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Los Trabajos

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Toque de campanas “a confesar”

Fidencio de la Fuente de 95 años, campanero natural de San Cebrián de Mazote (Valladolid), grabado en Urueña (Valladolid) el 7 de julio de 1990



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LOS TRABAJOS EN LA IGLESIA

La campana es “la voz de Dios”, pero también es la del sacristán que con un variado lenguaje, comunicaba al pueblo los diferentes sucesos y noticias teniendo que saber ejecutar todos los toques para cada parte del día, y aquellos que señalaban los diferentes acontecimientos ocurridos en la parroquia a lo largo del año y los propios del calendario litúrgico que se distinguían por el número de campanadas y los repique entre ellas.

El número de campanadas para cada aviso estaba reglamentado por diferentes disposiciones canónicas algunas de ellas muy antiguas. En el sínodo que reunió el obispo D. Gonzalo Osorio en León, en el año 1306 ordenaba que “cuando tañeren por algun finado, tangan tres veces por el ome et dos por la mugier, et non mas, salvo que fuere persona eclesiástica o otras personas onradas”. En el caso de La Alberca, por ejemplo si sonaban nueve campanadas a muerto, el difunto era hombre, si sonaban ocho, mujer, pero si sonaban 33 el fallecido era hermano de la cofradía del Santo Cristo del Sudor y si sonaban 44 lo era de la cofradía de San Juan de Sahagún. Del mismo modo, en el caso de los incendios, inundaciones u otros sucesos graves ocurridos en un barrio, cada parroquia tenía asignado un número concreto de toques que debían hacerse después del de arrebato, localizando rápidamente de esta manera en qué lugar de la ciudad había ocurrido el siniestro.

Una enumeración de los diferentes toques que debía conocer el campanero o sacristán podría ser la siguiente:

Toques de difuntos: de mujer, de hombre, de forastero, de niño, de niña, de sacerdote, de obispo o de Papa, que se distinguirían por el número de toques y “las esposas”, toques concretos que se daban al final del repique con dos campanas.

Toque a nueva vida, para avisar a la población del momento del alumbramiento, y que generalmente llamaba a la oración a los vecinos por la nueva vida.
De Misa ordinaria, con toques de primeras, segundas y terceras, junto a los de misa festiva, de requiem, de difuntos, de misa Minerva, al alzar, etc.

De boda y primera comunión.
De vigilia y cuaresma.
Para las confesiones.
De visita del señor obispo y otras autoridades. Volteos de procesión, repiques y toques a gloria. Toque de hacendera, concejo y reunión de vecinos. Toque de recaudación de impuestos.

De fuego o rebato: para avisar de incendios u otras desgracias. Toque para espantar los nublados: El de tente nublo.
De llamada para sacar el ganado, huebras y vecerías.

Y los toques que organizaban el día y marcaban las diferentes partes, empezando por el toque de alba (al amanecer), de ángelus (al mediodía) y el de oración y ánimas (al anochecer). Este último toque se conocía en otros lugares como “la queda”, tañéndose con determinados golpes en una campana que otras veces estaba en la puerta de la villa, en el ayuntamiento o en la torre de concejo, y que anunciaba la terminación del día, el cierre de las puertas de la muralla y el agotamiento de la actividad diaria.

Estos toques eran fundamentales en el desarrollo de la vida cotidiana, y estaban reglamentados desde la iglesia, el ayuntamiento o el concejo en ordenanzas y mandas, y bajo penas y multas en el caso de que no se cumpliera con las señales. En el fuero de Salamanca del siglo XIV se recoge en el capítulo “De tanner las campanas”: Quando morier algun omne o mujer de la colation tanga el sacristan por el varon tres veces é por la mujer dos veces. Et se sacristán fezier mengua, peche una ochava de maravedí á los clerigos”, multas que evitaban que el campanero en su distracción al contar el número de campanadas doblara a muerto por diferente persona o indicara en otras circunstancias un lugar equivocado en el que por ejemplo, había un incendio. Las indicaciones y obligaciones para realizar los toques lo recuerdan insistentes los obispos en sus visitas pastorales:

“Que se toque todos los días al anochecer al ave maría y poco después a las ánimas y a los que por ellas rezasen un padre nuestro y un avemaría les concede su ilustrísima cuarenta días de indulgencias...” (Visita pastoral el año 1719 al lugar de Espinareda de Ancares (León).

“Manda su Ilustrísima a dicho cura o vicario haga que el mayordomo o sacristán de dicha iglesia toque un poco antes de cerrar la noche a las aves marías para que los fieles carguen las indulgencias que les están concedidas por la santidad de nuestro beatísimo padre Benedicto XIII que al presente rige y gobierna la santa iglesia romana que son cien días de indulgencia a todas las personas que rezasen de rodillas tres avemarías en una de estas tres estaciones, por la mañana, al salir la aurora, a las doce del día y al tocar las oraciones”. (Visita pastoral en el lugar de Pereda, León, año 1735).

La variedad de los toques era tal que muchos de ellos se recordaban con un recurso mnemotécnico, cantando sencillas letrillas que reproducían los sonidos agudos o graves de las campanas. Algunos de estos toques se conocen como el del “zínguili, zángala”, el “bien vas, vas bien” o el de “tintiri-nulo” (tente nublo). Anotamos aquí el que se hacía los días de confesión obligatoria, con una de las campanas que por lo bajo y en la mente de los que la oían pregonaba: “A-con-fe-sar, a-con-fe-sar, a-con-fe-sar...”








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