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La Indumentaria

La desnudez • La identificación • La visión de los otros • Vestir y desvestir


Los pantalones del señor Fermín

Copla cantada por Fausto Sanz de 66 años de edad de Pesquera de Duero (Valladolid). Grabado en 1978



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Yo soy el señor Fermín el que el pantalón compró,
2 mi historia voy a decir, escuchen con atención:
El año setenta y ocho se hizon mis pantalones,
4 los hicieron en Segovia conmigo les ajustaron,
y al sacarlos del comercio treinta reales me costaron.
6 Pues no se crean ustedes que la vida que han tenido
ha sido como los que hay siempre en el arca metidos
8 Han tenido contratiempos como yo los he tenido;
han andado entre basuras y en barros en ocasiones;
10 unas veces sin pretinas y otras veces sin botones.
Los llevé al ferrocarril y cargando vagonetas
12 con el roce de las palas
 se abrieron por la bragueta.
Han paso más martirios que pasó San Sebastián

14 y han sido dos veces muertos y han vuelto a resucitar.
La Juana la secretaria que entiende bien de costuras
16 me dio palabras de hacerlos una buena compostura.
Compré dos varas de tela y a su casa se los llevo
18 con dos trapos que ella puso me les dejo como nuevos.
¡Válgame Dios de los cielos quien había de decir
20 que tan buenos pantalones gastaría don Fermín!

La moda puesta en coplas

Al final de los tiempos, la moda antigua iba quedando arrinconada en las arcas del sobrado, avergonzándose los portadores de sus propios arreos y queriendo todos ir a la moda. El resultado fue un remedo casero de lo urbano, pues la justa economía apenas daba para lucir alguna novedad comercial y tendríamos que esperar a la llegada masiva de los tejidos de algodón floreado industriales, encajes mecánicos y paños fabriles estampados, panas y tartanes para entretelarnos insulsamente. Menos mal que aquella fresca artesanía aguantó hasta la segunda mitad del XX dejando un rastro testimonial rico como pocos ajuares etnográficos.

El abaratamiento de los costes, relacionado con la llegada de los algodones americanos en el XIX, la explotación de la mano de obra y la rapidez en la fabricación con la invención de las máquinas de vapor inundó los mercados, las ferias y los comercio de tejidos fantasiosos y prendas ya confeccionadas que se desparramaron rápidamente, asentándose en unas décadas lo que antes tardó un siglo en ser tranformado y asimilado por la comunidad. Muchas canciones de moda, cuplés y tonadillas se encargaron de difundir estos nuevos usos por toda España. Los ciegos copleros, viajeros incansables, acercaban a los últimos pueblos de la comarca las noticias más novedosas allende los mares y de los confines del país. Los sucesos políticos, los desastres de las guerras, las revueltas sociales y desde luego las últimas novedades de la moda de la ciudad, se ponían en copla ante el estupor de aquellos que hasta mediados del XX, seguían vistiendo a la usanza de siglos pasados. Estos pergaminos amarillentos, de colores en el último siglo, recogían muchos textos acerca de la moda, la llegada de prendas novedosas –especialmente mantones de Manila, gorras, pantalones, minifaldas y los botines de media caña– y la incorporación y cambios en el vestir tradicional con títulos como «Las mujeres con pantalón» , «La mujer sin medias», «Con mi chaleco voy a la moda», «Los pantalones del señor Fermín», «Las botitas», aprovechando las tonadas musicales en boga de cuplés, mazurcas, valses, tangos, pasodobles y canciones flamencas

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