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Los animales en libertad • Los animales domesticados • Los animales fantásticos


El burro de la Tía Vinagre

El burro de la Tía Vinagre. Versión de Monteagudo de las Vicarías (Soria), cantada por Felicidad Martínez Utrilla. Otoño de 2003



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Ya se murió el burro de la tía Vinagre,
ya lo lleva Dios de esta vida miserable.
Que turururú, que tururururú...

Él era muy guapo, él era mohino,
él era el encanto de todos los vecinos.
Que turururú, que tururururú...
Estiró la pata, arrugó el hocico,
y con el rabo tieso decía: –Adiós Perico–
Que turururú, que tururururú...

Todas las vecinas fueron al entierro
y la tía María tocando el cencerro.
Que turururú, que tururururú...

I. Los animales domésticos

El caballo acompaña domesticado al hombre al menos desde el sexto milenio a.C. y junto al burro, le han proporcionado una bestia que en muchas economías castellanas fue el motor del desarrollo industrial, el comercio y la arriería desde la Edad Media, como fue la mula. En nuestra tierra se puede hablar de una cultura doméstica del mulo y la del asno, más que la del caballo, cuyos ejemplares más antiguos viven aún semi–asilvestrados en el valle de Losa burgalés, en Pancorbo (la raza Losina). La burra es una figura que con mucha fuerza se ha mantenido en el medio rural hasta los años sesenta y aún en los ochenta en determinadas comarcas del occidente zamorano. La raza autóctona zamorano–leonesa, dura y resistente, ha sido un elemento clave en el sostenimiento de las economías más austeras de esta zona, indispensable para el transporte y aun para la arada, como pareja de yugo de un vaca del país que permitía a las economías más pobres la preparación de la tierra. Triste pago hemos dado a tan buen compañero, al que siempre hemos hecho aparecer como un animal tozudo o tontorrón en cuentos, refranes y fábulas aunque con un cierto elemento de encanto y simpatía que, a pesar de su estampa, no han logrado alcanzar los caballos.

Son poco frecuentes las canciones tradicionales en las que aparezcan los animales humanizados (como el romance de Don Gato) protagonistas de la acción. La más conocida de todas ellas y que hace referencia al rucio animal es la del Burro de Villarino, que ha dado la vuelta a toda la Península desde la publicación en el Cancionero Salmantino de Dámaso Ledesma en 1907 y armonizada por García Bernalt desde entonces o por Goyenechea en 1931, figurando en el repertorio de los coros y corales y en los libros de texto escolares hasta la actualidad.

El origen del canto hay que buscarlo en Villarino de los Aires (Salamanca) como “riberana” o canto de pasacalles de tabernas o borrachos en definitiva, costumbre que sigue desarrollándose en la actualidad. A pesar de la apariencia simple de la canción, el tema del entierro de los animales casi tratándolos como un ser de la propia familia es un género medieval conocido como Plancto

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