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Creencias y mentalidades

La mujer y el hombre • Ante las enfermedades • Ante las fuerzas de la naturaleza • Ante la muerte • Agradecimientos y demostraciones


Introito. Fariza de Sayago (Zamora)

Misa solemne de Fariza grabado por José Luis Bermúdez el 7 de enero de 1989. Gaita y tamboril Ramón Gejo



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LOS AGRADECIMIENTOS. PROCESIONES Y DEMOSTRACION PÚBLICA DE LAS CREENCIAS

Si entendemos el rito como el establecimiento del diálogo y la relación con los seres superiores, la naturaleza y las fuerzas del mundo veremos que tal conversación se desarrolla a través de las formas de la costumbre y el protocolo. Aquí se condensa un número indefinido de reglas -escritas o de común acuerdo en la memoria- que se definen por representar un complejo mundo de manifestaciones que ahora valoramos como bien de interés patrimonial y que antes no dejaban de representar el deseo, la conciencia y el pensamiento de cada uno, en definitiva: la forma de ser. En este ritual se plasma el respeto a la herencia y a todo lo que se ha trasmitido de generación en generación. Se hace presente la estima y veneración de los antepasados, y la solemnidad de los actos aparece fundamentada muchas veces en la antigüedad de los mismos o en otros, que más recientes seguramente, aparecen orlados de todos los elementos de tradición que los van haciendo honorables en el pueblo a medida que pasa el tiempo.

Tan largo listado de reglas, muestras y obligaciones hace que su presencia en un mundo relajado se presente incómodo por lo que en las últimas décadas ha sido imposible mantener muchas de ellas, no por el valor de las mismas sino por su nula comprensión y actualización, siempre y cuando no entendamos que la actualización de las mismas en este tiempo no sea hacer tabla rasa de todo lo anterior. No olvidemos que ahora estamos tratando estas manifestaciones consideradas con rangos culturales, históricos y patrimoniales.

El fatal desarrollo viene derivado de muchos factores como la inexistencia del reconocimiento de esos actos, validados muchas veces por el establecimiento de un premio o castigo para el que conservara la tradición y no galardones económicos sino morales y de respeto. La figura del mayordomo de una cofradía se consideró siempre la persona más importante los días de la fiesta, lo mismo que un danzante se estimaba por su buen hacer. También se sentía admiración por el que sabía cantar o retenía en su memoria muchos romances así como por quien tenía fineza para la elaboración de las piezas de la indumentaria bien bordadas. El castigo en cambio iba en el descrédito de los malos ejecutantes de la gaita o dulzaina, que obviamente no se contrataban más que en fiestas menores, y los artesanos peores quienes habían de dar las piezas más ajustadas en precio al valorarse menos su trabajo.

A la par desaparece la supervisión de los mayores y las autoridades locales (concejos, mayordomos, maestros de bailes y artesanía, cofradías, músicos de tradición y oficio) quienes velaban por las formas que ellos, con su conocimiento consideraron que eran las correctas y amparadas en el respeto a los ancianos, pero con la suficiente holgura como para que todos pudieran participar, jóvenes y mayores. Así todos eran responsables y partícipes de una fiesta que hoy se nos presenta en bandeja -más bien en un programa editado-, sin que decidamos nada de ello y muy determinante para con los jóvenes solamente, cuando antes éstos habían de atender también el disfrute de los mayores para lograr el beneficio suyo. Estamos pues ante un escaso compromiso, la falta de criterio (por el total desconocimiento) y desinterés general hacia cualquier forma de cultura que no sea la del hedonismo y la del placer inmediato, no importa el futuro, solo el ya y el ahora. Por tanto ¿para qué guardar cosas para las generaciones siguientes?. No se pierde la tradición, se pierde el respeto al medio natural, a la propia persona y con ello el olvido. Este placer inmediato hace que no fijemos tiempo en el aprendizaje, despreciando todo cuanto suponga un largo camino en su conocimiento (estudiar, bordar, aprender a cantar o a tocar la dulzaina, etc).

Toda esta relajación la observamos con cada una de las manifestaciones culturales de nuestra tradición, las fiestas, las danzas, las canciones, la indumentaria, la artesanía, la arquitectura, la religión y en la ceremonia por excelencia que en el mundo católico es el ordinario de la misa. A partir de aquí, de la celebración religiosa, se desarrolla un sinfín de elementos tradicionales, asimilados, pertenecientes a un estado pre-cristiano y que no dejan de ser la manifestación clara del paso del tiempo en el pueblo, donde se recogen deseos, formas de pensar y obrar, creencias en lo que es la demostración pública de todo ello y la Fe.
 
Si variada es la liturgia de cada tiempo más lo son los elementos, ritos y tradiciones en cada una de las manifestaciones. Muchos elementos populares fueron absorbidos poco a poco por la ortodoxia e introducidos en el ritual de la misa y los oficios, que adquirían carácter diferente dependiendo de si eran celebraciones festivas, dominicales, de media fiesta o diarias (las llamadas misas de corrido, corridas o galopadas), sencillas, semidobles, dobles, solemnes, de sacramento, votivas, misas de gloria, de difuntos o de Pascua. Junto a ellas otras propias de los tiempos de navidad como son las misas pastoriles o pastorelas nos hablan de una gran riqueza musical y de actos, que cada pueblo integra de manera diferente, como diferentes son las formas de cantar, los repertorios, los actos, los ropajes y el gesto.

Las misas solemnes son aquellas donde la música tradicional y el rezo oficial -en latín hasta el Concilio Vaticano II de 1962- convivían paralelos y en un ámbito popular a pesar de ser el modo gregoriano el canto propio de la Iglesia. Este canto polifónico imperaba en estas celebraciones a la vez que los vecinos de los pueblos participaban con los coros del lugar donde, como en toda tradición, se creaban y recreaban versiones a partir de temas litúrgicos originales, con desarrollos propios no contemplados en estos modos oficiales y a partir de inspiraciones de las lúcidas mentes de sacristanes o gaiteros, pues en estas celebraciones la dulzaina, la gaita y el tamboril hacían su presencia junto a órganos de tubería y armonios.

Los instrumentos del lugar acompañaban la misa y sus diferentes partes en las celebraciones de alto rango (kyrie, gloria, credo, sanctus, benedictus y agnus Dei) y en aquellos apartados más particulares de las misas de propio que cambiaban con cada tiempo del calendario eclesiástico: el introito, el gradual, el aleluya, el ofertorio y la comunión. Todavía han llegado a nosotros algunas de estas piezas que tocaba el gaitero o el tamboritero con la flauta de tres agujeros como el toque de salida de la sacristía del sacerdote, el que tañían al lavatorio, al estarse revistiendo, al alzar “a ver a Dios”, al ofrecimiento o el curioso toque de “escurrir el cáliz” que tocaba el tamboritero de Villasbuenas (Salamanca) Constante Martín. García Matos anotó del gaitero de Sejas Manuel Diebra, el ti gaiterín la melodía de gaita de fuelle “para cuando los curas después de decir la misa el día del patrón (san Lorenzo) se dirigen a la rectoral”. Esta misa festiva era la ocasión esperada para que el coro de hombres luciera sus gargantas.





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