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Las Danzas

La danza y el rito • Tipos de danza • El teatro • La banderada



La danza y el rito

En declive ya la importancia concedida por la Sociedad a la fiesta del Corpus Christi, se observa en nuestros días un desplazamiento generalizado de las procesiones y danzas hacia las fechas de los santos patronos locales; todavía en algún lugar se conserva el Corpus o su Octava, pero lo normal es que hablemos ya de las Vírgenes de Agosto y Septiembre (bajo sus diferentes advocaciones), de san Juan, de san Antonio de Padua, de san Ildefonso o de san Esteban (en torno al cual –26, 27 de diciembre o 1 de enero– tiene lugar la interesante fiesta del Niño en algunas localidades), etc. Este fenómeno de la acomodación de fechas junto a otros como el de permitir que bailen chicas jóvenes por falta de interés o de número suficiente en los varones han sido, sin embargo, más frecuentes durante los intentos de recuperación de hace veinte o treinta años que en los actuales, donde se va imponiendo un cierto rigor y, aun sabiendo que existen en las danzas elementos evolutivos (atavíos, músicas y letras, número de danzantes, etc.) se da más importancia a los elementos perdurables (ritual, formas y figuras coreográficas, utilización de palos o arcos, etc). Se sigue manteniendo, dentro de ese aspecto ritual al que me acabo de referir, la traslación de imágenes, lo que da motivo a procesiones en cuyo trayecto se interpretan las danzas y, por último, sigue viva, pese a todas las prohibiciones que ahora veremos, la costumbre de bailar dentro del templo.

Cuando Carlos III promulga en 1777 su famosa Real Cédula se modifica en bastantes pueblos la tradición de festejar a la imagen con danza en la iglesia, quedando reducido su ámbito al de las calles correspondientes por donde va a discurrir la comitiva. Incluso desaparecen los recorridos nocturnos –a lo que se ve, bastante frecuentes en la época– «por ser una sentina de pecados en que la gente joven y toda la demás viciada se vale de la concurrencia y de las tinieblas para muchos desórdenes y fines reprobados». La anulación de las procesiones a media luz o a oscuras, desde luego no es causa suficiente para que desaparezcan esas costumbres licenciosas, como puede verse seis años después (1783), por ejemplo, en el Libro de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario en Aguasal (Valladolid), cuando se cambia el día de la fiesta del 15 de agosto al 25 de marzo, porque «se seguían muchos desórdenes comiendo y bebiendo con exceso, ejecutándose muchas libertades en los bailes de dia y de noche en los caminos yendo como de paseo y a deshoras de la noche los mozos y mozas de Olmedo, por cuyo motivo, sobre las malas resultas que se discurren, armaban varias pendencias y quimeras, desestimando el nombre de Dios, ultrajándolo con votos, blasfemias y juramentos, profiriendo malas palabras unos contra otros, levantándose la mano o el palo, hiriéndose muchas veces muy gravemente, perdiendo por estos motivos muchos en sus casas o en casa de sus señores dejando de trabajar en un tiempo en que se está en el mayor aprieto de la recolección de frutos, por heridos, encarcelados o fugitivos». Como se ve, hay costumbres cuyo desarraigo no se consigue con una simple ley; de hecho, la Orden del rey Carlos, promulgada a petición del Obispo de Plasencia, incluía la prohibición de bailes en las iglesias, atrios, cementerios, así como delante de las imágenes de los santos para guardarlas la veneración debida. Se quejaba el Obispo de que, como ya existía una prohibición anterior al respecto sobre el hecho de bailar en el templo, la gente sacaba las tallas a la plaza o a las calles «con las insignias de Cruz, pendón y capa pluvial, haciendo allí sus bailes», que terminaban «en alguna ofrenda o limosna» con que se entendía no sólo perdonada la irreverencia, «sino convertida en un acto piadoso y de devoción». La costumbre, como hemos visto, ha pervivido pese a ésta y otras prohibiciones anteriores y posteriores.

