MECyL

Los Animales

Los animales en libertad • Los animales domesticados • Los animales fantásticos



El asno y el perro (Fábula)

El perrito chino (Infantil, para saltar a la comba)

Los diez perritos

La perra de la Tía Isabel

Et in terra parió la mi perra

El corderito y su madre. Quintanilla de Trigueros (Valladolid)

El corderito y su madre. Pinarnegrillo (Segovia)

El corderito y su madre. Navalmoral de la Sierra (Avila)

El corderito y su madre. Abastas (Palencia)

De lo que hablan las ovejas

La oveja ética (Trabalenguas)

Los nombres del cerdo

El burro de la Tía Vinagre

La pava y las hormigas (Fábula)

Juicio del gallo

Pedir p´al gallo

El gallo y la zorra (Cuento)

La boda de la pulga y el piojo

La mosca y la mora

Increpación al caracol. Pinarnegrillo (Segovia)

Increpación al caracol. Abastas (Palencia)

Increpación al caracol. Abastas (Palencia)

Increpación al caracol. Quintanilla de Trigueros (Valladolid)

Increpación a la lagartija

Increpación al grillo y a la araña

Increpación al morcigallo

La cigüeña y sus hijos. Quintanilla de Trigueros (Valladolid)

La cigüeña y sus hijos. Navalmoral de la Sierra (Avila)

La lucha de la cigüeña y la culebra. Olmedo (Valladolid)

La lucha de la cigüeña y la culebra. Sejas de Aliste (Zamora)

Pasacalles festivo. Pastores (Salamanca)

El cuco rubiello. Bierzo Bajo (Léon)

Lo que dice el cuclillo. Llano de Olmedo (Valladolid)

Lo que dicen los pájaros. Fornillos de Fermoselle (Zamora)

La perdiz y la ciberla. Fornillos de Fermoselle (Zamora)

Felicitación. Pinarnegrillo (Segovia)

Lo que dice la golondrina. Llano de Olmedo (Valladolid)

El vuelo de las grullas. Navalmoral de la Sierra (Avila)

Al curquillo y al moral. Villabrágima (Valladolid)

Invocación a la mariquita. Navalmoral de la Sierra (Avila)

Santandilla de Dios

Baqueta de Dios

Reclamos de pájaros (codorniz, canario, oropéndora, cogujada y calandria)

Cuento del Alcaraván

La pájara pinta

El murciélago, el erizo y el cuclillo (adivinanzas)

Cinco lobitos

Cinco lobitos

La loba parda

Toreras

Cante del torillo

A por ellos (toreras)

A la compra

La culebra (Danza procesional)

El despoblado de Miranda

La culebra desagradecida es devuelta a la cautividad (Cuento AT 155)

Los cuatro monteros (Paloteo)

La fiera Cuprecia

Los ojaranquillos (Cuento)

La muchacha en forma de lobo

Ay qué sandías, ay qué melones (Jota)

Los animales en libertad

Como parte integrante de la naturaleza y más o menos cercanos al entorno del individuo, los animales son ora compañeros ora adversarios con los que aquél debe convivir o a los que debe respetar por miedo o por sentido común. Desde los más antiguos relatos hay un interés por demostrar que los animales son inferiores al hombre pero, al mismo tiempo, aparecen aquí y allá vestigios de cuentos y leyendas en los que las metamorfosis ofrecen un curioso campo de estudio a los antropólogos, pues en ellos el hombre se transforma en animal con tanta asiduidad como el lobo o el oso hablan y actúan al estilo de los seres humanos. Es frecuente entre los narradores orales comenzar los cuentos diciendo mientras miran a su auditorio: “En el tiempo en que hablabais todos los animalitos…”, expresión que parece transportarnos a una época remota, posiblemente anterior al diluvio y cercana al paraíso, en que animales y personas se comprendían con un lenguaje único y se respetaban. Pero esa es otra historia a la que no vamos a referirnos aquí…Para hacer más sencillo el acercamiento al mundo de los animales, su lenguaje y sus particularidades, hemos dividido esta sección en tres apartados: el de los animales en libertad, el de los seres domesticados y condenados a vivir en compañía del ser humano y el de los seres fantásticos, producto generalmente de la imaginación y la posibilidad de alteración de los temas en la transmisión verbal.

Miles y miles de especies existen desde hace millones de años en nuestro planeta en una suerte de convivencia “natural” cuyas consecuencias pueden parecernos en ocasiones terroríficas si las analizamos a la luz de nuestra exclusiva razón. Las razones de la naturaleza sin embargo son otras, según parece, y contemplan sin rubor las luchas por la supervivencia o el principio supremo de la conservación de la especie, leyes ambas que llevan a los animales a extremos paradójicos: las Phyllias, por ejemplo, se mimetizan de forma tan admirable con las hojas en las que se posan que terminan siendo devoradas por sus propias congéneres, incapaces de distinguirlas; no menos cruel y sorprendente es el comportamiento de la Mantis, cuyo ritual sexual incluye en ocasiones la homofagia del macho por parte de la hembra. Sin embargo algunos de esos animales, por sus actitudes o por sus características, fueron considerados en civilizaciones primitivas como representación divina, es decir como una representación sacralizada de lo humano. Y es que el automatismo, o el instinto si se prefiere, controla muchas veces la existencia de los seres, sean éstos personas o insectos y puede convertir en sobrenaturales e inexplicables determinados comportamientos que vienen de la prehistoria pero traen un escaso bagaje aclaratorio.

