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Los Trabajos

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Los Trabajos

La Edad Media fue la época en la que gremios, cofradías y hermandades surgieron y se desarrollaron como un entramado ejemplar para la defensa y supervivencia de grupos de índole religiosa y civil.

Asimismo fue el período en el que el ser humano pudo contemplar el mundo como un pequeño cosmos donde cultura y vida eran sinónimos. Leer y oír fueron términos equivalentes; existencia y aprendizaje fórmulas simultáneas. La transición de ese género de sociedad hacia el Renacimiento trajo consigo mutaciones importantes. La invención de la imprenta, la promulgación de leyes reguladoras de la vida en común, la preponderancia cada vez mayor del Estado como órgano supremo que reglamentaba la actuación colectiva y limitaba la individual, fueron circunstancias aparentemente trascendentales. Sin embargo el eje esencial que atravesaba y ordenaba lo cotidiano, se mantuvo inmutable; así, indumentaria, alimentación, arquitectura, trabajo y creencias siguieron formando una cadena cuyos fuertes eslabones se rompían sólo excepcionalmente y consiguieron permanecer hasta bien entrado el siglo XIX, ese siglo inquieto de cambios radicales cuyo germen se había venido gestando poco a poco desde la descomposición del Antiguo Régimen. El apogeo del Costumbrismo no coincidió en el tiempo con el auge de la Etnografía y el desarrollo de los estudios sobre la tradición, pero en cualquier caso ambas dedicaciones ostentaron virtudes y defectos comunes e incluso un proceso similar que se inició con la noble pretensión –dieciochesca, por otra parte– de mejorar la sociedad comenzando por sus costumbres, lo cual se intentaba desde la literatura bajo filantrópicos y sesudos seudónimos –el Solitario, Curioso parlante, Demófilo, Pobrecito hablador, Bachiller Cantaclaro...– y fue progresando en la medida que se abandonó pintoresquismo y romanticismo para abordar un realismo que, tanto los estudios científicos como el género literario, agradecieron como una mejora evidente. Si se los considerara vectores contrarios, podría señalarse que, mientras que el Costumbrismo transformaba creativamente una realidad, esa misma realidad se alzaba como la principal dimensión de los estudios que la Etnografía proponía acerca de la capacidad de creación e ingenio del ser humano.



Por otra parte, no siempre el escritor costumbrista estuvo dispuesto a ejercer el oficio de etnógrafo. Cierto que en ambos había que reconocer una curiosidad burguesa como origen de sus pasiones me admiran en este mundo; esto prueba que mi alma debe de pertenecer a la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo a las muy superiores o a las muy estúpidas les es dado no admirarse de nada” –decía Larra–). Pero también es verdad que cuando el costumbrista se metía en el terreno de la etnografía solía anunciarlo: “Henos aquí refugiándonos en las costumbres; no todo ha de ser siempre política; no todo facciosos” , dice Larra en su artículo “Entre qué gente estamos”. Ambos también, finalmente, incurren en el error de la exageración, sobre todo al hablar de la antigüedad de las costumbres o del origen de canciones y bailes (Iztueta y Estébanez Calderón veían en los zorzicos y marchas vascas “ecos y reminiscencias de la música y de las danzas célticas e ibéricas”, llegando a la hipérbole por diferentes caminos pero con el mismo y vehemente bagaje romántico que persigue más la sorpresa y admiración del lector que el sosegado análisis.




La similitud de objetivos y la coincidencia temática, por otro lado, serían motivos suficientes para establecer una relación entre ese Costumbrismo y esa Etnografía. Si ambos pretenden una comprensión de la vida y el alma populares (“lo que sabe, siente y hace el pueblo, no lo que se sabe de él” según frase del etnólogo Luis de Hoyos), aparentemente se persigue un mismo fin, aunque se trate de llegar a él por distintas veredas. En realidad, ni existen estudios etnográficos que no hayan recurrido a fuentes literarias de tipo costumbrista, ni tal género de literatura se da en estado puro o responde a unos parámetros exactos e inamovibles. Con frecuencia habría que hablar de “costumbrismo etnográfico” y muy comúnmente de “etnografía costumbrista”.

