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Creencias y mentalidades

La mujer y el hombre • Ante las enfermedades • Ante las fuerzas de la naturaleza • Ante la muerte • Agradecimientos y demostraciones


La llegada de la última hora. Valladolid

Relata Manuela de 72 años los recuerdos de su abuela, criada en un barrio a las afueras de Valladolid, al cauce de la Esgueva. Grabado en Cogeces del Monte (Valladolid) por Carlos Porro el 26 de febrero de 2018



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… Los peinados de picaporte. Si les llevaba mi abuela. Mi abuela llevaba un pelo por aquí (señala la cintura). El día que se murió me hizo peinarla, la puse dos rodetes como la dama de Elche, porque dice que la hacía daño a la nuca. Porque ella eligió morirse, el día que quiso morirse se murió, sí, sí, no es broma. La que te digo, dice. -Vísteme, ponme muy guapa, hija, que tengo la Parca ahí vestida de etiqueta, porque era muy graciosa. Dice: -Tengo la Parca ahí, vestida de etiqueta, me va a venir a buscar. Todo lo nuevo, pónmelo ahora mismo, pero todo lo nuevo. Pero no me peines, peíname con dos rodetes aquí pa que no me haga daño y cuando me metáis en la caja que esté bien.
-¡Pero abuela, qué me estas diciendo, me estás diciendo hace una semana esto!
Yo me crié mucho con la abuela.
-Y les dices a tus tías, las grullas, -como las llamaba a mis tías- que no entren en media hora, ¡eh! después de que me quedes aquí. Aquellas camas que tenías que poner una escalera, para hacer la cama, así, de colchón de lana, aquella sensación de hundirte en el frío que te calentaba en el invierno con el brasero aquel, de cobre. Y les dije a mis tías: -¡Oyes! que no entréis en media hora. Me ha dicho que se va a morir que quiere dormir la siesta-.
Bueno la lavé, como una rosa, que tenía una cara, ya tenía 93 años y estaban todos en la cocina pues ya sabes, hablando y tal y en el patio, porque había un patio, de la cocina se salía al patio y estábamos todos debajo a la higuera a la fresca, y ya dice mi tía la mayor: -¡Ay, mi madre a ver si quiere agua o quiere algo! Y cuando entramos estaba muerta. Estaba muerta, pero estuvo quince días a agua sola y achicoria y llamaron al médico que porqué. Se llamaba don Carlos Soto y decía: -Don Carlos, que esto se ha acabado, finito, ya he cumplido, se acabó. No quieren que me deshidrate, vale, pues bien. Pues agua y achicoria bebió. Quince días (… ) Recogía su pelo arriba. Ella hacía las trenzas, taca, taca, tá, ella se peinó toda la vida, taca taca ta, muy finas, muy finas, después de que había hecho la trenza, subía aquí de que había hecho las trenzas y raca y cuando ya era más elaborado que era tranzado, que eran las seis trenzas así, tranzadas, así, bueno las has visto en postizos, eso ya pues se lo hacía o bien mi tía o bien una vecina (…) y hacía el moño: -¿Qué hacía?, si la coleta es ésta, está aquí la coleta, como tenían los pelos por debajo el culo, hacían así, quedaba aquí el martillo que llamaban el llamador y ya lo sujetaba. O se ponían un moño aquí, otro más abajo. Los rodetes eran cuando yo la peiné. En la última etapa de su vida, tenía un pelo precioso, blanco, pero mi abuela tenía mucho, tenía las coletas más grandes que mi muñeca. La última etapa de su vida retorcía el pelo, ya no le ataba que la dolía la cabeza. Entonces le retorcía, y cuando llevaba el moño bajo, los últimos tiempos, ya no se hacía coleta. Porque luego había otra historia, porque cuando se quedaban viudas se peinaban ya de otra manera. Y ella se quedó viuda dos veces; del primer marido con cinco y del segundo marido con tres; entonces se peinaban de otra manera. Porque lo que se vuelve a llevar ahora estos trenzaos, porque cuando sale alguna película del medievo, que era trenzada toda la cabeza, pues así se peinaban con el primer marido, y se peinaban las amigas o las hermanas, era un mundo femenino muy especial, y se daban brillantina, no se lavaban el pelo, se le cepillaban muchísimo. Yo a la abuela no la he visto lavarse nunca el pelo, pero se le cepillaban todas las noches. Y la brillantina era como una especie de parafina, también se la daban los gitanos mucho, y los chicos también, lo único que luego los chicos las gorras les pudría enseguida el pelo. ¿No has visto a los gitanos con esos bucles que les brillaban? Y eso era brillantina, perfumada, una especie de parafina que se sacaba de la miera de los pinos…

