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La siega • La trilla • La maja • El acarreo


Sobre el trabajo de la trilla

Felicidad Martínez Utrilla de 74 años de edad y natural de Monteagudo de las Vicarías (Soria). Agosto de 2003



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En el trillo, dirá usted, ¿pues cómo? Pues que íbamos a trillar a la era y como había tajo para todos, porque... pues nos mandaban a los chicos sobre todo nos mandaban, éramos jóvenes pues a trillar, los críos a trillar, después ya me tocó volver la parva, me tocó echa la parva... Soltar la parva había que ir por la mañana, a soltar la parva, que eran soltar los fajos en una parva todo, en la era. Y luego con las mulas, una mula llevaba... dos mulas llevaban un trillo grande y luego a lo mejor otra mula,.. . porque la mayoría de los labradores tenían tres mulas, y entonces la otra mula iba individual con el trillo pequeño. Y claro, hacían falta dos personas constantemente trillando, allí la parva no paraba en cuando se soltaba por la mañana y luego ya, allá a las doce que está la mies tostada se enganchaba a trillar y vueltas y vueltas hasta que se trillaba todo, y luego, cuando ya estaba machacada se recogía la parva con una rastra y las mulas, se hacían unas sierras así a cada lao de la era que eran preciosas porque eras unas sierras bien emparvadas, los hombres cogían la horca y pin pan, y hacían unas sierras preciosas, y con la mies se hacían cinas en la era también. Pero se trabajaba mucho y luego a lo mejor venía lloviendo, venía la tormenta ¡turrrr...!, a recoger corriendo la parva, se mojaba, luego había que barrer el solar y nos daba un trabajo, pero luego a lo mejor al otro día, duro que te pego otra vez la tormenta que se ponía, o sea que era todo a base de mucho trabajo. ¡Ah, bueno! y yo en el trillo, pues lo que pasa, para que no te diera el sueño, porque si no... si ibas calladita te dormías, seguro, pues así, cantando y cantando, cantando que cogí una afición que bueno, un afición que ya pues seguí cantando siempre...

La trilla

Uno de los más monótonos trabajos del campo era la trilla, pues había de realizarse cuando el sol más calentaba, ya que al tostarse los granos del cereal se desgranaban más fácilmente. Un som brero de paja, de ala ancha fabricado especialmente de centeno, evitaba las quemaduras de la cara, frecuentes también entre los segadores que se habían descuidado en sus afeites. Algunos segadores aprovechaban así, la claridad de la luna para segar de noche y evitar la solana, mientras que las mujeres acudían a las tierras envueltas de faldas y mandiles, medias y albarcas, con unos manguitos que las cubrían los brazos desde los nudillos y un pañuelo que embozaba la cara evitando el más ligero rayo de sol y que apenas dejaba los ojos libres para guiar el trabajo.

Dar vueltas y más vueltas en la era sobre una plancha de pino cuajada de afiladas piedras es un trabajo conocido desde tiempo de los romanos. El tratadista Varrón en el Rerum rusticarum nos habla del tribulo, una tabla de madera con piedras cortantes incrustadas en una de sus caras que se hace pasar por encima de la mies.

Muchos de estos trillos los fabricaron durante años los segovianos de Cantalejo. La justa fama de los trilleros, la ganaron recorriendo toda España surtiendo de estos aperos a toda población campesina, a los que además vendían cribas, harneros y silletes para trillar, amén de repararlos en muchas ocasiones, feriando en todos los mercados de ganado de Castilla y León, Castilla–La Mancha, Andalucía, Extremadura y algunos de Aragón y Valencia, trajinando con machos y mulas. En nuestra comunidad otras localidades se dedicaron a la venta y comercialización de los trillos, aunque a menor escala y de manera más comarcal, como fue el caso de Astudillo en Palencia, Iscar en Valladolid, Villavieja en Salamanca o Quintanar de la Sierra en Burgos.

Subidos en ellos, tan sólo el canto evitaba caer en los brazos de Morfeo a los trilladores en tan soporífera ocupación, aligerando además el trabajo para aparvar el grano. Aquí tenía entrada cualquier tema musical para evitar el aburrimiento y el mareo: jotas, romances, tonadas, coplas de ciego y los más modernos cuplés flamencos podían oirse a las tres de la tarde en plena canícula

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