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Creencias y mentalidades

La mujer y el hombre • Ante las enfermedades • Ante las fuerzas de la naturaleza • Ante la muerte • Agradecimientos y demostraciones


Sufrir callando. Santiago de la Requejada (Zamora)

Cantado por Joaquina Sampedro de 62 años de edad a Joaquín Díaz, Elena Casuso y Luis Lafuente en su pueblo en 1978. Este tema solía interpretarlo en los veranos cuando, traída la segada a la era, se extendía en haces para majar el centeno



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Siendo yo chiquita y niña me casé con don Rodrigo;
las penas que con él paso no las pasaban cautivos.
Por peso me daba el pan, por medida me da el vino.
Sola como, sola ceno, sola me estoy de contino.
sola me meto en la cama, como mujer sin marido.
Me pusiera de ventera en un estrecho camino
por cuenta me dan los hombres que cruzan estos caminos.
Si se lo digo a mi madre, se pondrá a llorar conmigo;
si se lo digo a mi padre, dirá que así lo he querido;
si lo digo a mis hermanos, matarán a don Rodrigo.
Más me valdría callarlo, callarlo y no decirlo
que no hay mujer que se case que tenga cabal sentido
sino la que sufre y calla las faltas de su marido.

LA MUJER Y EL HOMBRE. LA SOLEDAD Y LA COMUNIDAD

La memoria amplia, la capacidad gestual, comunicativa y de crear textos y melodías o la improvisación (si bien es cierto que necesita unas cualidades no tan frecuentes entre las personas o el común de los mortales) se ha venido utilizando en la canción y la música como expresión de su estado anímico, de sus ideas y pensamientos que íntimos y solitarios salían a flote disimulados entre coplas, romances, rondas o tonadas, que muchas veces afloraban en momentos de absoluta soledad: en la costura en casa, en el campo arando o en la carreta con la única compañía de la pareja de acémilas o bueyes.

De entre toda la narrativa o la lírica, es el romance el que dotado de la magia de los tiempos pasa a representar a los ancestros en gestas, baladas o sagas. Pero también pasa a representar a la propia y única persona, pues no deja de ser en la mayor parte de los casos un relato de vida de quien lo está cantando, sus circunstancias y ganas, su gusto y su historia que va moldeándose en cada interpretación, donde se añaden nuevos versos o se eliminan otros que ya no cumplen la función, donde se transforman melodías para en conjunto, manifestarse en el tiempo que le ha tocado vivir a la vez que se palpa el estilo y la herencia centenaria junto al momento actual. Esa es la verdadera composición y modernización de la tradición.

Pocos romances podrán dar cuenta de tal realidad, a veces alegre y a veces triste, como este ejemplo que hasta aquí traemos. El romance titulado Sufrir callando que interpretara en su casa hace ahora cuarenta años la señora Joaquina, esposa del gaitero Manuel Prada en Santiago de la Requejada, lo cantó con la nostalgia de su propia experiencia o de otras como ella, tal vez su madre o abuela. Expresión de la dureza de la vida del pueblo sanabrés en tiempos pasados no tan lejanos, el sentimiento de la familia y lo trágico muchas veces de la misma, el dolor de los hijos o el compañero.

Se hace presente la soledad de la casada, la soledad del pastor, la ronda del mozo enamorado a la puerta de su amada o de aquel que en el campo combate la dureza del trabajo en mitad de una tierra o en el monte con su voz y pensamiento en las largas jornadas arando la tierra, careando el rebaño o en la siega de la yerba. Muchos de estos cantos a solo y ad libitum, son las más bellas tonadas líricas que conocemos, salidas de lo más profundo del alma y de las buenas gargantas.





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