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La Indumentaria

La desnudez • La identificación • La visión de los otros • Vestir y desvestir


Las bragas del cura

Lazo de paloteo de Torrelobatón (Valladolid), cantado por Francisco Pérez de unos 60 años. Grabado en 1991



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Esta noche con la luna perdió las bragas el cura

y el que las haya encontrado tiene la paga segura.
-Señor cura, tenga usted pesquisa

que las bragas las encontré ayer,

envueltas en las enaguas y las faldas de mi mujer.
¡Agua que se quema la fragua!,

¡agua, para apagarla!

De calzones y pantalones

Una prenda significativa de la indumentaria del hombre y que ha servido para identificarlo en media Europa desde la baja Edad Media ha sido el calzón, pantalón a media pierna, desarrollado en diferentes variantes en nuestra península, siguiendo también la moda de épocas pasadas: los bombachos (hasta media caña y sin ajustar a la pierna) de la sierra de Salamanca y aún recordados en La Valdería leonesa, la propia braga, pegadita a la pierna y atacada por el bajo de la rodilla con hebillas, ligas o botones común a toda la comunidad, los calzones de trampa que los sorianos, ya casi aragoneses, llevaban tan abiertos y recortados, hasta pasar por las bragas maragatas, amplias y tableadas, testimonio vivo de modas flamencas del XVII.

Su uso caracterizó a todo majo, de hecho por hombre «bragado» hoy en día se entiende, entre otras acepciones del diccionario, a la persona de porte y planta, de resolución enégica y firme. Los últimos en usar esta vestimenta corta a la par que otras prendas populares fueron el tío Paulo Sacristán de Robleda (Salamanca) hacia 1972–73 y el tío Pata de Berlanga de Duero (Soria) hasta 1978, aunque recordamos aquí a Jorge Pueyo de Ansó (Huesca) quién hasta su fallecimiento en 1991 vistió los valons aragoneses, faja, cachirulo y sombrero de Sástago, siendo el último español en usar a diario estas prendas tradicionales. En los años veinte apenas un par de ancianos de la Churrería vallisoletana andaban en estas galas, mientras que en Sepúlveda (Segovia), Hoyocasero o Navalosa (Avila), La Maragatería, la Sierra de la Peña de Francia o el Aliste mantenían su uso pasada la guerra, aunque actualizaron sus ropas casi de la noche a la mañana después de décadas de inmovilismo y ante la pesadez de los ignorantes urbanitas que preguntaban insistentes si iban a los toros. De los maragatos, también aferrados a su gala antigua de camisa de lino, coleto y bragas –el inflado bombacho de brillante rosel, tan cómodo para el trasiego continuo a lomos de caballerías–, hacían burla los muchachos al paso de las recuas arrieras y las mujeres imitaban su vestir recogiendo y ahuecando sus propias sayas mientras cantaban y bailaban:

Un maragato en el Val con amargura lloraba
porque no podía sacar por la cabeza las bragas.
Sal a bailar maragato, sal a bailar bragas anchas...


La tradición oral nos aclara el uso de viejas prendas en zonas en las que su recuerdo ha desaparecido de la memoria colectiva. En la montaña de Pernía (Palencia) el hombre abandonó muchas de las prendas tradicionales en los albores del siglo XX, aunque los vecinos puerriegos, más recogidos y vetustos, aún anduvieron algunos años más con el sayal del país y el calzón, a los que cantaban en tonada:

Polaciones, tarugones, que visten a media pierna,
han robado los campanos de las vacas de mi abuela.


O a los serranos de Avila:

Mozos de media braga
andan por ahí,
rondando a las mozas
de medio candíl.








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