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La Cosecha

La siega • La trilla • La maja • El acarreo


La difunta pleiteada

Cantada por Joaquina Sampedro de 55 años y su hijo Severiano de Santiago de la Requejada (Zamora), 1981



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78 Hemistiquios

Hoy se casa y hoy se esposa, doña Argela de Medina
2 iba a gusto de sus padres y a disgusto de ella iba.
íbanse para la iglesia todos en su compañía,
4 y a la entrada de la iglesia y esta oración decía:
-Dios quiera que no me goces, traidor, ni tampoco un día-.
6 Al coger agua bendita, la misma oración decía:
-Y Dios quiera que no me goces, traidor, ni una hora cumplida-.
8 Y al hincar rodilla en tierra la misma oración decía.
Volviéranse para casa todos en su compañía;
10 todos comen, todos beben, Argela llora y suspira:
-¿Qué te pasa?, tú, la Argela, ¿qué te pasa hija mía?-.
12 La sacaran a un balcón le pregunta su madrina:
-¿Qué te pasa? tú, la Argela, ¿qué te pasa, hija mía?
14 -Y es que me han hecho casar con el que yo no quería-.
Y estando en estas razones, muerta al suelo caía.
16 La mandó su padre abrir por ver de qué mal moría
y tenía el corazón vuelto, lo de abajo para arriba,
18 y en medio del corazón tres letras de amor tenía:
y una decía: tristeza y otra decía: alegría,
20 y otra decía: -Don Juan, Don Juan del almita mía-.
Y al cabo de siete días don Juan por allí venía.
22 Llegara y llama a la puerta donde nadie respondía
y se acercara al balcón una hermanita que tenía:
24 -¿Y por quién llevas tanto luto y tan negra mantellina?,
-Y el luto es por doña Argela, doña Argela de Medina.
26 -Y, dímelo, la muchachuela, y dímelo por tu vida,
dime: ¿dónde está enterrada doña Argela de Medina?
28 -Alante, alante al altar mayor, donde la Virgen María-.
Y coge el bastón en la mano, y sube la iglesia arriba,
30 y con la punta del bastón alzó la lápida arriba.
La cogiera de la mano y la sentó en su rodilla,
32 y cosas, le decía cosas, y como si estuviera viva:
-Y estoy capaz de matarme y hacerme en tu compañía-.
34 Y estando en estas palabras una voz del cielo oía:
-No te mates, tú el Don Juan, no te mates por tu vida,
36 que el que te la hizo muerta, te la puede volver viva-.
Y formaron preito los dos en toda tierra Castilla.
38 La niña es para don Juan que la tiene merecida,
y vale más quien desentierra, que no quien entierra en vida.

La siega de la hierba

El final del laborioso ciclo cerealista y la espera anual se veía recompensada –no siempre, desgraciadamente, al estar a merced de una climatología adversa– durante la siega del cereal. El trigo es la planta más extensamente cultivada en España y la de mayor importancia económica. A pesar de la homogeneización y modernización de los cultivos, aún es posible encontrar especies de cereales que fueron básicos en la prehistoria y que se han ido olvidando paulatinamente como son los llamados trigos vestidos (porque sus glumas o cascabillos permanecen adheridas al grano una vez trillado frente a los que lo pierden tras este proceso). Estos son la escanda, la povia, cultivados ya únicamente en algunos concejos asturianos, casi para amasar las roscas de los ramos y la escaña, sembrada en ínfimos terrenos en Cádiz, Granada, Córdoba, Jaén, Las Baleares o Cuenca como alimento de las aves.

