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Los Animales

Los animales en libertad • Los animales domesticados • Los animales fantásticos


Ay qué sandías, ay qué melones (Jota)

Versión de Nuez de Aliste (Zamora), cantada e interpretada con pandereta y conchas por María Méndez Prudencio Romero, Narciso “el gaitero”, Victoria Rivas y Victoria Domínguez el 22 de mayo de 1994



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Ay qué sandías, ay qué melones
qué calabazas llevan los hombres,
llevan los hombres de las mujeres
cuando les aman y ellas no quieren.

Un corazón afligido si la música te agrada
ábrete que estas partido y verás una guitarra.
Ay qué sandías...

Esta guitarra que veo da alegría y quita pena
y está formada de ella la cola de una serena.
Ay qué sandías...

La serena de la mar es una linda muchacha
que por una maldición la tiene Dios en el agua.
Ay qué sandías...
La serena de la mar nunca se ha podido ver
que está formada de ella una divina mujer.
Ay qué sandías...

Ya sabes que yo noble y que muy humilde gasto
abre un pequeño doblez y encontrarás mi retrato.
Ay qué sandías...

Como somos alistanos cantamos de buena gana,
viva Aliste, viva Aliste, viva la tierra alistana.
Ay qué sandías...

III. Los animales fantásticos

Aunque la figura está presente en la mente colectiva son escasos los testimonios orales, de cuentos o canciones, en los que salen a relucir las escamas de la cola de las sirenas o sus largas cabelleras color aúreo. Metal éste, por cierto, al que eran aficionadas en extremo y que osados marineros, en su afán de capturarlas, utilizaron como cebo saliendo a pescar con remos de oro. La tradición costera catalana o andaluza ha guardado algunos relatos en los que las sirenas cumplen su papel, haciendo zozobrar las barcas y distrayendo con sus cantos y belleza a los pescadores que acaban estrellados contra los acantilados. A pesar de la preciosa y delicada imagen, que algunas cinematográficas recrean últimamente en sus películas, la sirena encarna el mal hasta lograr el dramático final de los que en ella se fijan embelesados por su belleza. En las representaciones griegas antiguas era muy similar a las arpías (con cabeza de mujer y cuerpo de ave rapaz) y no sería hasta la Alta edad Media y posteriormente en el renacimiento cuando se desarrollan con rasgos menos ofensivos.

La sirena de cola de pescado o de doble cola acompaña hecha silbato de plata los dijeros infantiles y brazaleras favoreciendo el desarrollo del oído y alejando con el sonido de los cascabeles colgantes que llevan asidos, a las brujas, en una función contraría a la que habitualmente desarrollaban estos bellos pescados, atraer a los hombres. Aparece tallada y coloreadas en las colodras, polvorines, cuernas y vasos pastoriles de asta por toda la geografía peninsular salidos de manos pastoriles que a punta de navaja dibujaban las imágenes que habían visto ocasionalmente en coplas de ciego, cantorales litúrgicos o capiteles de las iglesias.

La costumbre, más que frecuente, se resume en el siguiente comentario anecdótico recogido en una ocasional encuesta en un pueblecito de la Tierra de Campos palentina:

Preguntando a un anciano por la vida de un pastor del lugar, excelente artesano de navaja de cuernas y vasos, el convecino sorprendido por el interés en dicha biografía exclamó con sorpresa:

–¿Ese?..., ¡si estaba pintando sirenas todo el día!
A 1.400 metros de altitud, los carruqueños palentinos imaginaban como sirenas hermosas a sus mozonas envueltas en dos o tres manteos de grueso sayal, enmonteradas, y calzando albarcas y escarpines. Ellas cantaban a la pandereta para el baile agarrado estas coplas, nubladas sin duda por el amor:

En el lavadero te he visto lavar
y me has parecido sirena del mar,
sirena del mar, reina encantadora
tú eres la persona que a mí me enamora,
que a mí me enamora, que me satisface,
tú me tienes lleno de felicidades.

(Rebanal de las Llantas, Palencia)


Y a casi trescientos kilómetros del mar el “tío Guitarra” de Castrodeza (Valladolid), cantaba a la jota el siguiente estribillo:

Anoche morena te vi pasear
y me pareciste sirena del mar,
sirena del mar, sirena del mar,
anoche morena te vi pasear.


La sirena o serena de la mar, como más comúnmente aparece en la literatura del área de influencia leonesa o de restos arcaicos lingüísticos, aparece como incipit en el romance de La princesa bastarda y el segador:

La serena de la mar, / la clara de la mañana
el emperador de Roma / tiene una hija bastarda,
que la quiere meter monja / y ella quiere ser casada.


Vuelve a aparecer en la Sanjuanada de Robledo (Sanabria) en El conde Niño:

–¿Qué es aquello que reluce, / al otro lado del mar?
¿serán ángeles del cielo / o serenas de la mar?.
–Ni son ángeles del cielo, / ni serenas de la mar
que es el hijo el conde, madre, / ¡que a mí me viene a buscar!


Y en muchas de sus versiones, como en ésta de la sierra de Avila:

–Levántate, hija mía, / levántate y ven acá,
oirás cantar la serena, / la serena de la mar.
No es la serenita, madre, / que esa tiene otro cantar,
es la voz del Conde Olinos, / que por mis amores está.








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