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Los Trabajos

En el campo • En la casa • En la calle • En la iglesia


Canto de esquileo

Cantado por la señora Lorenza de 54 años y su madre de 84 años. Grabado en Navalosa (Avila) en verano de 1995



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El cura de mi pueblo,
tiene una borra,

y la agarra del rabo
pa que no corra.


La criada del cura,

la más pequeña,

la que guarda los huevos
entre la leña.


La criada del cura

si la conoces,

no te arrimes a ella

que tira coces.


Y algún día arroyito

corría claro,

y ahora los malos tiempos
te han enturbiado.

LOS TRABAJOS EN LA CASA

Hablar de Castilla y León es hablar de la cultura de la lana y del lino. Bien antigua es en España la tradición del laboreo de estas materias y entre los íberos, romanos y visigodos son muchos los testimonios que observamos en las excavaciones arqueológicas, donde aparecen los pesos de los telares de alto lizo y los contrapesos de los husos, los llamados fusaiolos, torteras o coscorrones.

La mujer con la rueca en una mano o a la cintura y bailando el huso campea como motivo alegórico o mítico casi desde los primeros momentos del desarrollo artístico del hombre. Relieves y pinturas de hilanderas y tejedores existen en el mundo antiguo –babilónico, egipcio o griego– y medieval, donde representa a las más altas clases sociales, puesto que tal práctica fue muy común entre las acomodadas mujeres de la corte, quienes además de relajar su espíritu con la hilatura entretenían sus horas en los telares manuales y las ruecas de torno, que la finura del trabajo del hilado y el bordado siempre prestigió a quien lo laboreaba. Esta figura está presente a su vez en la literatura tradicional en chascarrillos, cuentos y leyendas, en los que urdiendo estas fibras enamoran a su príncipe con la delicadeza de sus trabajos, demostrando su habilidad en el hilado de las mazorcas de lino o lana como prueba mágica a superar para conseguir el tan ansiado marido.

El hilar y el tejer eran también dos actividades fundamentales en la economía familiar de nuestros pueblos hasta los años de la crisis rural. Una mujer era estimada en tanto en cuanto fuera diestra con el huso y recibía la rueca de mano de su futura suegra o marido, quien de novios le regalaba estas mágicas varitas decoradas a punta de navaja y tintadas en colores con anilinas. Las viejas generaciones y aun todas aquellas nacidas en la posguerra reciente y en la precariedad de medios, recurrieron al hilado manual de la lana para la confección en aguja de gancho, de refajos, medias, calcetines, jerseys y toquillas con que abrigar su cuerpo.

El vellón de la oveja –aunque dependiendo de la zona geográfica también se hila el pelo de la cabra, llama, perro o camello– recoge todo el abrigo protector del animal para traspasárselo al hombre. La finura y calidad de la hebra de lana viene definida por la raza de la oveja y las partes del cuerpo empleadas, mientras que del lomo se obtiene la mejor calidad, la de las patas y el cuello guardan las guedejas más ensortijadas, del mismo modo que la oveja churra es menos apreciada que la merina por la cortedad y aspereza de su lana. Los añinos, la primera lana esquilada a los corderos, los restos enganchados en zarzas recogidas en el pastoreo, y la lana de las ovejas muertas aún se emplearon para burdos costales o talegas.

El vellón se esquilaba con unas grandes tijeras con la llegada del verano, aliviando del peso y calor a los animales. Seleccionado el vellón había de lavarse para eliminar los restos de paja y grasa. El agua resultante se aprovechaba para lavar las prendas más delicadas de la casa ya que en este proceso se desprendía la grasa natural y la lanolina, substancia que suavizaba la ropa. Aclarada y blanqueada al sol se escarmenaba, eliminando otras impurezas, nudos y enredones. Este proceso se denominaba también “abrir” la lana, ya que se iban separando y esponjando las hebras merced a pequeños estiramientos con la punta de los dedos. Dependiendo del destino de la lana –para trabajar en casa, en el telar, bordar, etc.– se seguía seleccionando y abriéndo y estirándola mediante el “cardado” realizado con dos planchas de madera cubiertas de púas en una de las caras –en ocasiones largas y afiladas– que a manera de cepillo se pasaban una y otra vez sobre el vellón, esponjándolo y facilitando el posterior hilado. El tipo de cardas más antiguas, utilizadas en algunas comarcas casi hasta la actualidad, inventadas por los romanos, era “el palmar”, una plancha de madera donde se encajaban unas cabezas de cardo secas dispuestas en hilera con las que se repasaban y sacaba el pelo a las mantas.