Este trigo almidonero fue sustituyéndose por el candeal o blanco, más panificable, o por el trigo compacto en las variedades actuales desde los años cincuenta. Don Manuel Gadea Loubriel, ingeniero agrónomo madrileño, reunió en un curioso artículo un extenso inventario –hoy imposible de componer– donde recogía todos los tipos de trigo que tradicionalmente se cultivaban en nuestra Península y que en aquellos años de 1957, estaban siendo relegados por las nuevas variedades. Destacaba en Soria el llamado trigo Colorado y Jeja de Alfaro, el Cangrejero, el trigo Toseta, en Burgos el rojo de Cercedo y el rojo borracho, y principalmente el álaga; en Palencia el rojo de Torremormojón, los lebaniegos y mochos y el Chile; en Segovia los chamorros y candeales, ya sea la sierra o el llano, y el rojo de Cerezo de Abajo. En Avila, el candeal y el Alto en la sierra o el tremesino de Gredos; en Valladolid, el hembrilla de Rueda que es un tipo de candeal y el rojo de Villacarralón; en León el mocho de la Sobarriba, el moro vitoriano o sarraceno y el correacasa y los candeales, junto al barbilla y el mocho maragato o el blanquillón de la Vecilla. En Zamora, el tremesino de Mombuey, los barbillas y el redondillo; en Salamanca el candeal, el mocho o pelón blanco, y el mocho negro y el álaga o trigo mayor y los bastos de barbilla. Tan pasmosa diversidad viene de tiempo atrás y Gabriel Alonso de Herrera en su Agricultura General, editada en 1513 anotaba que:

Ya todos saben que ay muchas maneras de trigo, y diferentes suertes de cevada: yo en el centeno hasta agora no conozco más que una manera, más todas estas suertes de pan, no se crian igualmente en un linaje de tierras, y por esto es necessario apropiar a cada tierra la simiente que le conviene. Del trigo ay muchas diversidades, y ay en muchas regiones ay un trigo, que no lo ay en otras ni es conocido. Ay un trigo trechel que llaman rubión: esto es lo mejor de todos, assi en peso como en provision. Ay otro que llaman arisprieto, y esto es muy vecino del trechel. Ay otro trigo blanco o candeal. Ay deraspado y tremesino... Y de esta suerte es el trigo deraspado, y estos panizos (por panes) tienen la camisa del grano muy gruessa y aún de muchas coberturas, y por esso el yelo y el frio no lo pueden assi dañar... Ay dos suertes de cevada, una llamada ladilla, que es de dos ordenes y parece en el espiga al trigo, y tiene el grano más lleno, y pesado que no la otra, llámala Columela, diftica o galatica, más no se crian tan bien en las tierras calientes, como en las frias y humedas. Ay otra que es de cuatro, y aun otra de seis ordenes, que Columela llama canterina...

La mejora genética de las semillas desde mediados del XX permitió una mayor producción, en base a las nuevas variedades denominadas Aragón o3, el híbrido L4, Indoxa, Manitoba o J.1 Schiribaux que arrasaron radicalmente las producciones de trigos autóctonos.

La recolección manual de estas semillas subsiste en algunas comunidades sin mecanizar en tres modalidades, a saber: recogiendo las cabezas de las espigas a mano, segando con hoz o arrancando la planta desde la raíz. En Asturias aún se ha mantenido esta recolección manual en el caso de la escanda, donde con dos palos –les mesories– trabados entre si con una cuerda, se aprisiona una manada de espigas y se desgrana, dejando caer en un cesto el grano y la paja entera en el campo, que posteriormente se siega.

La siega con hoz “a segadera” y la posterior limpieza, transporte y selección del cereal, exigió una mayor dedicación del labrador que no a otros menesteres, al procurar la base del sustento diario y al estar ocupadas la mayor parte de las tierras productivas del municipio al trigo, siendo siempre de menor tamaño las dedicadas a las legumbres, el lino u otros cultivos habituales. En esta cosecha trabajaban tanto los obreros fijos del año, contratados de febrero hasta el 30 de noviembre, como los llamados agosteros o temporeros, que de junio a septiembre, se ocupaban en la siega y guarda del trigo. La cuadrilla se componía de segadores, atadores y mochil u ollero. En primer lugar iban los segadores, segando a dos surcos con el mayoral al frente. Luego venían los atadores, cuyo número era siempre inferior al de aquéllos, yendo detrás las espigadoras, quienes recogían las espigas que aún quedaban. El rapaz u ollero, era el encargado de ir a buscar la comida de los obreros.

