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La Naturaleza

El cielo • Los meteoros • La tierra • Los árboles • Los elementos • El mundo



El cielo y la tierra

El entorno en el que el ser humano desarrolla su vida tiene, para todos aquellos que muestren una mínima capacidad de observación, dos ámbitos distintos en los que el individuo se desenvuelve con diversa fortuna y con los que mantiene una relación directa y vital. En primer lugar está el cielo, ese espacio inmenso situado sobre nuestras cabezas que contiene los astros (sol, luna, estrellas, planetas) y en el que se generan los meteoros (el viento, la lluvia, el frío, la nieve, el calor); además el cielo es el ámbito en el que se sitúa a Dios y su morada más natural, a donde van a parar las almas de los bienaventurados –una por cada estrella– en recompensa por su buen comportamiento y cuya inabarcable extensión está surcada por un camino llamado via láctea que tiene en la tierra un reflejo denominado camino de Santiago.



En segundo lugar tenemos esa tierra, el suelo, en cuya superficie sólida el campesino siembra para obtener una cosecha que le permita alimentarse y sobrevivir pero que además está surcada por multitud de venas de agua de las que beben y viven los animales, las plantas y las personas. Bajo esa tierra situaban los antiguos un mundo oscuro, atravesado por túneles y habitado por seres habitualmente maléficos, y allí vinieron los cristianos a colocar el infierno. No es momento ni lugar para analizar qué queda hoy de todas estas creencias pero sí convendría advertir que el inconsciente es un reservorio muy adecuado para mantener todos aquellos conocimientos que la razón no puede explicar, bien porque su origen legendario los haya convertido en patrimonio arqueológico sobre el que ya no es dado reflexionar, bien porque en verdad se nos escapan a la observación o a la explicación natural y el tiempo los ha transformado en una parte del código genético. No tiene otro sentido el hecho de que cualquier persona, sea o no creyente, mire todavía al cielo cuando habla de un Ser superior y también cuando le ignora.



La comunidad científica se divide y, mientras una parte acepta las teorías de Darwin o atribuye el origen de las especies al desarrollo y la evolución a partir de la materia, otra parte vuelve a buscar para el ser humano un nacimiento legendario. En cualquier caso, los conocimientos tradicionales están anclados en el puerto de la seguridad y rara vez se adentran en el proceloso mar de la incertidumbre. Lo atávico tiene más prestigio que lo razonable, de ahí que al individuo del siglo XXI, tan informado y tan informático, le resulte difícil desprenderse de esa forma de sabiduría que es mitad experiencia y mitad superstición. ¿Cómo se explica que la luna siga teniendo ese sentido misterioso, oculto y dañino frente a la claridad del sol, si no es por la pervivencia de unas creencias ancestrales en la leyenda de la Creación dual (Dios y el demonio) del mundo? El influjo perverso de la luna y el benéfico del sol marcan desde el nacimiento los caracteres de algunas personas tanto como el signo astral y sus áreas de influencia. La suposición de que la luna representa lo femenino y el sol lo masculino ahonda en una vieja pero reiterada enemistad entre sexos que llega hasta nuestros días y que imagina a ambos astros con figura o rostro humanos, tema muy estudiado por la iconografía.


Los meteoros

Otra muestra palpable de las reminiscencias de una Creación dual en que el bien y el mal se enfrentan es la leyenda del arco iris –símbolo del pacto entre Dios y los hombres– y los vanos intentos del diablo por hacer un arco más grande que abarque todo el cielo. Todavía hay quien supone que en el comienzo de ese arco hay una cabeza de serpiente o que el puente multicolor aparece cuando el diablo va al mar o al río a beber. Esas diversas formas que adopta el arco están reflejadas no sólo en leyendas sino en cancioncillas infantiles como aquella que dice:

Cuando llueve y hace sol
Sale el arco del Señor.
Cuando llueve y hace frío
Sale el arco de los judíos.
Cuando llueve y hace aire
Sale el arco de los frailes.


