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La desnudez • La identificación • La visión de los otros • Vestir y desvestir


El mantón de Manila

Tonada de carnaval cantada por Carmen Viciosa de 50 años de edad en Cervatos de la Cueva (Palencia) el 27 de mayo de 1996



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Este mantón de Manila en brazos de una mujer
es
encargao de llevarle para los hombres a ver.

Con sus flecos y sus flores, es tan grato y tan genial
que a los toros y verbenas no puede faltar jamás.
Es la prenda más castiza y es la que se luce más

vuelve loquitos a los hombres y a mi me vuelve también
por eso mi amor exclama, ¡viva mi gracia y olé!

La moda puesta en coplas

El buen porte se define de forma natural, por la planta y belleza del sujeto, por la corrección y lucimiento con el que se presenta. Esta apariencia se consigue muchas veces mediante el adorno de las formas, buscando la adecuada compostura de las prendas, la combinación de colores, escogiendo los tejidos y laboreándolos primorosamente. A su vez este adorno de formas, que distingue al portador de entre los demás, se logra notablemente, con la adopción de elementos llamativos, extraños en ocasiones a la tradición local y modernos muchas veces, que buscan una determinada estimación social en el hecho de la diferenciación. El uso y la llegada de nuevas prendas, tejidos foráneos y colores novedosos, conocidos en las ciudades o en las ferias, se iba acomodando, dependiendo del lugar y la economía, en todas las áreas geográficas especialmente desde el siglo XIX. Muchas de las prendas consideradas tradicionales en nuestros trajes locales han surgido en zonas muy alejadas de nuestro entorno, aclimatándose al gusto popular al cabo de los siglos y provenientes de cortes belgas, francesas, fábricas inglesas, alemanas o importaciones de ultramar (sedas, corales, etc).

Uno de los casos más claros y recientes del uso y acomodación de prendas modernas y de rápida asimilación en todo el territorio nacional ha sido el de los pañuelos que han substituido a una amplia tipología de tocados arcaicos de cabeza y sobretodos de cuerpo. Los pañuelos de cien o mil colores, alfombrados en fino estambre de merino de diseños orientales, cachemires y arabescos realizados en técnica de tapiz o estampados se desarrollaron a partir de la importación inglesa de los saris o velos tradicionales indúes, del mismo corte y estilo, que las mujeres de alto rango lucían como chales o tocas caidos por hombros y espaldas. Desarrollados pues, en fábricas inglesas se hicieron muy populares entre todas las clases sociales ya en el XIX, exportándose a Francia y tejiéndose en telares industriales para toda Europa. La forma más conocida de estos pañuelos llamados también de ocho puntas o estrellados por la decoración de una gran estrella central, era rectangular y de grandes dimensiones que hacía necesario que se doblaban en cuadro o a pico quedando sus puntan desmentidas, echándose a veces, una de ellas sobre la cabeza, de ahí la denominación también de «pañuelos de capucha». El colorido de estambres amarillos, rojos, ocres, verdes y de formas adamascadas llamó la atención en toda la sociedad y al generalizarse su fabricación y abaratarse el precio (en tamaño y calidad) pasaron masivamente al arcón rural junto a muy variados tipos de pañuelos de algodón, de lana merina o de seda.

Otro sobretodo que pasó a formar parte del vestir en los últimos tiempos y que subsiste actualmente como prenda viva es el mantón de Manila. Originario de China y comercializado desde los puertos de Cantón y Manila, fue un regalo muy lujoso y codiciado entre las clases más acomodadas, popularizándose su uso entre el resto de la población a partir del abaratamiento de los costes de fábrica. «La Manila» y sus imitaciones en lana –los pañuelo del ramo– acabaron con los demás tocados de hombros de lienzo, lana o algodón –sayos, cazacas, sayínes, dengues, etc.– y era tal su estima que las mujeres se retrataban echando las puntas hacia la espalda y dejando todo el pico sobre sus delanteras, para que se pudiera apreciar el detalle del bordado. Las segovianas, que acostumbraban a colocarse estos pañuelos de muy diferentes formas y maneras, dejaban caer las puntas desde los hombros sin entallarlos a la cintura y recogían el enrejado y los largos flecos o barbas que caían a la espalda en un nudo, para que los mozos no las cantaran:

Anda, mandilona, recógete ese pañuelo

mira que es de seda y lo arrastras por el suelo.

Al bolero le han traido
una enaguas,

con veinticinco lorzas
y aún le están largas.
Y un gran mantón
que aunque se le recoja,
roza el tacón.

(del bolero de Tauste)

Prendas atractivas y seductoras, fueron cantadas por flamencas, tonadilleras y cupletistas tan aficionadas a estos lujos de seda, brillos y bordados en sus espectáculos

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