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Pedir p´al gallo

Pedir p´al gallo (aguinaldo de Cuaresma). Versión de San Leonardo de Yagüe (Soria), grabada en 1985.



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De Francia , de Francia vengo, de Francia y de Toledo.
Salieron cuatro ladrones, me robaron el dinero
lo poco que me dejaron pa comprar un gallo negro.
Este gallo que mal canta, que le duela le garganta;
este gallo que mal pica que le duele la tripita
de comer cebada ajena de los niños de la escuela.
Por eso mando al rey que le corten la cabeza.

I. Los animales domésticos

Las gallinas y los huevos son símbolos de fecundidad. Figuran como regalo indispensable de la familia o los amigos a la novia en muchas tradiciones vinculadas a la boda, germen de la concepción. En la montaña palentina y cántabra los mozos regalaban a la novia, vísperas del acontecimiento, una gallina emperifollada a cambio de una merienda o un aguinaldo. En la localidad de Tiedra (Valladolid) durante trescientos años (hasta los inicios del siglo xx) figuran en los libros de cuentas familiares los gastos de la boda generados por “la entrega de la gallina” o “del día de la gallina”.

La puesta de los huevos se considera afortunada si ha sido en número impar, costumbre atestiguada ya en tiempos de Varrón, quien en su libro de Agricultura indicaba: “In suponiendo ova observant, ut sint numero imparia...” a lo que las castellanas contestaban con el siguiente refrán cuando hueraban las cluecas:

San Hilario, San Hilario doce pollitas y el gallo;
San Hilarión, San Hilarión, doce pollas y un cantador.
Ocho pollitas y el cantador, Bendito sea San Pantaleón.

El gallo por su parte, figura en la sociedad de mozos como elemento indispensable para sus ritos de paso y de reconocimiento social. Las corridas de gallos y cintas, (o las carreras pedestres de mozos cuyo premio es un pollo) son las pruebas habituales en los que todo mozo ha de participar para manifestar ante los demás su valía dentro del nuevo status, abandonando ya la infancia y asumiendo y tomando diferentes responsabilidades dentro de la comunidad. Estas corridas del gallo, en las que acababa decapitado, se celebraban generalmente con motivo de la entrada en quintas. Los jóvenes preparaban (aún se celebran en diferentes localidades) unas coplas alusivas al momento que leían ante un público congregado en el celebración del evento, en Pascua de Navidad o durante el carnaval y momentos antes de arrancar la cabeza del gallo a mano o con una espada.

En muchas localidades se celebraba el Juicio del Gallo en el que participaban jueces, acusadores, militares, capitanes y defensores de los bichos que exponían los motivos que tenían para ajusticiar a los indefensos plumíferos en clara parodia burlesca. El defensor evitaba que los mozos atinaran con certero y fatal golpe en la cabeza del gallo, tensando la cuerda de la que pendía la hilera de gallos colgados cabeza abajo por las patas. Otras veces corrían a latigazos a todos aquellos que se acercaran al hoyo en el que estaba enterrado hasta el cuello o al corro donde estaba para robarlo, como el zarragón de Mecerreyes que defendía inútilmente a un pobre gallo que atado en lo cimero de una rueca esperaba su irremediable final. Este zarragón o zarramaco bailaba a la pata coja en los estribillos larareados que interpretaba el público y la dulzaina moviendo la espada o lanza sobre el gallo.

La segunda versión del Gallo que anotamos, la cantaban los niños de San Leonardo de Yagüe y en la zona pinariega de Burgos en los aguinaldos que pedían durante la cuaresma o en vísperas de los carnavales para celebrar una merienda. En Cervatos de la Cueza (Palencia) este gallo se paseaba enjaulado en un carrito adornado de cintas y flores de papel, y pesar de esta gala al animal le esperaba el mismo final tras los versos o refranes de los quintos.

¡Este gallo escarbador, que comió trigo y cebada
al final ha de morir en la punta de mi espada!

En la localidad de Mucientes (Valladolid) se conservan los textos de un breve juicio al gallo teatralizado, perdido en los años cuarenta del pasado siglo, y que realizaban los quintos el martes de carnaval, en el que intervenían diferentes personajes, el acusador, el juez, el capitán, un soldado y un defensor. La obra empezaba con los siguientes versos que entonaba un pregonero:

–Si quieren saber, señores, donde va a ser la batalla,
en la cuesta las bodegas, camino de la Tía Cana–.

Y acababa con los versos del defensor, que con gran sorna relataban el final de los gallos, tras ser ajusticiados y antes de acabar en la cazuela.
–¡Ea pues, noble auditorio!, ya se han matado los reos
es obra de caridad los hagamos el entierro,
y en medio de un bodegón hemos de tener el duelo.
Y echaremos un requiescan cuando el jarro esté bien lleno
y a los presentes les digo que recen un padre nuestro
y pidan a Dios por ellos que nos hagan buen provecho.
(Dictados por Pedro Herrero, de 70 años, en 1977)








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