En realidad, cualquier meteoro, sea viento, tempestad, lluvia, granizo, nieve –hasta los turbiones o remolinos causados por el viento que se pensaba que eran almas de muertos o «brujas»– tenía una explicación popular. ¿Quién no ha escuchado que las gotas de lluvia son lágrimas de los ángeles? ¿Quién no ha visto algún dibujo de los vientos –esos que se llevaron a María Sarmiento– con cara de persona y soplando a dos carrillos? ¿Quién no se ha santiguado o se ha encomendado a Santa Bárbara cuando ha escuchado una exhalación y su correspondiente trueno? Desde el Renacimiento, algunos libros como los Almanaques crearon una mentalidad con ribetes de fantasía y tintes científicos, que unía la meteorología a los presagios y combinaba los horóscopos con los astros. En el conocimiento popular estaba establecido que la inquietud de las hormigas o la aparición de las arañas indicaba que la lluvia estaba próxima, circunstancia que podía corroborarse también si el sol se ponía con cerco rojo. Esos mismos Almanaques difundieron hasta la saciedad los caracteres físicos y morales que se supone correspondían a cada individuo según los signos del zodíaco, de modo que una persona nacida bajo la influencia de Tauro o de Sagitario ya tenía determinado desde la cuna cuál había de ser su futuro comportamiento así como sus dolencias y carencias físicas. El influjo de esos libros y de las creencias que difundían contribuyó grandemente a crear un repertorio de dichos, oraciones, conjuros, que quedaron en la educación popular como tradicionales y que todavía se usan naturalmente sin reflexionar sobre su origen o su veracidad.



La tierra





En lo que respecta a la tierra, e independientemente de la relación directa entre el individuo y el terreno, escritores, pensadores, poetas o moralistas cantaron a lo largo de siglos las excelencias de una ideal dependencia entre el individuo y el medio rural, dependencia que existió en tiempos pretéritos y que nunca debió perderse. Ya Columela achacaba los males físicos y espirituales de sus conciudadanos al hecho de presumir neciamente de algo en sí mismo viciado, «no ver el sol ni al salir ni al ponerse», y recomendaba vivamente adquirir una finca «en un lugar próximo a la ciudad» como remedio a aquel vacío existencial y aun como solución para una buena economía. A mediados del siglo XII, un sevillano agrónomo y escritor –Ibn al-Awwam– resumía en un libro de agricultura toda una filosofía oriental asegurando que quien dedicara su quehacer a este arte en el medio rústico habría de conseguir por él «con el favor de Dios, cuanto es necesario para la vida». Siglos más tarde, el también defensor del campo y sus particularidades, Alonso de Herrera, va a dedicar un completo tratado (por cierto todavía vigente en muchos de sus aspectos desde que fue editado en 1513) a la vida rural y sus trabajos, afirmando rotundamente que la existencia campesina está exenta de pecados y «quita pesares». Abundantes manuales de agricultura y guías del labrador jalonan los siglos XVIII y XIX con avances mecánicos que posibilitan la industrialización y mecanización progresiva de las actividades agrícolas y ganaderas. Al mismo tiempo, surgen en las ciudades y fomentadas por las clases medias, nuevas asociaciones de excursionistas y de amigos del país que llevarán a una parte de la sociedad urbana al medio del que fueron saliendo sus antepasados atraídos por misteriosos oropeles urbanos. Allí volverían a descubrir que antiguas formas del culto a la diosa griega Demeter y algunas otras de la liturgia debida a la diosa romana Ceres, ambas protectoras de cualquier tipo de agricultura realizada sobre la tierra cultivada por el hombre, se mantenían todavía milagrosamente –arraigadas y cristianizadas– en fiestas tradicionales de Vírgenes y Santos. Con la misma admiración descubren, quienes salen de la ciudad espantados de sus desventajas, que el mundo no se reduce a enormes edificios ni al tráfico constante. Desgraciadamente, actúan en ese territorio que se les antoja virgen con idéntica actitud que los antropólogos del XIX al encontrar «culturas» diferentes de la suya... Es probable que se requiera una educación previa, una deseable tradición de respeto hacia el campo y la naturaleza, que nos aclare nuestros deberes antes de pensar en el partido que podemos sacar de su disfrute. Bosques, humedales, montes y corrientes de agua se ven hoy día invadidos, azotados, torturados y manchados por gentes que desconocen e ignoran voluntariamente el resultado de sus acciones. Y no podemos olvidar que, previamente a todo esto o tal vez como preparación a la situación actual, había desaparecido el respeto a la naturaleza entre muchos de los habitantes del medio rural, que eran quienes más obligación tenían de mantenerlo, por convivir con ese entorno y depender en buena parte de su relación con él. Como decía antes, es fundamentalmente la actitud del ser humano la que ha cambiado, sustituyendo convivencia por dominio, pasando de actitudes prudentes o humildes a prepotentes, prefiriendo dependencia a autonomía, despreciando todo aquello que no esté integrado en un mundo de progreso y tecnología.





