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Creencias y mentalidades

La mujer y el hombre • Ante las enfermedades • Ante las fuerzas de la naturaleza • Ante la muerte • Agradecimientos y demostraciones


La regla de san Benito en Zamora

María Teresa Santos de 50 años. Recuerdos de Cañizo y San Martín de Valderaduey (Zamora). Recopilación de Joaquín Díaz en 1987



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Esa regla de san Benito la tenían entonces en todas las casas por ejemplo en mi casa la había y yo sé que en otras casas la había. La tenían forrada pues con unas telas cualquiera y eso era como un escapulario. Esa regla la ponían siempre en las cunas de los niños pero siempre, siempre, siempre. En mi casa había uno, lo que pasa es que yo no sé, cuando se deshizo la casa había muchas cosas interesantes lo que pasa es que entonces nosotros no estábamos sensibilizados sobre este particular y todas fueron, cuando se deshizo la casa, se fueron estropeando muchísimas cosas, y entre ellas fue esa regla. Me acuerdo perfectamente de haberla visto toda la vida en mi casa en las cunas de los niños y después pues pasaría a las camas de los mayores pero desde luego en la cuna de los niños es evidente que la había. Y en cualquier pueblo que pregunte verás como le dicen que sí. Es un detalle que a lo mejor se te habrá pasao por alto pero si. Aquí se hacía, ese detalle existe aquí en Zamora…

EL HOMBRE ANTE LAS ENFERMEDADES. PROTECCIÓN Y PREVENCION DE LOS SUYOS, DE SU GANADO Y SUS TIERRAS

Esa prevención se obtiene muchas veces de los principios activos y sanadores de las plantas y son tal vez el origen de muchas de las utilizaciones mágicas de todas ellas. Plantas y árboles como el saúco, la rosa de Jericó, la ruda, el brezo, el olivo o el romero se hallaban con frecuencia en esencias, aceites o emplastos en casa, sembradas en un rinconcito del huerto o en tiestos. El romero, hierba medicinal y aromática en principio, adquiere connotaciones esotéricas después en la tradición asentada en costumbres religiosas, como la relación de la Virgen María lavandera, que tendía a secar los pañales del Niño Jesús en una mata de romero, al tiempo que florecía, como reza, nunca mejor dicho, el villancico popular. Un costumbre atávica seguramente es la de pasar la mano por él cuando se encuentra en el campo y llevarla a la cara -para disfrutar de su fragancia- como canta la copla:

El que encuentra romero
y no lo coge,
del mal que le venga
que no se enoje.


Con romero se planta cara también al demonio o a las brujas, se coloca en las alcobas o en las cuadras o sirve de hisopo del agua bendecida para rociar el entorno. Así, cualquier objeto en contacto con elementos litúrgicos y de la doctrina puede usarse como amuleto, y adquiere cualidades milagrosas. La utilización en momentos trágicos o necesarios de la regla de san Benito, los santos evangelios, el cordón de san Francisco, el manto de la Virgen de la ermita local, conviven con la piedra que protege al hombre del rayo si uno la lleva en un bolso -generalmente bifaces paleolíticos y del neolítico-, las piedras de la leche y de la sangre, la pezuña del diablo y el cuerno del unicornio son venerables objetos tenidos de padres a hijos, en manos de curanderas, saludadores y sanadores. Con gran riqueza y variedad de formas y materiales se prenden de la ropa, se cuelgan en las paredes de la casa o en el lecho nupcial junto al rosario, en el cuello de los animales o como adorno de los cuerpecillos de los infantes, sirviendo de protección fundamental contra todo tipo de enfermedades corrientes y otras malintencionadas. En este orden de ideas funcionan los exvotos, que en papel, cinta de seda, de pan o cera -en mil maneras más- buscan eliminar del cuerpo la enfermedad transportándola en ellos y entregándolos a la parroquia para el camarín del santo protector. Tal variedad de objetos se presentan en madera, oro, plata y cobre, que engastonan elementos naturales de muy diversa índole a modo de relicarios, dijes, adornos, joyas prendidas en la mantilla, en el gorro, en el juboncillo del niño, dispuestos en la cuna o engarzadas por lo general en cintos que envolvían el cuerpo del niño y que servían además para su entretenimiento y donde no faltaban campanillas, cascabeles y babadores o chupetes, cruces y medallas. Otras veces pequeños amuletos se recogían en bolsitas colgadas de la cintura o al cuello, donde además solía haber un escapulario con los santos evangelios -los primeros párrafos de los capítulos de san Juan- y la regla de san Benito.

