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Invocación al sol (1)

Cantada por María del Arco del Peso Pérez de 5 años. Grabada por su padrino en casa de su abuela en Quintanilla de Trigueros (Valladolid), el 31 de agosto de 2005



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Sal solito, caliéntame un poquito

para hoy para mañana para toda la semana.
Llamaremos a la abuela pa que toque la viruela
llamaremos al pastor pa que toque el tambor,

y si no lo toca bien le daremos con el culo en la sartén.

I. Los astros y meteoros

El sol y la luna rigen el calendario de la vida del hombre. El calendario romano anterior a Julio César basaba sus divisiones en los ciclos lunares, siendo la primera luna llena posterior a los deshielos de la primavera la que marcaba el inicio del año. La reforma del calendario juliano instauró un año solar, reformado por el Papa Gregorio XIII en el siglo XVI, que ajustó definitivamente el calendario al curso del sol. El sol define los solsticios y éstos a su vez muchas de las fiestas rituales antiguas que, pasadas por el cedazo de la doctrina cristiana, fijaron la festividad de San Juan, el Bautismo de Cristo y su nacimiento en los días inmediatos a los solsticios de verano e invierno respectivamente, dos fiestas fundamentales en el calendario litúrgico de la Iglesia y en los ciclos festivos anuales.

Al sol lo reciben los niños cada mañana con el sonsonete de «Sal solito, sal» y lo despiden con aquello de «¡Adiós ojo de buey, que los gallegos tiran ya de él!» al ponerse por occidente. A estos astros, que conforman nuestra existencia, y a quienes tratamos con nombre propio como si fueran vecinos de toda la vida (al sol se llama Lorenzo y a la luna María Antonia o Catalina) recurrimos desde que el mundo es mundo de una u otra manera todos los días. Son multitud los ritos o conjuros que han de realizarse al alba o con luna llena (curaciones, adivinaciones, peticiones de novios, etc); nos aferramos al amuleto de la media luna de nuestros dijeros o sartales para evitar envidias, aojamientos o maleficios, danzamos casi de manera atávica en estructuras circulares o los invocamos inocentemente de chiquillos con canciones que ya eran populares en el siglo XVI. Al menos la rima «Sal, sol, solito i estate akí un pokito, por oi i mañana...» ya lo canturreban en tiempos de Correas, y así aparece en su Vocabulario de 1627. A grito pelado imploraban los niños la luz y el calor del sol desde la puerta de casa cuando llovía y no podían jugar en la calle, las muchachas cuando lavaban en los arroyos y tendían las mudas a blanquear o las viejas al ábrego de una pared en el ocaso de sus días.








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