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Creencias y mentalidades

La mujer y el hombre • Ante las enfermedades • Ante las fuerzas de la naturaleza • Ante la muerte • Agradecimientos y demostraciones


Requiem del oficio de difuntos. Remondo (Segovia)

Toca el órgano y canta el señor Antonio del Río, de 82 años de edad, sacristán y campanero de Remondo. Grabado por Carlos Porro el día 9 de junio de 2009



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Requiem aeternam dona eis Domine et lux perpetua luceat eis.
Te decet hymnus Deus in Sion, et tibi reddetur votum in Jerusalem;
exaudi orationem meam, ad te omni caro veniet.

Dales Señor el descanso eterno y la Luz perpetua brille para ellos.
Para Ti, ¡oh! Dios se canta un himno en Sión
y para Ti entregan ofrendas en Jerusalén;
escucha mi oración, a ti vendrá todo lo que está vivo.

EL FINAL EN LA TIERRA. EL HOMBRE ANTE LA MUERTE

EL ENTIERRO. LOS AVISOS Y EL ACOMPAÑAMIENTO. Otras muchas noticias aparecen en los documentos notariales. Al menos desde el siglo XVI se establece en ellos la forma y manera en la que los finados habían de ser compuestos pero también las cofradías y sacerdotes que habían de ir a recibir la mortaja, cuál había de ser la limosna dada y en que había de consistir y durante cuánto tiempo se había de dar, así como la persona encargada de llevar dicha ofrenda.

Las disposiciones testamentarias revelan heredadas costumbres algunas de las cuales se han mantenido vigentes hasta la actualidad en algunas zonas, aunque prácticamente todas han desaparecido. Los encargos de los detalles del entierro (sencillo, semidoble, etc), los toques de campanas, las posas o paradas que durante el trayecto se harían camino del camposanto con sus respectivos responsos, la compostura del cuerpo con la mortaja o el número de misas y su clase que habrían de ser ofrecidas por el alma del fallecido se anotan minuciosamente en los folios de los testamentos. Especialmente se pone cuidado y atención en la descripción de cómo ha de acompañarse, al menos durante un año la sepultura, su cuidado y atención y quién ha de velar por ello, la esposa, los hijos o algún allegado o amistad “por la mucha confianza que tengo en ella” como anotan los escribanos.

En las últimas voluntades se detallaba el encargo a quién debía hacerse la encomienda y se estipulaba el pago por este trabajo en especie o dinero, aunque generalmente era la ropa personal la que se “mandaba” en estos menesteres. Se dejaba indicación de los toques de campanas y los responsos. “Se me ofrende medio pan con su candela” aparece en los documentos y en esta costumbre se haya la entrega de caridades que no era más que el reparto de unos panecillos o trozos de masa más grandes decorados (los bodigos), entre los asistentes al sepelio al día siguientes del entierro en lo que ahora llamaríamos misa de familia. Pan y candela alumbraron durante un año sobre el añal o paño mortuorio, tramado en lino bordado, iluminado con viejos jeroglíficos pasionistas, el nombre de la que puso en ella el estambre y el año de tal labor. Bellos ejemplares se conservan en Zamora, Valladolid, León, Avila o Segovia como preciosos paños de sepultura algunos de varios siglos de antigüedad.

El pan y la vela es la oferta obligada en estas ceremonias, pero también en las festivas, bodas y presentaciones en el templo. La encuesta del Ateneo para el caso de Frechilla (Palencia) recoge que “al tiempo de recibir la comunión los novios, dos o tres niñas hijas de los invitados a las bodas hacen la ofrenda de boda que consiste en colocar delante de los padrinos cuatro panecillos en cada uno de los cuales se ha clavado una vela o candela encendidas; esta ofrenda no se retira hasta concluida la misa y tiene el concepto de derechos parroquiales”. En Villarramiel (Palencia) para el mismo caso de la boda “la madrina lleva a misa de boda cuatro medios panes llamados obladas, los cuales, en guisa de candeleros sostienen las velas que lucen durante la ceremonia religiosa”.

Se guardaba eso sí, la asistencia a la misa y colocarse la familia donde en tiempos estuvieron enterrados los antepasados bajo las losas de piedra -cuando antaño se enterraba en el interior de los templos-, heredando de padres a hijos tan sentido lugar en los nuevos bancos posconciliares. Se indica en las disposiciones el tipo de toque de campanas que se ha de hacer, su duración y el pago al sacristán por este servicio fundamental en nuestros pueblos pues las campanas organizaban el día y marcaban las diferentes partes, empezando por el toque de alba (al amanecer), de ángelus (al mediodía) y el de oración y ánimas (al anochecer). Entremedias había de todo tipo: de aviso horario, de reunión de concejo, de difuntos, de huebra, para sacar el ganado, de recaudación de impuestos, de alarma, de fuego, de nublado o de niebla, para confesar, para la visita del obispo, etc. El toque llamado de ánimas se hacía al anochecer y se conocía en otros lugares como “la queda”, tañéndose con determinados golpes en una campana que a veces estaba colocada en la puerta de la villa, en el ayuntamiento o en la torre de concejo, y que anunciaba la terminación del día, el cierre de las puertas de la muralla y el agotamiento de la actividad diaria recordando el final de la vida.

Estos toques específicos acompañan también al difunto y su orden estaba reglamentado desde la iglesia, el ayuntamiento o el concejo en ordenanzas y bajo penas y multas en el caso de que no se cumpliera con las señales correctamente. En el fuero de Salamanca del siglo XIV se recoge en el capítulo “De tanner las campanas: Quando morier algun omne o mujer de la colation tanga el sacristán por el varon tres veces é por la mujer dos veces. Et se sacristán fezier mengua, peche una ochava de maravedí á los clérigos”, multas que evitaban que el campanero en su distracción al contar el número de campanadas doblara a muerto por diferente persona o indicara en otras circunstancias un lugar o barrio equivocado en el que había un incendio. Las obligaciones para realizar los toques lo recuerdan insistentes los obispos en sus visitas pastorales:

Que se toque todos los días al anochecer al ave maría y poco después a las ánimas y a los que por ellas rezasen un padre nuestro y un avemaría les concede su ilustrísima cuarenta días de indulgencias… (Visita pastoral del año 1719 al lugar de Espinareda de Ancares, León).





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