Pese a la transformación evidente sufrida en la apreciación de las últimas generaciones hacia una naturaleza en peligro, muchos de los individuos de esas generaciones todavía han llegado a tiempo de recibir, y acaso mantener, como un pequeño tesoro entre sus recuerdos infantiles, algunos elementos dispersos pero aún perceptibles de esa manifestación de respeto y veneración hacia el medio natural. Y no hablo de romances antiguos como el de «La infantina» (todavía recordado en zonas de León y Zamora) que era una demostración clara de principios dendrolátricos, sino de costumbres más populares y difundidas como el mayo –que se cristianizó en la cruz de mayo de San Felipe y Santiago– o las marzas –que se han venido a renovar y recuperar en algunos lugares en los últimos años–, cuyo simbolismo principal radicaba en la convivencia entre el ser humano y el entorno. Los quintos de cada año, elegidos por la propia sociedad en una edad ritual para llevar a cabo determinadas funciones, se encargaban de buscar un árbol, cortarlo, llevarlo hasta el pueblo, ponerlo de pie, prolongarlo y adornarlo y finalmente quemarlo para extender sus cenizas por las tierras; esta relación duradera y casi familiar con pinos, chopos, álamos, negrillos o cualquier otro tipo de árboles, no sólo tenía un simbolismo especial sino que marcaba la vida de un individuo como luego vendrían a jalonarla las cosechas anuales. Los viejos libros de agricultura recomendaban sembrar en creciente y recoger en menguante, y del mismo modo las antiguas tradiciones se consideraban útiles y beneficiosas porque relacionaban a los individuos con sus orígenes y les comunicaban directamente con sus antepasados, seleccionando al recoger los conocimientos del pasado y plantando los elementos de la necesaria renovación. Ese dilatado marco extendía la sombra de la experiencia sobre muchas generaciones, confiriéndoles una beneficiosa protección y una seguridad colectiva. Así se entendían otras costumbres como las de los ramos, también practicadas por los quintos, que repetían las ofrendas de fertilidad año tras año en los balcones de las mozas casaderas para crear ese entramado humano llamado pueblo que se establecía sobre la consuetudo y crecía en el solar familiar. Niñas y niños, mozos y mozas, hombres y mujeres maduros, y viejas y viejos cumplían su papel sin dilaciones y con escasas dudas. Otras fechas cruciales para el ciclo estacional, como los solsticios, venían a recordar en forma de hogueras y flores de agua el pacto del ser humano con la naturaleza. Ese pacto llegaba hasta el extremo de utilizar la poesía, la forma de expresión más refinada y elegante con que el hombre contaba, para manifestar en hermosas metáforas su admiración por la mujer y la tierra, imprescindibles en la continuidad de la especie. Así, en canciones como «El retrato», que solía interpretarse en el mes de mayo, se iba comparando el cuerpo de la amada con flores, frutos y elementos de la naturaleza (el lirio la nariz, la boca el clavel, los pechos fuentes, el botón de oro, la arboleda, etc.).