Así aparecen castañas recercadas en plata que protegían de las enfermedades de la cabeza o la misma locura, fósiles, dientes, conchas marinas, piedras blancas para facilitar el flujo de la leche materna, bolas de azabache, corales o unas expresivas manos talladas en cristal o coral con el puño cerrado colocado el dedo gordo saliente apretado entre el índice y el anular, como gesto conocido y atávico para repeler cualquier manda contra persona. El cuerno de ciervo amén de proteger a los niños había de tener propiedades curativas de todo tipo, y con él, la “mano del oso” o “la pezuña de la gran bestia” que no era otra cosa que una garra de tejón disecada y envuelta en cerco de plata que con aspecto agresivo defendía al niño de malas intenciones. Otros eran amuletos maravillosos y taumatúrgicos, tocados de la salud a saber por qué circunstancias y métodos, muchos de ellos fundamentados seguramente en la magia simpática.

En ese mundo de la maravilla véase la relación de consumibles de una de las boticas del curandero del pueblo de Villada (Palencia) en al año 1674 (AHPPa) inventariado en el testamento tras el fallecimiento del “farmacéutico”. Hallábase en la botica “Cuerno de ziervo preparado dos onzas un real y medio, coral blanco preparado media libra 1 real, coral rubio preparado cuatro onzas 4 reales, polvos del Papa Benedicto una onza, polvos de sangre de drago, piedra sanguinara, eleboro, genciana, menta, caléndula, incienso, polvos de sándalo blancos, ruibarbo, philonio présico, diamargaritón, cristal preparado, peonía, alcaravea, zaragatona, testiculones vulpis, seis onzas de ranas, clavo aromático, cardenillo, hisopo, habas de mar, mosqueta, manteca, simiente de verdolagas, enjundias de caballo, ungüento magistral, bolo arménico, piedra imán, escoria de hierro, polipodio, ungüento de morbo, pomada de Valencia, betónica, lapislázuli, dos onzas de cantaridas, carabé, cortezas de sidra, camuesas, artemisas, topazio, miel pérsica, violado, piedra lipis ... y manzanilla”, qué menos para relajar el estómago después de la ingestión de tamaña botica.

Curiosa desde luego la extensa relación de potingues, ungüentos, drogas, píldoras, plantas medicinales de toda índole, reducciones de polvos y piedras minerales o preciosas, jarabes, simientes y frutos secos, extractos y esencias de las más diversas procedencias vegetales y animales que procuraban la salud y el bienestar de los lugareños. Cuando menos sorprende la cantidad de elementos empezando por el cuerno de ciervo habitual amuleto, muy utilizado en la salvaguarda de los niños en muchas localidades de toda España. Así lo atestigua la Encuesta del Ateneo madrileño de 1901-1902 refiriendo que “la protección contra esto (el mal de ojo) se cree que se consigue por medio de un trocito de azabache o un cuerno pequeño de ciervo engarzados en latón o en plata y que colocan pendientes del fajero. Estos objetos se trasmiten de generación en generación como reliquia de gran valor”.

Todo lo anterior fue utilizado por la medicina natural y remedio de boticarios para la salud de los paisanos en toda España y de todas las clases sociales. Del diamargaritón el Diccionario de Autoridades de 1726 dice que es “Composición medicinal que se hace de diversos ingredientes que el principal de ellos es las perlas. Hácese de ella polvos y tabletas que sirven para fortificar el corazón, cabeza y estómago”. El bolo arménico es un extracto de arcillas procedentes de aquellos países, la piedra lipis es el vitriolo de cobre y los polvos del Papa Benedicto -de Benedicto XIII (el Papa Luna)- una tisana popularizada a partir de los envenenamientos que soportó el pontífice y de los que se repuso con una de estas infusiones a base de plantas medicinales presentadas en diversas concentraciones y cantidades de hinojo, alcaravea, comino, regaliz, anís y coriandro recogidos en los montes cercanos a su residencia en Peñíscola. La piedra sanguinara o sanguinaria (un cuarzo cristalino de vetas rojizas) era muy usada desde la antigüedad como piedra con poderes y efectiva para taponar las hemorragias lo mismo que la sangre de drago es un conocido cicatrizante procedente de la savia de algunos árboles mientras que el philonio présico o pérsico de Mesué en un narcótico y calmante con la virtud de hacer fluir la sangre y mejorar la circulación. Poco podemos indicar acerca de las propiedades que puedan disponer “los testiculones” de una pobre zorra tal vez en relación a la cantárida, un veneno afrodisíaco que aparece en la botica villadina, denominación vulgar de un escarabajo llamado también “mosca española” que seco y reducido a polvo se empleaba en parche especialmente entre los hombres para activar y dilatar los vasos sanguíneos, de todo tipo...





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