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La Indumentaria

La desnudez • La identificación • La visión de los otros • Vestir y desvestir


En Salamanca tengo

(Corro de niños). Cantado por la señora Mónica, de Almajano (Soria) en agosto de 2004



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En Salamanca tengo,
tengo sembrado,
azúcar y canela
pimienta y clavo.

Tu pañuelo y el mío
son de una pieza,
tú lo llevas al cuello
yo a la cabeza.

Tú marido y el mío

son escribanos

que en la letra parecen
primos y hermanos.

Ahora sí que estoy contenta tengo falda de percal,
ahora sí que estoy contenta que la llevo sin cesar.
Danza que danza todo el día, siempre llena de alegría,
trinque, trinqué, trinqué trincó ¡ay!, sí señor.

El pañuelo

Algunos pañuelos estampados los traían al regreso del servicio militar los licenciados, en donde aparecían iluminados los monumentos y las imágenes sagradas de las ciudades en las que cumplieron tan ingrata tarea. De tierra africana llegaban unos pañuelos de sedón atornasolados de largas cerras que lucían las moras a la cabeza, como después lo harían las hermanas o novias, o incluso ellos mismos al cuello, al hombro o a la cintura junto a los galones de seda en las danzas de palos y bailes procesionales.


El pañuelo de mi dama de Melilla le mandaron


con un letrero que dice: -La guerra se ha terminado-.


La mujer bordaba las iniciales y el nombre del amado en estos pañuelos que dejaban testimonio de una costumbre corriente en otros momentos, cuando el hombre en sus galas gastaba pañuelo, emperifollado de los pies a la cabeza, bajo el sombrero o la montera siendo muy variadas las formas de ceñirlo: anudado a la nuca con las puntas caídas a la espalda o a los lados, coronal, al cuello, colgando de la faja, de los bolsillos del dolmán o de los ojales de la chaqueta.


El hombre, para ser hombre, ha de gastar tres pañuelos,

uno en cada faldriquera y otro debajo el sombrero.


(Horcajuelo de la Sierra, Madrid)








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