Determinados oficios, particularmente aquellos que hacían autónoma en recursos a una comunidad, estaban relacionados también con las materias y productos que proporcionaba el entorno, especialmente la madera de los árboles. Con la madera se construían cabañas y casas, así como vallas para proteger la propiedad y el ganado. Con ella hacía el hombre muebles que le servían para sentarse, para dormir, para comer. Con ella también fabricaba carros y aperos para trabajar en el campo. En la casa, utilizaba madera para arcones, ruecas, tornos, devanaderas y telares en los que tejía y guardaba sus vestidos. De ella hacía hasta los platos, cuencos y cubiertos con que se llevaba el alimento a la boca. Ya en el trascurso de las primeras civilizaciones los individuos descubrieron que, además de ser un recurso muy rico, la madera ofrecía el mayor valor en el hecho de ser un material vivo y en constante evolución, así como en la circunstancia de ser renovable. De la raíz a la copa, pasando por el tronco, ramas y follaje, todo en el árbol era útil, tanto en la naturaleza (fijación de terrenos, fotosíntesis, etc) como separado de ella.





Los árboles

Tal vez ese gusto por lo inmediato que preside muchas de nuestras acciones en los tiempos presentes nos impida comprender en toda su extensión uno de los principales significados del culto al árbol. Tan cierto como que nuestros antepasados veneraban algunas especies lo es también que tales especies solían ser longevas y resistentes al paso de los años. Es evidente que, en su afán por encontrar elementos que le sirviesen de referencia y diesen sentido a su presencia en la tierra, el ser humano valoró más todo aquello que le superaba en edad y vivía antes y después que él. En ese sentido, buscó prácticas cultuales que mitigasen la relatividad de su existencia y que le permitiesen venerar aquello que le sobrevivía como algo sobrenatural o, al menos, difícil de comprender. El hecho de ir dominando poco a poco la naturaleza hizo caer después al individuo en la tentación de pensar que estaba en su mano el destino y la vida de aquellas especies.

Fue el psiquiatra alemán Hiltbrunner quien inventó el Baum Test, experimento consistente en invitar a sus pacientes a dibujar la imagen de un árbol, sospechando que, de la esquematización de ese esbozo, podrían extraerse conclusiones para el estudio de la personalidad: siendo la copa, las ramas y las raíces representaciones de la cabeza, los brazos y los pies, bien podría vislumbrarse en el diseño resultante un «autorretrato» al natural de la persona estudiada y de su carácter. Nuestra época es, tal vez, de entre todas las que recuerda la memoria colectiva, la que ha visto con más indiferencia, y a veces con tolerante complicidad, el exterminio indiscriminado de árboles y bosques; no estaría de más una reflexión sobre esa violencia gratuita que parece una refracción del odio que la humanidad siente hacia sí misma y que se traduce en devastaciones innecesarias. Es como si el género humano estuviese así vengando la suerte de su primer padre, que se perdió por no elegir el árbol correcto; si el Génesis dice que el árbol de la vida estaba en el paraíso ¿por qué Adán y Eva se inclinan por el del conocimiento y toman de su fruto? ¿No habría sido mejor para ellos mismos y sus descendientes probar los frutos del árbol de la inmortalidad? ¿Qué destino fatal engaña, en forma de seductora serpiente, al individuo ya desde su nacimiento? En Cochinchina, siguiendo antiguas leyendas, creían que los hombres primitivos eran inmortales porque cuando fallecían eran inhumados al pie de un árbol que les hacía resucitar; al no morir nadie, la tierra se pobló de tal manera que los lagartos no podían salir de sus madrigueras sin que alguien les pisase la cola, en vista de lo cual decidieron engañar al hombre e invitarle a que enterrara sus muertos al pie del Long Khung o árbol de la muerte... La mitología Babilónica también describía un árbol al que sólo los dioses tenían acceso... ¿Para qué seguir? Hay, en Oriente y Occidente, un argumento pertinaz: el árbol, símbolo de la vida en la tierra, está protegido –al igual que las aguas, que son otra fuente de la existencia– por un ser terrible o malévolo que pretende defender su integridad. Ese ser aparece idealizado en muchas representaciones antiguas y como tal lo idealiza interiormente a través de la historia el propio ser humano para quien –aunque sólo sea en sueños– el árbol llega a significar su misma existencia (recuérdese la visión de Nabucodonosor). No es extraño, pues, que las religiones antiguas hicieran del bosque un lugar lleno de misterios y propicio para el culto; y menos extraño aún que enigmas, miedos y ensueños se encerrasen en él con arcana insistencia. Quien se adentraba en el bosque se exponía a descubrir los secretos de la vida con todas sus consecuencias.