En casi todos los casos se trata de danzas en las que está descartado lo arbitrario y en las que los pasos y movimientos se ajustan a una norma pre-establecida que, por lo general es conservada, de generación en generación gracias al «director» o a alguno de los danzantes que sirven de maestros.




En los paloteos, cada mudanza da paso a un nuevo «lazo» y cada uno de éstos, a su vez, ofrece a los danzantes (alineados en dos hileras frente a frente) la posibilidad de realizar evoluciones diversas: avance, entrecruce, serpenteo, carrenuelas (división de los ocho danzantes en dos grupos de cuatro que cambian de lugar). Se llama «guías» a los bailarines de los extremos de esas hileras y «panzas» a los del medio, denominándose sus choques «de frente», «de revés», «moje de palos» o «cruz», según un danzante choque sus palos con el de enfrente, golpee con un solo palitroque al de su compañero a la altura de la rodilla, entrechoque a la altura del pecho sus propios palos, o paloteen guías con panzas y viceversa, respectivamente.

El birria es un personaje al que se le han atribuido diferentes simbolismos que van desde el demoníaco hasta el bufonesco pasando por el taumatúrgico o por el escuetamente hierático. Va por libre y suele ejecutar saltos y cabriolas para asustar a la concurrencia, tras de la cual emprende, de vez en cuando, veloz carrera para atizar, aquí y allá, golpes con una vejiga, un ovillo de lana, unas tiras de cuero, una especie de tridente o unas tenazas sujetas al extremo de un palo.

La danza era un ritual barato. Si los recursos eran escasos bastaba alquilar cascabeles que los danzantes llevarían en las piernas; dicho gasto podía suponer, por ejemplo, en el siglo XVI unos cinco reales, cantidad que se dobla al siglo siguiente y que viene a suponer casi el mismo presupuesto que el del «instrumentero». Así, en Alcazarén (Valladolid), se lee en el libro de la Cofradía de las Candelas: «Veintidos reales que se pagaron; a Antonio Morán doce por tocar la danza y a Gerónimo Díez, vecino de Valladolid, diez, del arriendo de cascabeles». A comienzos del XVIII en Cabezón (Valladolid) los danzantes de la Cofradía de Nuestra Señora del Manzano recibían seis reales al día por la traslación de la imagen desde la ermita en procesión; todo el gasto se cifraba entre los doscientos veinte y los doscientos ochenta reales, según los años, incluyendo tal cantidad las zapatillas de los bailarines, el tamboritero (que recibía unos treinta reales), el botarga y el refresco con que se obsequiaba a todos tras el acto. Por lo que he observado, y salvo situaciones excepcionales, si el músico recibía un veinte por ciento, otro treinta se destinaba al alquiler de las libreas y un cincuenta aproximadamente para el gasto de calzado. En un pequeño pueblo como Adalia (Valladolid) pongamos por caso, la Cofradía de Nuestra Señora de las Viñas gastó en 1702 treinta reales de libreas, setenta y dos de zapatos para los danzantes y treinta para el tamboritero; eso sí, la comida ascendió a ¡1204 reales!, lo que provocó la inmediata reacción del obispo en su visita pastoral, aconsejando que los gastos del banquete se redujeran, como mínimo, a la tercera parte.



Andrés Pérez García describe así en El libro de Cuenca de Campos la danza de dicho pueblo: «Es aquella una comparsa de ocho hombres y un niño vestido de ángel dirigidos por otro llamado botarga, birria como aquí se dice, los cuales bailan al son del tamboril y la dulzaina acompañándose con las castañuelas. Consiste el blanco traje de los danzantes en pantalón ancho, faldas cortas parecidas a las que usan las bailarinas de teatro, una porción de escapularios, medallas y cintas multicolores que convierten su cuerpo en un arco iris y un pañuelo de seda graciosamente rodeado a la cabeza». No siempre, sin embargo, son castañuelas lo que llevan en la mano; algunas danzas requieren los palos o palitroques con los que los danzantes realizan choques y adornan sus evoluciones. Otras veces es una cinta con que se «viste la vara» o se «teje el cordón», o, lo que es lo mismo, se cubre (con cintas que penden de la parte superior de un palo como de dos metros de altura) la mitad de arriba de dicho palo, volviendo a desvestirlo tras vueltas y entrecruzamientos de los danzantes. también a veces son arcos y en algunos lugares espadas y rodelas de madera los portados por los bailarines. C.F. Menestrier en sus Ballets anciens et modernes habla de los bailes procesionales o ambulatorios que tenían lugar con motivo del primero de mayo ante los pinos o «árboles de enamorados» que se clavaban en la tierra tejiéndose cintas a su alrededor.