EL FINAL EN LA TIERRA. EL HOMBRE ANTE LA MUERTE

Cuando el cuerpo ya no tiene solución se busca aliviar el alma, que mejor descansará y más rápidamente, cuanto más claras se dejen las órdenes siguiente al fallecimiento:

LOS TESTAMENTOS

En el nombre de Dios todopoderoso, amén. Yo Francisco Pelayo natural de Torquemada y vecino de esta villa de Grijota hijo legítimo de Fernando Pelayo y Juana de Diego, vecinos que fueron de Palencia estando enfermo en la cama pero sano de mi juicio y entendimiento natural creyendo y confesando como fírmemente creo y confieso en el infalible misterio de la beatísima trinidad Padre, Hijo y Espíritu santo, tres personas que aunque realmente son distintas tienen unos mismos atributos y son un solo Dios verdadero y todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y confiesa Nuestra Santa Madre Iglesia en cuya verdadera fe y creencia he vivido y vivo y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano tomando por mi intercesora y abogada a la serenísima Reyna de los Ángeles María Santísima Madre de Dios y Señora Nuestra y por medianero al Santo ángel de mi guarda a los de mi nombre y devoción y demás de la corte celestial para que impetren a Nuestro Señor y redentor Jesucristo y por los infinitos méritos a su preciosísima vida, pasión y muerte me perdone todas mis culpas y pecados y lleve mi alma a gozar de su beatísima presencia y temiéndole a la muerte que es tan precisa a toda criatura humana como siniestra su hora para prevenido con disposición testamentaria cuando llegue y evitar las deudas y pleytos que después de mi fallecimiento puedan suscitarse y no tener algún mudado temporal que me evite pedir a Dios la remisión que espero a mis pecados hago testamento en esta forma. Primeramente encomiendo mi alma a Dios nuestro señor que la crió y redimió con el costoso precio de su sangre y el cuerpo mando a la tierra de que fue formado el cual luego que sea hecho cadáver quiero se amortaje con el hábito que disponga mi mujer… (Testamento de Fernando Pelayo, Grijota (Palencia), 1841).

De esta manera ponían orden a su vida, su cuerpo, su hacienda y su alma los castellanos viejos. Ricos y pobres testaban lo mucho o lo poco que guardaban al final de sus días o cuando la muerte les cercaba en la mitad de su camino que sería ya el postrero. Del mismo modo que las cartas de dote y bodas nos hablaban de las piezas y de los géneros entregados al matrimonio, las partidas testamentarias o las hijuelas relataban por escrito en ocasiones, largas retahílas de las propiedades y terrenos, animales, enseres de toda índole de las que un notario había de dar fe detallada. Pero esta preparación por escrito ante la muerte no se refiere solamente a los términos jurídicos, administrativos y económicos, sino cómo la herencia había de organizarse y repartirse, eliminar las deudas para evitar conflictos así como especificar muchas veces el aspecto con el que había de presentarse el difunto en su entrada ante las puertas de San Pedro.

Se cuida la presencia, la limpieza, el adorno del cuerpo y del alma. Se escogen los tejidos, el tipo de vestido y joyas tras de las cuales muchos amigos de lo ajeno irán en su busca a la sepultura, siquiera por los tristes botones de filigrana que adornaban el chaleco del finado o la medalla de plata que al pecho llevó la mujer. Al difunto se le afeita y con el peinado también se esmeran.





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