El miedo es un temor irreflexivo e inconsciente hacia lo desconocido; normalmente se produce ante algo cuya naturaleza o consecuencias se ignoran. Evidentemente el miedo es personal y cada uno tiene un concepto diferente de lo que le asusta o del porqué le produce esa sensación tantas veces irreprimible. Un personaje de Saturnino Calleja, el creador y difusor de tantos relatos, le espeta a su compañero en la cueva de Salomón: «Qué te crees, ¿que el miedo se le quita a uno cuando quiere?», indicándole claramente que ante el temor a lo que les pueda sobrevenir, la voluntad poco puede; y es que además, lo visto o escuchado no es nada comparado con lo que la imaginación sugiere, sobre todo si un ámbito tétrico lo propicia. No hay duda de que la luz eléctrica vino a acabar con algunos (no todos) de esos espantos seculares: Al iluminar oscuros rincones de casas y calles, clarificó también los espacios más recónditos de la mente humana en cuyas sombras se habían albergado durante tanto tiempo antiguos miedos.

Llama la atención, al repasar la nómina de seres fantásticos o mitológicos cuya sola mención hacía temblar a niños (y menos niños) de épocas pasadas, que la oscuridad y la naturaleza estén presentes, de alguna forma, en casi todos ellos: el dragón, guardián de los espacios inferiores y de las cuevas lóbregas; el demonio, señor de las tinieblas que convertido en macho cabrío reunía a las brujas sometidas en medio del bosque; el fantasma, que tan pronto se manifestaba en forma de remolino en medio de las tierras como esperaba las horas nocturnas para hacerse notar; el coco, tan relacionado con lo negro y tenebroso; el hombre del saco, impenitente peregrino de lejanos caminos que llegaba para meter en lo profundo de su talego a los niños malos; el lobo, que ocupaba las oscuras emboscadas y acechaba al viajero en las noches de invierno... En cualquier caso, es evidente que el temor, no sólo creó a los dioses –como acertadamente llegó a decir Petronio–, sino que dio hálito a distintos modelos de personajes populares, unos enraizados en la mitología y otros en creencias localistas, pero todos propiciados por la oscuridad y los bosques numinosos, sinónimos de lo misterioso, cuando no del mal, la desdicha o la muerte.