Las representaciones teatrales eran muy frecuentes, los mismos gigantones, que primero fueron monstruos o seres terribles para pasar después a representar a moros, turcos y gigantes de países exóticos que se rendían ante el Santísimo, se convirtieron finalmente en reyes y reinas que daban ejemplo de sumisión al Monarca de monarcas. Junto a ellos, los enanos o cabezudos, prohibidos como sus enormes acompañantes por Carlos III en 1780, encarnaban la fealdad y monstruosidad, rendida, asimismo, ante el rey de la creación. Al igual que estos reyes y hombres exóticos, las etnias marginadas también tenían su lugar en la procesión. El zapateado o «danza de gitanos» que, según cuentan las Crónicas de antaño, se contrató para el Corpus de Medina de Rioseco en cierta ocasión fue tan admirable que a los cincuenta ducados convenidos se les añadieron otros cincuenta de propina; este zapateo, al decir de Emilio Cotarelo y Mori consistía en «llevar el compás con los pies en el suelo, golpeándolo fuertemente, y en dar con las palmas de las manos, sin perder compás, en las suelas de los zapatos». A una danza parecida se refiere Rosa María Olmos cuando transcribe unos datos del Archivo Histórico Provincial de Segovía: «Una danza de ocho gitanas y tres gitanos que bayan baylando con su tambor que juntados han de ser once personas».

Resumiendo, las danzas rituales, por su antigüedad y riqueza simbólica, representan un atractivo y amplio campo de estudio en el que tanto el investigador como el aficionado pueden tener suficientes motivos para profundizar. Aún quedan por desvelar muchos aspectos casi inéditos de este tipo de coreografías que, desafiando al tiempo, siguen viviendo y renovándose cada año.

Joaquín Díaz



Las Danzas • Ser y Estar en Castilla y León



En origen, al movimiento acompasado a una melodía o un ritmo y con unos pasos marcados, ligado a un culto o a un rito social o estacional determinado se le denominó danza. En épocas medievales, la danza se distinguía del baile en que este último era más libre y espontáneo en tanto en cuanto la primera era “de cuenta” o sea, los danzantes, en medios cortesanos iban contando los pasos y memorizando la danza, que había de repetirse siempre de la misma manera. Para épocas anteriores la danza podía entenderse como aquella que se realizaba como alabanza y plegaria hacia los seres superiores, en acción de gracias o como obligación contraída. Tal dimensión ha dejado de ser efectiva, salvo muy raras excepciones, después de la Edad Media, pues la danza en estos casos se realiza por tradición, por gusto, por orgullo o como señal de veneración, pero no por su significado primitivo ritual.

El sentido ritual religioso que ha pervivido hasta la actualidad, ligado a procesiones y ceremonias o ritos de paso ha cambiado definitivamente en los últimos años, al incorporarse numerosos elementos modernos en su desarrollo mucho menos estrictos que han acabado por modificar las estructuras musicales, instrumentales y coreográficas. Cuando se danza en una procesión al santo local o a la Virgen, se baila en un afán personal de alabanza, mostrando la alegría, el respeto, la devoción y el cariño. Es lo que queda de un primitivo culto de adoración hacia la figura de un ser superior, creador de lo que nos rodea y al que hay que rendir pleitesía.