El aprovechamiento del producto era máximo pues una vez que habían pasado las cuadrillas de segadoras y espigadoras, las mujeres y niños salían al campo a respigar, a recoger las manadas caidas en tierra, las espigas perdidas entre las zarzas en las que se engancharon las mallas o teleras del carro y aquellas esparcidas en el camino tras entornar el carro que acarreaba las morenas. Tan exiguo trabajo en apariencia, alegraba generosamente el comedero de las gallinas durante algunos días y aliviaba la economía familiar, siempre medida. A veces, los segadores iban dejando algunas espigas caidas intencionadamente, o se arrimaban a las zarzas para engancharlas y posteriormente avisar a las mujeres de la familia para que fueran a respigarlas. La imagen de la espigadora, tratada desde Salinas, en zarzuelas y cuplés, reivindica el trabajo de la muchacha, mal pagada como muchos trabajos del campo y que empleaba a las mujeres por un escaso jornal que apenas daba para comprar un capricho al final de la siega.

Segador echate afuera,
deja entrar la espigaderuela.
(Salinas)

Espiguita a espiguita
las voy cogiendo,
para comprarme un dengue
que no lo tengo.

Existen melodías utilizadas específicamente para este trabajo, el “tono”, el “son” o la “gracia”, hablándose así de “la gracia” para referirse a una melodía concreta que insistentemente resonaba en los campos estos días de labor. Sobre este soporte, uno tras otro, se iban desgranando diferentes textos romancísticos –ocasionalmente coplas de todo tipo y más frecuentemente en épocas recientes–, que debido a su largura entretenían este trabajo. En la sierra alta de Gredos cantaban con “la tonada de la siega” el romance de La bastarda y el segador y La hermana avarienta mientras que en Sanabria y La Requejada zamorana utilizaban “la gracia de la segada” para el Gerineldo, El marinero al agua, La bastarda o La difunta pleiteada que anotamos a continuación, aunque con idéntica melodía se segaba en la Cabrera leonesa, Aliste y en la comarca portuguesa de Tras–os–Montes utilizando textos más variados, líricos o satíricos.

Otras coplas ocasionales, libres y lanzadas al aire en momentos más relajados del trabajo recogen letras que plasman los detalles de la pesada tarea y animan a los segadores en su trabajo.

Arriba segadores
con la surcada
que arriba está la fuente
del agua clara.

En la siega segando
quisiera verte
en el baile bailando
bien te diviertes.

La galbana veo venir por encima de esos robles, toma los cuartos, galbana, déjame los segadores.

A veces –y esto ocurría y ocurre al iniciar cualquier actividad, dentro de cualquier cultura– se procedía a rezar, santiguarse y recordar a los antepasados en un atavismo que nos acerca a la noche de los tiempos. El conocido tamborilero Marciano Senis de Valdestillas (Valladolid), declamaba siempre estos cristianos versos a la salida del sol, hoz en mano, antes de iniciar la siega.

Desde la aurora del día hasta el opaco del sol
soy jornalero alquilado y mi primer alquilado es Dios.
No pretendáis que trabaje, pa ningún otro señor
que a dos señores a un tiempo nadie fielmente sirvió.
Por servirle no le pido salario ni galardón,
pues ya es justa recompensa ser siervo de tal Señor.
Más yo sé que de mi vida cuando ya decline el sol,
llegará el Dueño adorado a quien alquilado estoy,
y me dará de justicia lo que mereciera yo:
un laurel, una corona, un precioso galardón,
pero el mayor de los premios será poseer a Dios.
¡Hala alante, segadores!








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