Tal vez proceda de esa creencia de que los animales son dioses reencarnados, la admiración, el miedo o el respeto que esos mismos animales –domésticos o salvajes– despertaron en el ser humano, que los vio reflejados en el cielo y los relacionó con su propio destino a través de los libros de adivinación, los lunarios o pronósticos perpetuos y los horóscopos.

Estos libros y escritos, por más que nos parezcan a veces crípticos a veces infantiles, tenían dos virtudes hoy casi desaparecidas: eran, por una parte, una síntesis o resumen de conocimientos antiguos que comunicaban al ser humano con sus orígenes y, por otra, permitían relacionar todos esos conocimientos dando a la educación una cohesión y una coherencia. Eran pequeñas enciclopedias en su sentido más clásico y virtuoso del término: educación circular que enlazaba y aglutinaba como mágico anillo la sabiduría de una especie. De ese modo, era explicable que aquello que sucedía en el cielo tuviese un reflejo en la tierra o fuese un espejo de lo que en ella acontecía: los primeros seres que miraron al cielo descubrieron en él dibujos de estrellas y constelaciones que semejaban figuras de personas o de animales. De esa visión nacieron las 48 imágenes del cielo octavo que correspondían, según Rodrigo Zamorano en su Cronología y Reportorio de la razón de los tiempos, a las siguientes: “Gémini, Virgo, Aquario, Hércules, Cepheo, Casiopea, Andrómeda, Perseo, Orión, el Serpentario y Bootes; o a figura de animales brutos y éstas son: Aries, Tauro, Capricornio, Sagitario, Centauro, la Ossa Mayor, la Ossa menor, el Cavallo menor y el Pegaso, el Can mayor y el Can menor y la Liebre; o a figura de animales feroces, bestias y de rapiña, y éstas son el León, el Lobo y el Dragón; o a figura de Serpientes, o Pesces como Cáncer, Scorpio, Pisces, la Serpiente del Serpentario, la Hidra, el pesce meridional, la Ballena y el Delfín; o a figuras de Aves y éstas son el Águila, el Buitre, el Cisne y el Cuervo; o finalmente a figuras de cosas sin ánima como Libra, la Saeta, el Triángulo, la Lira, la Ara, el Vaso, las Coronas, la Nave y el río Eridano”.


Los animales domesticados

No es extraño, pues, que la tradición, encerrada en esos libros o basada en ellos, nos haya legado un tipo de relación con los animales que hoy, desprovistos de las claves y el criterio que nos permitirían analizar los datos de forma cabal, se nos antoja incomprensible: buena parte de la opinión pública clama contra los juegos de gallos o de toros, al tiempo que no comprende la angustia del ganadero rural ante la figura del lobo. El oso, que fue animal fundamental en la creación de las primeras mitologías, pasó a refugiarse en el mundo de los cuentos y acabó siendo especie protegida en todos los sentidos posibles (las versiones castellanas y leonesas de cuentos recogidas en los dos últimos siglos nos presentan a un oso llamado Juanitonto al que le suceden casi siempre desgracias por su falta de inteligencia). Todas las campañas de sensibilización actuales hacia la naturaleza o los animales serán incapaces de transmitir el sentido profundo de aquella sabiduría antigua, basada en la experiencia vital y en la fuerza de los principios contrarios del bien y del mal o de la astucia y la necedad. Esa relación “natural” del ser humano con los animales le autorizaba a llamarlos, a imitar sus cantos o a traducir al lenguaje humano sus trinos, a respetarlos y perseguirlos, a adorarlos e incluso a comérselos si la ocasión o la circunstancia lo aconsejaban.





Un animal en particular, el toro, acapara casi todas las posibilidades de relación que hemos mencionado: el toro es símbolo, es mito, es generador de diversión y es alimento. Ya sea en el campo ya en el coso, su presencia despierta, desde épocas remotas, diferentes sentimientos en el individuo. El toro es prototipo de actividad genésica (de ahí que todavía en algunos lugares se continúe otorgando al vencedor del combate sus turmas), es símbolo de valentía y nobleza, es proclive a la contienda y, precisamente gracias a esa propensión, el ser humano lo utiliza para demostrarse a sí mismo que le supera en cualidades (cosa que no siempre logra). Muchos romances y canciones narran esa secular relación que, conforme pasaban los siglos, se ha ido regularizando para ordenar y normalizar todos aquellos aspectos relacionados con la “fiesta” que podían generar confusión o conflicto: desde las primeras ordenanzas medievales que prohibían el paso de las carreras de toros por lugares en que pudiesen causar destrozos hasta los reglamentos taurinos que señalan los momentos que debe seguir la lidia, el enfrentamiento entre toro y hombre no sólo ha generado jurisprudencia sino mucha literatura y abundantes creaciones orales.