Los elementos

Los reportorios y almanaques antiguos –de los que ya hemos hablado y que eran las publicaciones más leídas, respetadas y admiradas por la población rural– seguían la teoría clásica de que todo en la tierra estaba sujeto a cuatro elementos que tenían sus correspondientes cualidades: al fuego y al aire correspondían el calor y la frialdad, que eran cualidades activas, y al agua y tierra iban unidas humedad y sequedad, que eran pasivas. Esas cualidades y esos elementos estaban indefectiblemente unidos a la vida y el destino de los individuos al estar éstos y aquéllos sabiamente conectados en la creación. Rodrigo Zamorano, el sabio cosmógrafo riosecano que sirvió al rey Felipe II, se expresa así en su obra Cronología y reportorio de la razón de los tiempos al hablar de la región del universo en que estaban aquellos elementos: «Algunos llamaron a esta región la hez del mundo por estar en el asiento o parte más baja de él, o porque en todo el mundo es ésta la parte más espesa. Es pues la región elemental aquella parte del mundo que consta de los cuatro elementos, fuego, aire, agua y tierra, que se nombraron así como quien dice elevamentos o hylementos, porque de la mixtura de ellos se levantan, resultan y forman todos los cuerpos que hay compuestos en el universo; o se nombran así como alimentos, porque todos los mixtos se nutren o alimentan de ellos». Otro sabio autor de estas enciclopedias naturalistas, Jerónimo Cortés, confirmaba en su libro Lunario y pronóstico perpetuo: «La región elemental es todo lo que hay criado desde el orbe de la luna hasta el centro de la tierra; todo lo cual está compuesto por cuatro cuerpos simples que llamamos elementos y son los siguientes: tierra, agua, aire y fuego. La tierra tiene de redondez, según la mejor opinión, 7200 leguas si se pudieran andar por línea recta... Luego encima de la tierra se sigue inmediatamente el agua, diez veces tanto más que la tierra... Luego se sigue el aire, diez veces tanto más que el agua en raridad... El cuarto elemento es el fuego, diez veces más raro y simple que el aire».





El mundo

Esta selección pretende dar una visión universal de las cosas que aleje a quien lo escuche o repase sus textos de la habitual versión localista de la tradición. El folklore es un catálogo de respuestas a las preguntas más frecuentes que se hace el ser humano sobre su entorno. La transmisión oral de esas respuestas para que se conviertan en experiencia aprovechable las transforma en patrimonio no material que sólo se mantendrá en el tiempo si cuenta con nuestra confianza y nuestro apoyo. En ese sentido las visiones estrictamente locales de los hechos folklóricos suelen conducir a un etnocentrismo poco recomendable y además poco práctico porque nos da una explicación demasiado estrecha y corta de las costumbres y tradiciones en vez de remontarnos en el tiempo y ampliar el enfoque. De ese modo abierto, complementario, parcialmente imbricado, contemplaron nuestros mayores su entorno y su relación con él. Para ellos la naturaleza era un sistema casi perfecto cuyo comportamiento cíclico ayudaba a comprender mejor las abundancias y carencias. Los meses tenían defectos y virtudes, las estaciones auges y decadencias como el propio individuo. Cuando el esfuerzo personal o colectivo no podía paliar la escasez se echaba mano de divinidades y seres protectores cuya influencia benéfica pudiese acabar con las penurias. Toda esa trama combinada con la urdimbre de la propia vida servía de excusa para crear un tejido estético dentro de los cánones conocidos de la poesía o de la música. Hay pocos textos que reflejen mejor la magia del canto y sus consecuencias que el romance del «amor más poderoso que la muerte» –según lo bautizó Menéndez Pidal– en el que el protagonista, enamorado, interpreta una canción maravillosa que «...de tan bonita que era / al caballo hace parar Las aves que iban volando / abajo las hacía posar Los peces que están en hondo / los hacía levantar...»

Y pocos textos que describan mejor el curioso, articulado e ilógico «orden» del mundo que la versión recogida por Cortés Vázquez en Miranda del Castañar de un recitado acumulativo en el que, como si se tratara de un inacabable círculo, el burro se bebe el agua, que a su vez apaga al fuego, que ha quemado a la madera que pegó al perro que mordió al gato que se comió al ratón que horadó la pared que detuvo al viento que movió a la nube que oscureció al todopoderoso sol que a su vez derritió a ese carámbano que al caer le cortó una pata a la pajarita del narrador... ¿Se puede implicar en menos espacio a más elementos de los que componen el mundo y la naturaleza? Animales, árboles, meteoros, astros y agua forman una rueda interminable y didáctica que ayuda a mantener la memoria, a perfeccionar la dicción, a entretener y a practicar el arte verbal en un solo acto. Una auténtica etnosíntesis.



Joaquín Díaz






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