Contrario a este sentido encontramos el baile popular o tradicional como manifestación artística en movimiento, desenvuelto y propio de celebraciones sociales o familiares que no necesita de una estructura rígida o ritual religiosa para celebrarse y no está ligado a un culto particular pues muy aisladamente queda unido a una fiesta religiosa o pagana, adquiriendo en esas ocasiones un sentido ritual de danza. El baile que siempre denominaremos danza por este carácter ritual, también podría entenderse dentro de algunas manifestaciones paganas en los cambios de ciclos que marcan señaladamente la vida del hombre, dentro de un rito de paso, bodas, funerales (recordemos el baile de la rosca de las bodas leonesas, segovianas o charras), entrada en quintas, expresiones a menudo cercanas a antiguos simbolismos paganos que ya no se entienden como tal, sino como una costumbre antigua, los bailes en torno a la hoguera de San Juan, del árbol mayo, etc.

Las danzas se realizan en los momentos importantes de la vida comunitaria del lugar y se ofrecen, como orgullo de lo patrio, en diferentes actos o a las personas valoradas con una relevante importancia por diferentes circunstancias (el médico, el alcalde, el mayordomo de la cofradías, etc), a las personas protagonistas de diferentes ciclos sociales de cambio de estado (los quintos, los novios, etc.) y a las advocaciones religiosas.


La espectacularidad en tiempos de estas danzas, que llegó a ser extrema en el Renacimiento y Barroco, hizo que llamara la atención a los numerosos viajeros ingleses o franceses que durante los siglos xviii y xix, recorrieron España. Muchos de ellos relataron en interesantes comentarios la singularidad de las danzas y el apego de los locales en su defensa, frente a la de los otros pueblos vecinos aunque para estudiar los cambios y evoluciones de estas danzas, contamos con los libros de cuentas de las cofradías, de fábrica, o registros de los ayuntamientos, pues la mayor parte de lo que denominamos danzas, están desarrolladas en un marco religioso, dedicadas bien al Santísimo Sacramento, bien a algún santo o advocación mariana que suscitara la devoción popular. Las cofradías –en ocasiones el ayuntamiento– se encargaban, por lo general, de organizar todos los preparativos para tal fiesta, además de la procesión en la que actuarían los danzantes, las comidas y contrataciones de los músicos, el arreglo de los instrumentos, el alquiler de los trajes, de los cascabeles que enriquecerían los sones de la danza. Todo ello se anotaba cuidadosamente en los libros de cuentas convirtiéndose estas fuentes escritas en informes de primera mano a las que podemos recurrir para obtener datos históricos sobre las mismas.



La citas que encontramos en estos libros pueden ser del siguiente tipo:
“Y para que en esta festividad haya regocijo y alegría además de lo dicho ordenamos a nuestro alcalde y mayordomo un mes antes de esta festividad concierte una danza entre algunos cofrades de esta cofradía y no otros pagando los costes de los vestidos de los danzadores en la conformidad que en el nuestro cabildo ordenemos...”
(Libro de cuentas de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Castrodeza (Valladolid), año 1709)

“Ordenamos y mandamos que para ayuda de pagar el sermón se ha de predicar el día de la función ...y es disposición y voluntad del mayordomo que fuese en cada su año el tener danza el día de esta festividad y le ha de dar la cofradía para ayuda 100 reales”
(Libro de cuentas de la Cofradía del Santísimo Sacramento de
Ceinos de Campos(Valladolid), de 1733)

Por esto tal vez donde mejor podamos ver y entender la danza vinculada por su espacio al rito es en el marco religioso, procesional, en el mundo eclesiástico y católico, en nuestro caso. Aquí entendemos claramente el baile como danza al estar sujeto y condicionado por el peso del ritual establecido y fijado de manera más o menos estricta desde hace muchos años, con normas y estatutos escritos en ocasiones o trasmitidos de padres a hijos de manera oral, donde la melodía, los pasos de baile o el vestuario queda determinado y reglado ante cualquier cambio y las innovaciones, que se dan desde luego, siempre son asumidas con más lentitud y de manera menos espontánea. Al estar enclavado este baile dentro de un rito o ceremonia religiosa, dentro de un conjunto de normas de culto que han de celebrarse con solemnidad no está permitida la espontaneidad y se evita todo aquello entendido como indecoroso, teniendo en cuenta que en cada época no se ha entendido de la misma manera el hecho, de ahí las continuas prohibiciones para realizar algunas danzas o la utilización de trajes determinados en el festejo.

