ni centellas.

Las torres y los atrios eran lugares habituales donde el pueblo se refugiaba para conjurar las tormentas en caso de peligro. En la Tierra de Campos palentina, por ejemplo, se conculcaba la tormenta desde las iglesias por medio de un complejo ritual en el que se rezaba en la iglesia, con las puertas del Sagrario abiertas y el cirio pascual encendido; se permitía incluso subir al campanario, después de rezadas las pertinentes Letanías y Psalmos, para lanzar oraciones y conjuros casi siempre por parte de los párrocos o ciertas personas –los conjuradores-, que a través de ciertas oraciones especiales –de Santa Úrsula o de Santa Brígida, o el agua de San Gregorio en Aragón- se trataba de prevenir la acción maligna de estas inclemencias meteorológicas. En la provincia de Soria son conocidas ciertas prácticas que previenen o combaten a las tormentas. Algunas de ellas son realmente curiosas; por ejemplo, en Valdelubiel se colocaba en la puerta de la parroquia una imagen de la Virgen del Pilar; en Castillejo de Robledo o Tardelcuende se sacaban las reliquias a la calle; en Renieblas, Alcubilla del Marqués, Olmillo, Tardelcuende o Romanillos de Medinaceli, se recogían piedras el Sábado de Gloria (en Romanillos el día de la romería del Santo Cristo de la Vega) y se arrojaban al aire cuando amenazaba pedrisco o lluvias intensas. Por su lado, En Soto de San Esteban, Alcubilla del Marqués u Olmillo (todas noticias recogidas por Ángel Almazán de Gracia) se esparcía agua bendita recogida el Sábado de Gloria para asperjar las tormentas cuando éstas llegaban.

Todas estas prácticas suelen contar con unos espacios privilegiados para su desarrollo y para que sean efectivos; en su mayor parte, eran los campanarios los ámbitos sagrados donde el reñubeiro, el tentenublo o el conjurador lleva a cabo su ritual protector. No obstante, hay otros lugares donde también se podían efectuar dichos rituales. Son los denominados conjuraderos, lugares situados comúnmente en alto desde los que se tratan de conculcar las tormentas. En tierras sorianas, especialmente en las Tierras de Berlanga, Almazán, Medinaceli o Campo de Gómara, encontramos estos conjuraderos o exconjuros, uno de los paisajes sagrados de mayor personalidad de toda Castilla y León. Son numerosas las localidades de las tierras llanas sorianas donde se erigen estos conjuraderos de los que se trata su disposición geográfica y su particular morfología que, en algunas ocasiones, recuerda a los peirones aragoneses. Su particular topografía y tipología hacen que suelan contar con funciones dúplices de conjuraderos/cruceros de bendición de campos; conjuraderos/cruceros de dirección o conjuraderos/viacrucis. Se alzan, por lo común, en zonas elevadas, a las afueras de las poblaciones, en lugares por lo tanto bien visibles. En este sentido, recuerdan al conocido conjuradero de Cuenca de Campos (Valladolid) que se localiza en la cima de un cabezo arcilloso que domina el pueblo; esta posición de dominio en lo topográfico lo podemos comprobar en término de Cubo de la Solana donde aparece presente el expresivo topónimo de El exconjuro. La morfología de los conjuraderos sorianos es, hasta cierto punto, muy simple ya que en el extremo de estos altozanos se suele levantar un sencillo crucero liso de piedra sobre basamento, también liso –el de Morón de Almazán, que se erige sobre el antiguo cementerio islámico de la villa, ofrece una tipología más compleja compuesto por un pedestal de sección cuadrada sobre la que se levanta un fuste de sección octogonal que sostiene el crucero propiamente dicho, que representa la figura del crucificado bajo el que aparece una cabeza cortada-, aunque hay una tipología propia que encontramos en las llanadas pinariegas de las Tierras de Almazán y Berlanga, que consta de una sencilla cruz de palo con los extremos rematados en sencillos pezuelos, elementos que sirvieron, a su vez, como cruceros de bendición de campos. El de Caltojar, que reproducimos en una de las fotografías que acompañan el texto, se levanta en una suerte de lengua de tierra delimitada por un murete de sillarejo calizo, conformando un espacio diferenciado del entorno.

Todos estos componentes sagrados del campo soriano dan cuerpo a unos paisajes específicos que aúnan ritualidad y elemento tangible o, lo que es lo mismo, patrimonio inmaterial y material que se encuentran en franco peligro de desaparecer. Son elementos referenciales en el paisaje, una de las características de los cruceros campestres, a los que se acude en momentos determinados del año: en San Marcos para las bendiciones de los campos momento en que se colocaban pequeñas crucecitas de cera como las que se conservan en Miño de Medinaceli, en los rituales de Semana Santa o para alejar las tormentas, práctica que se encuentran ya extinta en la mayor parte de las poblaciones. Son elementos parlantes de una religiosidad popular y de una manera de entender el paisaje tradicional que además lo hitaba por medio de unas marcas sagradas que eran perfectamente conocidas por la comunidad, a las que se acudía en momentos críticos. En tiempo de cambio, climático incluido, debemos de hacer todo lo posible por conservar una cultura que nos identifica y nos particulariza frente a los fenómenos de globalización.





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