Cabría también achacar a uno y otra –si seguimos enumerando semejanzas– un interés evidente por lo propio, matizado en ocasiones por una cierta nostalgia de lo ajeno; no en vano ambas visiones se producen como un fenómeno urbano que va en busca de lo exótico, es decir de lo de fuera, de lo poco conocido. Si la influencia de De Jouy o de Addison no se puede traducir al castellano, ya que lo popular paga tributo a un deterninado grado de localismo, al menos se toma de esas lecturas el interés por los cuadros de costumbres.

Ese mismo interés –y el hecho de que el campo de observación sea nada menos que la vida humana y su medio–, contribuye a aumentar hasta el infinito el número de temas a tratar, pero no garantiza que quienes emprenden la tarea de reseñarlos tengan una visión de conjunto de lo descrito. Con frecuencia costumbristas y etnógrafos incurren en la definición minuciosa de las partes pero desconocen el sistema que rige la tradición en su totalidad. Dar a conocer las costumbres y usos con el loable fin de que se conserven no es entenderlos; encarecer las tradiciones no significa conocer su contexto, que es precisamente lo que las da sentido al aportar las claves y símbolos correspondientes.

Durante todo el siglo XIX y hasta bien entrado el XX el individuo –ese que debía ser el objeto principal de todos los estudios mencionados– necesitaba seguir recreando una liturgia y repetirla cíclicamente para que las relaciones de su realidad con otros planos diferentes encontrasen una vía vinculante y una conexión satisfactoria con el mundo superior. También precisaba hacerlo bien (rite, rectamente) para lo cual organizaba determinados actos, oficiados con unas formas de culto que ejercitaba y reiteraba cuidadosamente, sirviéndole esa repetición al mismo tiempo para mensurar su propia existencia y darle un sentido. Todo eso en el ámbito público y en el orden social.



En el terreno individual, la dedicación de cada persona a un oficio no sólo sirvió para identificarle ante los demás –en los siglos medios le daba apellido y más tarde le hacía diferenciarse por su indumentaria– sino que le obligó a familiarizarse con unas herramientas y un vocabulario a cuyo perfeccionamiento se entregó generación tras generación. Actividades comunes como las agropecuarias (labradores, pastores, vendimiadores y bodegueros) se combinaban así con otras más particulares como las derivadas del monte (resineros, piñeros, cisqueros) o las ocupaciones auxiliares (carpinteros, cuberos, carreteros, alfareros, herreros, guarnicioneros) cuya importancia fue debilitándose en la medida que la vida rural se transformó al modernizarse la tecnología. En ese sentido, da la sensación de que las nuevas generaciones que aún se mantienen hoy en el medio rural y viven de sus recursos, orientan sus preferencias hacia lo “natural” y lo “auténtico”, lo que está impulsando a muchos jovenes a aprender y utilizar antiguas técnicas cuya lógica o sentido práctico las convierte en un tesoro actualizado. No poco ha tenido que ver en esa reconversión la propia publicidad de los productos alimenticios o de vestir, que considera signo de distinción ese entronque con el pasado.

Observando los oficios que se presentan en este CD se perciben varios modelos: aquellos que han ido adaptando sus técnicas a la evolución, como es el caso de la agricultura y la ganadería (con nueva maquinaria: tractores, cosechadoras, ordeñadoras automáticas, etc.), y aquellos otros que han adaptado su función pese a seguir prácticamente con la misma tecnología que hace siglos y que son casi todos los artesanos, cuyos productos se han dejado de usar a diario y sirven de adorno al haberse perdido en buena parte su carácter práctico. Éstos, añaden a las dificultades naturales de comunicar a sus descendientes el oficio y sus técnicas, la presión fiscal y la incoherencia administrativa, ya que si desde ámbitos culturales se les considera imprescindibles, desde hacienda se les hace pagar como si fueran empresarios. En aquéllos, es decir agricultores y ganaderos, va imponiéndose poco a poco la sensatez en la explotación de los recursos naturales, dándose además el caso –prácticamente impensable hasta tiempos muy recientes– de que preparan a sus hijos para que administren en el futuro la empresa familiar en vez de alejarlos de ella y del campo como era habitual hasta hace muy pocas fechas.

Aún cabría hablar de un modelo más y sería el de los oficios que ejercían una responsabilidad social y servían para comunicar, como el de pregonero, sacristán, vendedor ambulante, coplero, etc. De todas estas y otras actividades se ocupa este CD en su vertiente más expresiva, es decir en aquella en la que el individuo manifiesta su mentalidad a través del lenguaje compartido, del acervo común.


Joaquín Díaz






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