El espacio sagrado ha de estar delimitado y marcado, pues tampoco es garantía de que el baile fuese ritual y sagrado. A ese respecto leemos en el libro de Visitas de la iglesia parroquial de Simancas (Valladolid) de 1578:

“Que no baylen en el ciminterio de la iglesia de nuestra Señora:
Otrosí por quanto fue ynformado el dicho señor Visitador que en el ciminterio de la Yglesia de Nuestra Señora estramuros desta villa y debaxo el soportal della muchas personas, mozos e mozas y otras personas, contra lo estatuydo y mandado por los santos conçilios y constituciones de este obispado, baylan dentro de dicho soportal de la dicha iglesia; mando el señor Visitador pena de excomunión, que no se bayle en dicho soportal, y mando a los curas de la dicha iglesia desta Villa que cualquiera persona que baylase les eviten de las oras y ofiçios divinos, y desde agora les ovo por condenados en una libra de aceyte a cada uno, para la lámpara del santísimo sacramento y encomendamos y mandamos al dicho cura ...”
El rito cambia según el espacio y con él la danza. No se siente de igual manera, ni se representa con la misma fuerza dentro de la iglesia, que en el transcurso de la procesión, que la misma danza tras la fiesta en una calle del pueblo, en un bar o de noche como ronda dedicada a las mozas. Este rito religioso se ha ido transformando a gran velocidad en los últimos años no sólo por el cambio de espacio –hacia el escenario– sino por varios motivos siendo determinantes algunos factores:

1.- La desaparición y sustitución del músico tamborilero por el dulzainero o de éste por la pequeña orquesta moderna nada especializada, perdiendo el músico el papel destacado que tenía como conocedor de la tradición y persona de carácter. El apego a esta tradición musical fue tan grande que por ejemplo los últimos músicos de tamboril o dulzaina en algunas zonas, y el último repertorio tradicional que iba asociado a ellos fue el de las danzas, constatándose en muchos caso un cambio drástico en su ejecución al morir estos músicos.

2.- La introducción de elementos foráneos a la danza, instrumentos nuevos (charangas, bandas, etc) con melodías nuevas, más sencillas rítmicamente y modernas (jotas y no danzas) y la llegada de la mujer en esta danza con lo que el carácter ritual que hasta ahora se mantenía desaparece. Los cambios de los últimos años en estas danzas han venido propiciados por la crisis del medio agrícola y la pérdida de valores. La desaparición del rito o su transformación radical ocurre cuando es una mujer la que se ocupa de la danza y de representar papeles tradicionalmente masculinos, cuando muchas veces estos personajes portaban esquematizados los atributos sexuales varoniles. La sustitución es extrema en el caso de la procesión en la festividad de Santa Águeda, en la que antiguamente, bailaban los hombres, siendo actualmente “las cofradas” las encargadas de mantener la danza.


