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Creencias y mentalidades

La mujer y el hombre • Ante las enfermedades • Ante las fuerzas de la naturaleza • Ante la muerte • Agradecimientos y demostraciones


Las plañideras. Baltanás (Palencia)

Relato de Ángeles Varas, de 65 años de edad, nacida en Astudillo y criada en Baltanás. Grabado en Valladolid por Carlos Porro el 21 de mayo de 2002



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Lo que sí que había en Baltanás eran las plañideras que era una cosa… que esque las llamaban para los entierros, sí, las lloronas, claro. –¡Adiós padre, da recuerdos a mi madre!… -¡Ay, enepadre!-, decía una, que hablaba con la n. -¡A ene chorizo, ene tocino, ene anada-, porque habían matado el lechón y claro ya no le había dado tiempo a comer ene chorizo, en enetocino, ene a nada!-. Lo que me reía…de esas cosas que las recuerdas. Sí, madre, ¡por Dios!, qué costumbres que había. Salían, no iban al cementerio las dolientes, claro, la madre, todo eso, se quedaban en casa y salían por la ventana: -¡Adiós padreee!-. Eso era en Baltanás, en Astudillo no, no había esas costumbres, pero allí buuu, qué lloreras, qué lloreras, pero eran verdaderas plañideras de verdad, sí, y llorar y llorar y luego entraban en la cocina y decían: -Dadme un trago, ¡coño! que lo he hecho bien… Claro, porque ellas no tenían que ver nada con el muerto. Se las contrataba, sí, sí, se las contrataba para llorar al muerto, la familia ya se había cansado de llorar o estarían deseando que se moriría. Sí, sí pero eso estando nosotros, estando viviendo allí ya te digo que yo de chica, yo lo he visto, yo eso lo he visto; lo recuerdo que se tiraban por las ventanas para despedirse del padre y aquella de decir ene padre, ya no comes, ene chorizo, ene tocino, ene a nada. Sí, eran cosas...

EL FINAL EN LA TIERRA. EL HOMBRE ANTE LA MUERTE

Otros ritos y prácticas habían de quedar establecidos por escrito como la única manera de velar por ellos, pues a tiempo pasado, muchas circunstancias podían obligar a trastocar lo dispuesto. Algunas costumbres se han mantenido hasta hace escasos años en el medio rural especialmente hasta el Concilio Vaticano II que acabó con esas prácticas casi milenarias -presentes en otras culturas asimismo- y que no tenían otra finalidad que procurar el descanso en vida antes del paso a la muerte y dejar la conciencia tranquila de los que aquí quedaban, cumpliendo por mandato lo dispuesto por el difunto.

EL DUELO: LA NECESIDAD DE MANIFESTAR EL DOLOR DE MANERA VISIBLE

Muchos son los rituales viejos y usos generados en torno al fallecimiento de los seres queridos como vemos, por quienes se guardó luto durante un año, un lustro o toda la vida dependiendo del grado de parentesco y de la obligación de una austeridad en costumbres e indumentaria.

Todo ello se regula en la tradición y en la memoria del común pero también a partir de normativas reales como una pragmática sobre los lutos de 1502 que dispone que "por las personas reales traigan los hombres lutos de lobas cerradas e con falda e capirotes todo de paño negro tondido…e por los grandes e prelados e personas de título, traigan los hombres lobas cerradas por los lados, sin falda e por las otras personas lobas largas con maneras abiertas por los lados que alleguen y que no rastren…"

La popularización del color negro dentro de los ámbitos dolientes debió hacerse de manera lenta al menos desde el siglo XII aunque el remozarse de barro y tiznarse la cara y la ropa de ceniza tras la pérdida de un ser querido fue costumbre muy antigua en todo el planeta. Es a partir de ese tiempo medieval cuando los especialistas analizan las leyes reales, ordenanzas de concejo y libros eclesiásticos donde indican cómo ha de guardarse el luto y en qué medida. Refiere Carmen Bernis que cuando Carlos V contrajo matrimonio con Isabel de Portugal en 1526 aún no se estilaba plenamente la barba en la corte como muestra de dolor, refiriendo las crónicas que solamente la gastaban algunos de los asistentes al sepelio “porque tenía duelo la barba crecida, que le daba mucha autoridad... Es conocida la ordenanza de los Reyes Católicos prohibiendo a los burgaleses afeitarse, tras la muerte del príncipe don Juan en 1497, amenazando a los barberos con quince días de cárcel si contravenían la orden. Dentro de estas pragmáticas tras la muerte del heredero establecen que el negro sería el color propio, pero también se fueron eliminando algunos detalles del ritual como el de la figura de las plañideras que aun se mantuvieron en Castilla cinco siglos después.





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