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Los Trabajos

En el campo • En la casa • En la calle • En la iglesia


Para espadar el lino

Cantado por la señora Lorenza de 54 años y la señora Felipa de 55 años. Grabado en Navalosa (Avila) en verano de 1995



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Grillo verde, grillo verde, grillo verde del pinar,
tienes novia en Navalosa y la tienes que pagar.
Niña, no digas que no, que esa es la pura verdad
dame un besito de amor y vámonos a bailar.

Navalosilla la Sierra bien te puedes alabar
que tienes mejores mozas que Avila con ser ciudad.
Niña, no digas que no, niña responde que sí

dame un besito de amor y vámonos a dormir.

LOS TRABAJOS EN LA CASA

Los tejidos en lino, de inmaculada presencia conseguida tras varios lavados y exposiciones al sol, desde su conocimiento en el sexto milenio –en Oriente y en Centro Europa– se han asociado simbólicamente a estados de pureza y dentro de rituales mágicos tanto en el mundo precristiano como en el cristiano. El traje o el retal de lienzo se utilizaba en los momentos claves de la liturgia del judaísmo y del cristianismo, entre los druidas celtas, era hábito de los cruzados templarios y de muchas órdenes religiosas y el alba de los deíficos, aunque los reyes también tenían derecho a vestir de blanco. El blanco con este sentido de pureza, está presente en los ritos de paso de muchas culturas, y en las iniciaciones para el paso a la otra vida, siendo la sábana de lino o las vendas, el traje de amortajar camino del más allá. Blanco es el traje de la novia o de las comuniones, de las vírgenes, de los disciplinantes, con una connotación hoy día por todos reconocida. Y blanca era también toda la ropa interior, aunque debido más a la aversión que sienten los parásitos por estos tejidos vegetales que por los animales, el cuero o la lana.

El lino se cultiva en zonas cercanas a las riberas o en aquellas otras cuya aspereza las hacía inútiles para el cultivo del cereal sabiendo además que su siembra continuada –como en el caso del cáñamo–, arrasaba y quemaba el terreno. La siembra se realizaba en pequeñas parcelas –para obtener una producción para el gasto corriente del año, confeccionar algunas camisas, sábanas o costales– que se alimentaban mediante riego manual si era necesario. Las simientes se sembraban en primavera, muy juntas y en gran número, pues muchas de ellas acababan siendo presa de los pájaros, para los que los cañamones son un sabroso manjar. Había de abonarse en abundancia y en algunas zonas se hacía el aprisco durante la noche, en la tierra destinada a la siembra para que se abonara el cercado. La tierra había de prepararse y mimarse en su trabajo requiriendo diferentes procesos de arada, binada, rastrillada y llanada de la tierra, mullendo y esponjando el piso como si de un colchón se tratase. No se segaba, sino que se arrancaba a mano en el mes de julio o agosto para obtener la mayor longitud de la fibra, anudándose en haces y guardando las semillas hasta el secado total de la planta. Los haces se rastrillaban con un enorme peine de madera, la ripia, ripadeira o desbagadera, cual enorme lendrera, limpiaba de raíces y tierra el tallo, peinando los tallos para desprender la simiente para una próxima cosecha y destinando parte de ella para los molinos linaceros donde se obtendría el aceite de linaza. A partir de aquí empezaría el verdadero trabajo de la extracción de la fibra, que, guardada en el interior del tallo, había de soltarse tras un laborioso proceso de extracción.