Un espacio por excelencia en el que se desarrollaba el rito era la calle por la que trascurría la procesión o los alrededores de la ermita, que se adornaba y enramaba, se ponían alfombras de flores y serrín de colores, colgaban banderas, se hacían altares, etc. contribuyendo con ello a remarcar el sentido ritual. La procesión suele ir precedida de los danzantes y los músicos, que ejercitan sus movimientos delante siempre del santo, mozos, miembros de la cofradía que organiza la fiesta, devotos o contratados al efecto que se presentan ataviados y engalanados de muy diversas maneras. Dos son los hábitos que fundamentalmente se han conservado en la región como indumento de las danzas, el enaguado y el de casaca y calzón. El primero consiste en un traje completamente blanco compuesto de camisa y pantalones blancos, en el que se colocan a la cintura un par de enagüillas almidonadas con profusión de encajes y bordados, remedo de los zaragüelles que usaron los huertanos y labradores de media España. El origen en estos usos está en que muchas de estas danzas dependían de un gremio o cofradía que las organizaba dentro de la festividad del Corpus Christi siendo la forma más clara y populosa de ver reconocido de esta manera su trabajo, pues en estas danzas se representaban sus oficios, con sus aparejos, sus indumentarias, etc. El indumento pues se engalanaba hasta el extremo, con lazos, cintas, flores, telas de colores, sombreros, turbantes, bandas, que han ido quedando de una manera u otra en los tipos locales con el transcurso del tiempo. Otra de las indumentarias, que apenas se conserva en algunas danzas de Burgos, Segovia o Palencia, antaño muy extendida, consta de casaca y calzón en seda estampada multicolor, al modo de los matachines que Arbeau, describe en su Orquesografía de 1588. Siguiendo costumbres antiguas, la ropa del danzante es propiedad de la cofradía que durante todo el año se ocupa de adecentarla y arreglarla siendo uno de sus más preciados tesoros. No todas las cofradías tenían posibilidad económica para ello por lo que se veían obligadas a alquilar “las libreas” todos los años, empleando parte de sus fondos en tal menester, en pagar el refresco, dar la colación de después de la procesión y en comprar el par de zapatillas con las que, por costumbre, se obsequiaba a los danzantes por sus servicios.

Distinguimos a grandes rasgos dos tipos diferentes de danzas. Unas serian “de castañuelas” pues “mangados” con ellas los danzantes intervienen en la procesión, en número indeterminado de hombres, orlados en ocasiones de cintas o pañuelos, ejecutando sencillas coreografías a modo de pasacalles realizados siempre de cara al santo, en dos filas, y a lo largo de todo el trayecto de la procesión siguiendo las melodías de los músicos. También es frecuente que acompañen encabezando la comitiva otros danzantes más profesionales y veteranos contratados por las cofradías o el ayuntamiento, detrás de los cuales tocando los pitos y siguiendo compases muy diferentes en 2/4, 7/8, 3/4, 5/8 u 8/8, bailen los danzantes locales y los mozos o aficionados. Actualmente las mujeres, los niños y los forasteros, todos los que quieren mostrar su fervor al patrón forman parte de esta procesión. Estos danzantes locales acudían en ocasiones cuando no se podían contratar unos danzantes profesionales o la cofradía no contaba con ellos. Esta costumbre actualmente es la más extendida, toda vez que han ido desapareciendo las cuadrillas de danzantes profesionales de palos, que siempre requieren más ensayo y preparación. A este respecto leemos algunos datos procedentes de Tiedra (Valladolid) de la Cofradía del Corpus Christi de 1733:

“Ordenamos que para el exterior culto y solemnidad de nuestra fiesta mayor haya de haber tamboril u otro instrumento que mueva al exterior regocijo y si no se pudiese tener danzas por el corto caudal de la cofradía y su mayordomo sean convidados algunos mozos para que vayan bailando en la procesión a los cuales después de ella se les de algún refresco”.

El repertorio fundamental de este primer grupo de danzantes estaba formado por la llamada “entradilla”, el pasacalles, las mudanzas, la danza y la contradanza y más modernamente por las jotas. El segundo tipo de danzas, más profesional, que denominamos propiamente “de danzantes” está formado por la danza que requiere un número determinado de jóvenes ataviados de una manera concreta y organizados entre sí a la hora de hacer las danzas, que eran muy variadas pudiendo ser a su vez de dos tipos. Uno de ellos requería la utilización de elementos determinados para la realización de la coreografía: palos, castañuelas, cintas, arcos, pañuelos y fajas, broqueles, espadas, banderas, almireces, panderetas, un arado, velas, sonajas, etc. Una segunda modalidad se organiza en torno a los diseños y figuras que pueden realizar: arcos, puentes, castillos, espadañas, torres, serpiente, calles, cadenas, cruces o espirales.



Carlos Porro






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