Paisajes sagrados

Laboratorio

Paisajes Culturales Sagrados

Museo Etnográfico de Castilla y León

Fichas


De montes sagrados, miradouros, hierotopografía y santos de altura

16 de mayo de 2019


Pedro Javier Cruz Sánchez / Beatriz Sánchez Valdelvira



Que los lugares en alto han ejercido una especial atracción al hombre desde tiempos inmemoriales es bien sabido. Los montes, especialmente aquellos que contaban con una forma determinada –pareidolias–, o con ciertas características que le otorgaban una personalidad diferente a las alturas de su entorno, formaron parte de la comunidad en forma de mons sacrum –Monsanto o Monsagro derivaría de esta acepción-, venerados por medio de ciertos rituales propiciatorios –según se documenta en tiempos pre-romanos y romanos en el Mons Tillenus o Teleno, en la leonesa comarca de La Maragatería-, sobre los que Martín de Braga en su conocida obra De correctione rusticorum o Sermón contra las supersticiones rurales lanzó encendidas críticas a unas prácticas que, en su opinión, eran manifiestamente paganas. Lo cierto es que algunos accidentes del paisaje siguen llamando poderosamente nuestra atención, erigiéndose en lugares recurrentes, primero como espacios de marcada espiritualidad para después ser lugares de ocio y contemplación.

Los ejemplos de la Submeseta Norte son muy numerosos como para hacer referencia a todos ellos; el Teleno, el Moncayo o a la Peña de Francia, por citar algunos de los más conocidos, ejemplifican el carácter sagrado de algunas de las montañas que se alzan ante nuestros ojos. Son, como apuntamos, referencias en el paisaje pero también lugares emblemáticos. La Peña de Francia, por ejemplo, es una de las principales referencias visuales y religiosas del sur de la provincia de Salamanca y norte de la de Cáceres, sede de una advocación mariana –Nuestra Señora de la Peña de Francia–, a la que se encomendaban los pastores trashumantes en su viaje a extremos o a la que encomendaban sus plegarias los labradores y trajineros serranos antes de comenzar sus quehaceres o de iniciar un viaje.

La predilección por las alturas queda además manifestada por la presencia de castros y oppidum pre-romanos y romanos, muchas veces sacralizados por medio de la erección de una ermita, capela o santuario, cuya advocación mariana preferente es la de Nuestra Señora del Castillo o algunas de sus múltiples variantes -Nuestra Señora de la Peña, Nuestra Señora de la Cabeza, Nuestra Señora del Pueyo (derivado de Puy), o por algunas advocaciones medievales de santos, de los que W. Christian, Jr. denominaba precisamente como “de altura”, tales como San Cristóbal o San Jorge. Este fenómeno de la asociación de edificios religiosos en espacios topográficamente diferenciados ha sido estudiado por el investigador Nuno Resende quien ha definido el término “hierotopografía” para referirse a aquellos espacios sagrados en altura y su relación con ciertas advocaciones que suelen ser reincidentes en la mayor parte de los casos.

El trabajo de Nuno Resende pone de manifiesto como la erección de capelas, ermidas y santuarios no es casual, sino que responde a unos patrones de localización netamente estipulados en función de la advocación o del tamaño de la construcción. En este sentido, los edificios religiosos que coronan algunos montes no solo se erigen para “ser sabidos”, para formar parte del plano mental de las poblaciones del entorno, sino que también se levantan en puntos altos para ser vistos, para ser referencias de la comarca, a veces desde varios kilómetros de distancia. Se trata de un modelo de construcción simbólica del territorio que encontramos en otros espacios, como ocurre en el espacio rayano del Duero-Douro hispano-portugués.

La quebrada orografía que caracteriza los ribazos de Las/Los Arribes, a ambos lados del río, conforma una línea montuosa que flanquea el Duero aunque, desde cierta distancia, no da pie a individualizar un teso, monte o un cabezo (el Cabezo de San Pedro, en término de Hinojosa de Duero, tal vez sea uno de los pocos montes singulares), más allá de una monótona sucesión rocosa, una suerte de skyline cuyos aterrazados pies han podido ser trabajosamente domados por la mano del hombre. En este paisaje aparecen una serie de miradores o miradouros, auténticos nidos del águila asomados a la profunda cárcava del Duero/Douro, sacralizados por medio de pequeñas capelas erigidas entre enormes penedos rocosos o mínimas ermidas que salpican (y sacralizan) un paisaje que, en apariencia, se nos alza a los ojos casi yermo. Conforman un tipo de paisaje lineal o intermedio, según lo define Francesco Careri, en ocasiones poco visible, pero bien conocido por las poblaciones locales erigido en lugares emblemáticos, que actuaron no solo como protectores sino también como lugares referenciales que hitaban de manera eficaz el territorio. Algunas de estas capelas eran simples hornacinas talladas en los farallones rocosos, dentro de las cuales se pintaba una ingenua representación de la Virgen. Eran, sin embargo, puntos clave que marcaban ciertos accidentes existentes en el otrora indómito Duero/Douro, cuya localización era bien conocida por los rabeleros que transportaban los grandes toneles de vino en dirección a Oporto quienes, a su altura, se descubrían y rezaban un responso. Estas hornacinas y penedos sacros formaban parte de un paisaje sagrado clave en la supervivencia de las poblaciones que afanosamente trabajaban en las orillas del Duero, actuando como verdaderos numen loci del territorio.

Laboratorio de Paisajes Culturales Sagrados

Localizaciones:

Capela de Santa Caterina, Miranda do Douro (Portugal)



Mirador de Penedo Durão, Nossa Senhora do Douro, Poiares (Portugal)



La Anunciada de Valicobo, La Fregeneda (Salamanca)



Capilla de La Virgen de la Code, Mieza (Salamanca)



Ermita de San Cosme y San Damián, Tudera (Zamora)