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Los Trabajos

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Canto de arada

Versión de Pedro Pérez, natural de Cervillego de la Cruz (Valladolid) y residente en Medina del Campo. 26 de abril de 1984



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Los surcos de mi abesana están llenos de terrones y el corazón de mi dama y está lleno de ilusiones, pero de ilusiones vanas.

LOS TRABAJOS EN EL CAMPO

Desde los años del éxodo rural –hacia 1960 y aún con el anterior despegue migracional a las colonias americanas, a Cuba y Argentina– las transformaciones técnicas y sociales ocurridas en el medio rural no pueden sino calificarse de drásticas al desarrollarse en un estancado campo español en medio de una decadencia del viejo régimen donde apenas se percibía una lenta evolución de los ingenios agrícolas desde la edad media, donde los usos y costumbres heredadas del tiempo de los godos y los romanos eran el pan nuestro de cada día, subsistiendo todavía muchos de estos usos casi hasta la actualidad en pequeñas poblaciones con explotaciones autárquicas.

Desde la aparición en las ciudades tras los progresos industriales del XIX, de las máquinas de vapor, la hiladora mecánica de Samuel Crompton en 1774, el telar mecánico de Cartwright en 1784 hasta el despegue de lo que sería la voraz mecanización agrícola del siglo XX hay que reconocer, no obstante, que a lo largo de nuestra historia siempre ha habido avances desarrollados por el ingenio que buscaban la rápida resolución a la hora de realizar las faenas y la descarga del trabajo físico del hombre. La invención de la rueda, el arado, junto a los diferentes sistemas de yuntas y enganches de las caballerías, el abono artificial o la incorporación del ganado mular en las aradas y acarreos en detrimento de bueyes y vacas, hasta la beldadora y cosechadora –que marcaron el punto álgido en la crisis obrera agrícola– han supuesto cambios importantes estructurales en la sociedad y marcado claras etapas históricas en el progreso y desarrollo del mundo.
Gaetano Forno establece seis revoluciones tecnológicas que caracterizaron la evolución de la agricultura tradicional euro-mediterránea. La primera, en torno al 8000-5000 a.C. y se refiere el fuego y a su utilización en la recolección de los campos que permitía una recogida rápida para un tipo de cereal áspero y duro, la ignicultura. La 2a, desarrollada entre el 5000 y el 4000 a.C con el primer control del agua y el empleo de útiles de percusión y presión para roturar la tierra, la 3a sobre el 4000 a.C. la invención del arado ligero, la 4a la aplicación del hierro –la reja– en el arado pesado en el 1000 a.C. y el desarrollo de los forrajes y de la avena, la 5a las diferentes remodelaciones del arado hasta la Edad Media, la incorporación de las ruedas, la cuchilla y la vertedera, el arado oscilante y el 6o la llegada del maíz y de la patata tras el descubrimiento de América junto a la introducción de los motores mecánicos, en una postrera revolución industrial. En muy poco tiempo y en comparación con los milenios anteriores, a partir de esa sexta etapa, la mecanización industrial, los cambios socioeconómicos del campo y la ciudad serán radicales y en pocas décadas, y apenas dos generaciones, en medio siglo, se producirán trastornos climáticos, económicos y sociales, que afectarán a muchas cosas y al abandono y pérdida de los elementos que conformaban la vida tradicional, sin apenas permitir por la rapidez de los acontecimientos, que todas las reflexiones, conocimientos y enseñanzas válidas de la pesada cadena de la tradición se adaptaran a los tiempos modernos. Hasta estos momentos, el tipo de sociedad imperante exigía la existencia de la comunidad, sostenedora de la tradición común, donde el individualismo laboral –ni personal– nada tenía que hacer. El hombre en su vida desarrollaba el trabajo colectivo por antonomasia, donde era necesaria la presencia del grupo familiar, de los jornaleros, obreros del año y temporeros para lograr obtener los beneficios del campo. Esa vida social activa permitía muchos momentos de reunión, que fortalecían la comunidad, tanto de mero esparcimiento como de trabajo. En ambas circunstancias el elemento musical aparecía de manera fundamental para el desarrollo de las escenas de la vida y como elemento integrador de las personas en la vida comunitaria.

Don Dámaso Ledesma hablaba en su Cancionero Salmantino, en el apartado de cantos de trabajo, de las canciones con las que los campesinos entretenían sus quehaceres y con las que acompañaban la preparación de la tierra, cantándolas los gañanes con el “ton de la arada”, denominándolas también “gañanadas”. Indicaba, pues, que existían melodías específicas y propias para algunos trabajos determinados. El tono o son de la arada, como el de la siega o el de la maja del pan es la denominación popular dada a una melodía concreta que se aplica de manera específica y única dentro de una determinada faena. Algunos etnomusicólogos califican estos cantos de arada u otros similares –empleados para la siega, sementera o trilla– como de ritmo libre debido sobre todo al floreo “ad libitum” de las notas en las que se recrean los cantores, solistas generalmente. Aquí habría que apostillar, sin embargo, que al ser estos trabajos repetitivos y monótonos, encierran en sí mismos siempre un ritmo que eso sí, cambia con cada surco nuevo que se abre, ritmo que también se marca con las idas y venidas del filo del dalle o las vueltas del trillo. La libertad realmente en estos temas radica en que raramente se cantan del mismo modo dos veces, alargando una nota, un final aquí y allá o se acelera o acorta dependiendo de la fatiga o ánimo del trabajo. Se canta así al recoger la cosecha, en los procesos previos, de la siega, la maja y la trilla y en los posteriores de bielda y acarreo a las paneras y silos. El elemento destacado de la notación, el melisma, que dependía de la calidad de la voz del intérprete, se aprecia también en muchos cantos de ronda, de solana o tonadas, que sin ningún motivo, más que el puramente estético y de solaz, se interpretan y donde interviene un componente lírico y sentimental que explica ese deleite en el canto, pero que se hace difícil de entender en la situación en la que surge en el inicio de las labores agrícolas, la soledad del campo, el frío del otoño y mil carencias campesinas más.








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