Dispuesto en manijas el lino tenía de enriarse, sumergiéndose en agua varios días –una semana o algo más de diez días dependiendo de la dureza y temperatura del agua– para que se pudriera el aglutinante gomoso que adhería la fibra interna al tasco o corteza. Este proceso había de regularse en pozas, balsas, charcas o recodos de los ríos, puesto que el agua en el que se “cocían” los haces resultaba tóxica y quedaba inútil para su aprovechamiento por esta fermentación contándose en numerosas ocasiones los envenenamientos masivos de peces al soltar estas presas de agua. Las manijas, sumergidas bajo el peso de unas piedras o losas, se daban vuelta cada cierto tiempo para conseguir una uniformidad en su pudrición. Posteriormente se extendían, ya fuera de la poza, para airearse y se remataba la operación en ocasiones en los hornos de pan, donde se secaba y endurecía el casco que se quebrantaría más fácilmente en el siguiente proceso de majado. Éste, consistía en machacar con un mazo la planta para romper la cáscara y liberar las fibras internas. Esta rotura se llevaba a cabo en ocasiones y dependiendo de la zona –y más en el caso del cáñamo– con la tastagadera, una gran cizalla de madera por la que se hacían pasar los haces. El posterior refregado a mano para despegar la cáscara, que astillaba y hería las manos, se completaba con el espadado sobre una tabla lisa –el tajo, fitera, gramilla, gramejón o burro– en la que se apaleaba el lino al bies con una espadilla de madera para soltar los tascos o restos adheridos a la fibra.

A continuación, se rastrillaban y se peinaban mediante pasadas sucesivas por un peine de púas metálicas, despegando las fibras entre sí, a la vez que se seleccionaban dependiendo del número de pasadas en varios tipos: unas largas y finas –el cerro o la flor– destinadas a la confección del indumento (camisas, sábanas, etc), pasando por el sedeño o sedeiro hasta llegar a las estopas, estoparras o cabezadas, la peor calidad destinada a la confección de costales, bastos manteos o rodos de camisas ordinarias y quilmas de la harina.

Dispuesto en copos, el cerro de lino se coloca a lo cimero de la campana, linterna, rocadero o jaula de la rueca, sujeto bajo el roquil o cartapel –un cono rígido de papel o cuero que mediante una cinta, el valdreu o roquileira, impedía que se cayera o escurriese– comenzando el proceso de hilarlo estirando de él y pasando la hebra por entre los dedos corazón, índice y pulgar de la mano izquierda al huso que en la mano derecha se retuerce y recoge el hilo. Entre trago y trago de vino o agua la hilandera va remojando con la saliva de sus labios las hebras cada cierto tiempo para aglutinarlas, en el instante mismo de iniciar la torsión en lo alto de la rueca. Para evitar la sequedad de la boda en el continuado oficio se recurría a la ingesta de endrinas, que, ácidas, favorecían la segregación salivar. Tras el hilado se forma una madeja en el argadillo del mismo modo que en el caso de la lana. Cociéndose con ceniza, se procede al blanqueamiento del hilo, quedando ya listo para su trabajo en el telar o para la costura. Junto al lino, el cáñamo se ha cultivado también con los mismos fines. A pesar de la aspereza mayor en su tacto, la largura y resistencia de esta otra fibra hizo que se dedicara frecuentemente a la elaboración de cuerdas, resistentes costales, velas de barcos o jergones de cama.

Tan penoso trabajo, que requería como hemos visto multitud de procesos hasta poder llevar la fibra blanqueada al tejedor, buscaba su alivio con el acompañamiento del canto y con su trabajo en grupo, que hiciera más llevadera cada una de las pesadas tareas. La rítmica machacona y repetitiva de cada proceso imprimía en ocasiones un ritmo mecánico a las tonadas y romances remarcado por los mazos o espadillas que golpeaban de forma medida los haces de lino o cáñamo.

Malhaya la espadilla y la fitera

todo el día me tienen de centinela.
Espadilla, gramilla y el lino crudo,

que lo espade su amo, que yo ya sudo.

Espadilla gramilla el diablo te lleve
que la mano derecha mucho me duele.

Que ya estamos aquí que tenemos que espadar
unas mañitas de lino que luego no faltará.
Tender, tender, espadar, espadar,

tender el lino en el canastal.
(Tierra de Alba, Salamanca)








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