La elaboración de los tejidos arranca con la fabricación de hilo. Hilar consiste en retorcer una serie de fibras vegetales o animales disponiéndolas paralelamente en una sola línea, en un movimiento que ha de ser siempre de rotación de izquierda a derecha. Primitivamente se hilaba a mano, retorciendo las hebras sobre la cacha de la pierna o con un palo que, dispuesto horizontalmente sobre la hebra, la batía enrollándola sobre sí misma, técnica que se ha mantenido actualmente entre algunos tejedores cuando hilan o tuercen las tiras de tela para las mantas traperas. La adopción del palo vertical –el huso, que hace pasar por la hueca o muezca las hebras del género–, de la rueca –el palo largo sujeto a la cintura, que bajo el brazo o entre las piernas aguanta el material a hilar– y posteriormente del torno, facilitaron esta tarea de fabricar de manera continua el hilo. El torno, importado en el siglo XII desde el extremo Oriente y adaptado posteriormente en 1530 por el alemán Brunswieck mediante un sistema de pedal facilitó enormemente la rapidez en la producción hasta la Revolución mecánica de 1730 con la invención en Inglaterra de las primeras máquinas hiladoras a vapor que fueron exportadas a Cataluña cien años después. Esta mecanización, la importación y la factura del algodón americano, abundante y barato, acabaron por dar al traste con la industria pañera española.

Obtenido ya el hilo, éste puede unirse a otro cabo para conseguir más consistencia mediante el “torcido”, volviendo a hilar ambos cabos con el huso de torcer, husa o husaño que tiene la boca labrada en el sentido contrario al otro huso y en el que ha de imprimirse la rotación en sentido opuesto que como se hizo para hilar. Una vez obtenido el hilo, de uno o dos cabos, ha de hacerse una madeja para poder tintarlo si no se desea dejarlo de color natural, hueso. Esta madeja se forma en el argadillo, aspadera o naspa que no es otra que una cruceta que va girando mediante una manivela en la que se enrolla el hilo. Secas y coloreadas las madejas, hay que volver a deshacerlas para extraer el cabo nuevamente y convertirlo en una bola para poder trabajar y tejer con él. La madeja se pasa a la devanadera, un armazón de palos o cañas que giran en torno a un eje vertical fijo sujeto al suelo. Al girar va deshaciéndose la madeja mientras que devanamos el hilo que pasará a las canillas del tejedor en el torno de encanillar.

Si bien este trabajo es menos pesado que el del lino, como veremos, el canto entretiene las horas de esquileo, de carda y sobre todo de hilado. Aunque el romance está presente en cualquier momento de trabajo cotidiano, la lana y el lino han dando lugar a un repertorio específico para cada una de las faenas derivadas de su trabajo. Cantos de esquileo al son de tijeretazos animaban las calurosas jornadas, y cantos de cardadores y de hiladores se recogen ocasionalmente en la tradición, al ser estos trabajos verdaderos oficios aunque de carácter estacional.

Quieta, quieta ovejita que yo no quiero,
por cortarte la lana, cortarte el cuello.

Mis amores se han ido a esquilar fuera
¿quién fuera el anillo de las tijeras?

(Arcones, Segovia)

El esquileo empezaba con la llegada del calor para librar a las borras de tan pesada carga. A pesar de su aparente robustez, las ovejas son en realidad animales delicados, de salud muy quebradiza y un cambio brusco de temperatura en primavera es capaz de quebrantar un rebaño entero. Así pues hay que esperar a que llegue el calor y se estabilice el clima para proceder a eliminar el abrigo de lana. En los rebaños pequeños, el esquilador generalmente era el mismo que lo pastoreaba ayudado por su familia, aunque los grandes propietarios de la mesta contrataban cuadrillas ambulantes en los denominados ranchos de esquileo que daban buena cuenta de los millares de ovejas trashumantes.

Los esquiladores, estaban agrupados en sociedades que regulaban su trabajo, organizaban las jornadas y horarios de cada uno de ellos puesto que un rebaño de miles de cabezas requería una estricta ordenación de puestos para el perfecto desarrollo de la actividad: Un esquilador experimentado, un legador o ligador que sacara las ovejas del aprisco o del sudadero –pues en caliente se esquila mejor– y que trabara las patas del animal dejándoselas preparadas a los pies del esquilador, el morenero, que acercase al esquilador un juaguete de hollín para curar los cortes ocasionales en la piel del animal, un recibidor que recogía la manta de lana, varias vedijeras que apañaban los restos de la lana caídos por el suelo, los velloneros que los transportaban al almacén donde los apiladores los iban amontonando y cómo no, un “echavino” o escanciador que daba de beber a todo aquel que lo demandara.

Si quieres que te saquen
lana y añinos

a los esquiladores

dales buen vino.

(Neila, Burgos)

El Maestro Olmeda comenta en su cancionero burgalés cómo los esquiladores “comenzaban cantando, cantando esquilaban, después de comer también cantaban y no menos al terminar el trabajo”. Tal era su afición.








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