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Los Trabajos

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El sacristán y las monjas

Contado por Amalia Gómez de 72 años, natural de la Overuela (Valladolid). Grabado en 1977



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También era de Fuensaldaña. Las monjas de Fuensaldaña tenían un hortelano y no le daba de sí al hombre pa pagarles la renta y se lo debía, y no sabían como decírselo, como era sacristán, pues, se lo vamos a decir por el órgano. Y la demandadera que siempre hay una, se lo dijo al sacristán.
-Van a pedir la renta por el órgano- claro, dice:
-Ah, pues espera que se lo decimos en el órgano:
-Hortelanillo que riegas la huerta,
hace tres años que no pagas renta-.
Y el sacristán contestó también con el órgano:
-Si el pepino se me nace

y el nabo se me endereza

el primer agujero que tape,
el de usted, madre abadesa-.

LOS TRABAJOS EN LA IGLESIA

La imagen del monaguillo siempre ha despertado la simpatía en aquellos que la conocieron, con el roquete rojo y un alba corto blanco, espabilados muchachos que siempre estaban preparando travesuras mientras estaban pendientes de las ocupaciones de su labor. Decía el refrán:
“Si quieres que tu hijo sea un pillo, mételo pa monaguillo.”

En cambio, la figura del sacristán, como acólito del sacerdote que se amparaba bajo su sotana, siempre se le ha visto con un relativo menosprecio entre sus vecinos, tratado con un cierto “rintintín”.

Al paso de los bueyes
van los gañanes,

al paso de los curas
los sacristanes.


Hay numerosas expresiones en la tradición oral, dichos, refranes, cuentos y anécdotas que sacan a relucir esta relación de mutua dependencia, no siempre concertada ni bien avenida, en la que los sacristanes se aprovechaban de su situación como gobernantes de la iglesia, recaudando las limosnas del cepillo, administrando el aceite y la cera de los altares o recogiendo los encargos y ofertorios a los santos y vírgenes locales.

Sacristán que vendes cera y no tienes colmenar,
o la quitas o la robas o la coges del altar.


Dentro de las mandas de su oficio estaba la de tocar las campanas, el órgano o el armonio, y muchas veces dirigir el coro, dados los conocimientos musicales que poseía, enseñando a solfear a algunos dulzaineros, y otros músicos del pueblo, germen muchas veces de las bandas y orquestillas locales. Así, el sacristán, siempre pendiente del buen gobierno de las cosas de la iglesia, preparaba el ornato de las fiestas, organizaba el desarrollo de las mismas y ordenaba el protocolo de las procesiones. Cuentan, con mucha guasa, entre las muchas anécdotas de curas y sacristanes, la de aquel exacerbado sacristán que llevado de un exceso de celo en su trabajo, dirigía la procesión o carrera del jueves santo de cierto pueblo castellano en mitad de la misma, mientras gesticulaba y a grandes voces decía:

-¡Los hombres p ́abajo diendo, p ́abajo diendo!...
Y las mujeres que se abran, que se abran...


Los paisanos del sacristán, haciendo burla de su oficio, de la jerigonza latina en la que respondía los requerimientos del sacerdote en la misa, ponían en su boca mil anécdotas y cuentos, sobretodo, en los que los sacristanes y curas dialogaban tan plácidamente en los latines rústicos que manejaban sobre cuestiones de lo más mundanas en mitad del ejercicio de la misa. Y es que “¡los cuartos del sacristán, cantando se vienen y cantando se van!”








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