Uno de los defectos que mejor caracterizan al ser humano y que le diferencian de otras especies, es el egoísmo. Invocando perentorias necesidades, el individuo fue capturando y domesticando animales para su propio provecho. En unos casos porque extraía de ellos beneficios directos o indirectos: de la vaca sacaba leche y asimismo le servía para arar, por ejemplo; de las palomas tomaba los pichones y usaba la palomina como abono; los cerdos le ayudaban a reciclar las sobras de alimentos y además le ofrecían el máximo de aprovechamiento. En otros casos porque le defendían de especies más molestas (el caso de perros y gatos que impedían que lobos o ratones invadieran el territorio “humano” o sus aledaños). También a veces por la admiración que despertaba su canto: recordemos los cuentos sobre el canto mágico de ruiseñores y otras especies a los que algún desaprensivo trataba de encerrar en una jaula para que cantasen sólo para él. Es curioso el deseo humano de que esos animales, más o menos sometidos, pertenecieran al grupo familiar para lo que incluso se les bendecía y se les llevaba a la iglesia, habiéndoseles asignado desde tiempos remotos patronazgos de lujo como los de San Antón o San Francisco, quienes, según relatos legendarios, convivieron con algunos animales o los trataron como a personas.

La iconografía hagiográfica nos muestra a muchos santos acompañados por diferentes animales (algunos evangelistas, San Jerónimo, San Roque, etc. sin olvidar que el símbolo de la propia Trinidad es una paloma o que la Virgen vence y pisa la cabeza a la serpiente, la tentadora de nuestros primeros padres). Los evangelios apócrifos, ya desde los primeros siglos del cristianismo, colocaron al asno y al buey alentando y protegiendo a Jesús según la profecía que en la Biblia había dejado Isaías (1,3), lo cual podría considerarse como una preparación para el reconocimiento de la propia Iglesia hacia el papel de los animales en la vida cotidiana. La tradición se heredaba del mundo judío, pueblo de pastores, en el que aquellos animales, además de compañía, vestido y alimento, prestaban su propia vida para el sacrificio y la expiación como sustitutos de la vida humana cuando el hombre pecaba o cometía una falta (recuérdese el caso del chivo expiatorio o del novillo del Levítico).

Muchos de los pronósticos meteorológicos recogidos en esos libros o almanaques de que antes hablábamos, venían condicionados por la actividad o actitud de determinados animales: si las hormigas se arremolinaban o si las ranas saltaban de determinada forma o si las aves hacían esto o aquello, significaba que iba a llover o hacer bonanza, etc., etc. Eso en el caso de un simple pronóstico del tiempo. Si hablásemos de conjeturas o predicciones que afectaban a la vida del ser humano o a su futuro ya estábamos en terrenos más espinosos: la buena o mala suerte, los juegos de adivinación –tan peligrosos para el alma del cristiano como prohibidos por la religión– dependieron con mucha frecuencia de la relación entre los propios hechiceros y determinados animales como el gato negro o el macho cabrío. Algunos relatos narran la costumbre de las brujas de transformarse en felinos para desplazarse más rápidamente en sus correrías nocturnas. Otras canciones, en cambio, recordaban la sencilla forma de pastores y labradores de consultar al cuco para conocer a través de su canto cuántos años faltaban para la boda o para el entierro de uno mismo.

Los animales fantásticos

La imaginación, cuanto más desatada mejor, solía marcar los amplios límites en los que desarrollaban su actividad seres fantásticos, casi siempre peligrosos para el individuo. Y no hablamos de seres monstruosos nacidos del propio hombre y en los que la naturaleza había dejado su sello de imperfección, como los Monstres et prodiges de Ambroise Paré, ni tampoco de dragones mitológicos procedentes de historias legendarias. Los animales fantásticos estaban entre la realidad y la ficción pero tenían un poco de ambas. La fiera Cuprecia, por ejemplo, aparecía en los grabados difundidos por los ciegos en los pliegos de cordel como una especie de leona con alas de dragón y cara y pechos de mujer. Su descripción, tras ser hallada en Melilla, en el Rio de la Plata, era más o menos ésta:



Tiene boca de León / los cuernos de toro bravo
Pelo como una mujer / y las alas de pescado
Las uñas como puñales / las orejas de carnero
Y en el rabo una cruceta / que causa terror y miedo…

Otro tanto, aunque no conozco pliego que traiga su retrato (el papel que observo está reimpreso en la imprenta Barroso, de Benavente), sucedía con la Fiera Membrana, procedente del África:

Y dicen que su origen / fueron tierras africanas
Que otros tiempos atrás / hubo otra semejanza
Sólo de aquellos paises / puede ser originaria…

La fiera, llegada –no se sabe cómo– a Alemania y aparecida en una cueva, es prácticamente invulnerable:

…Y de las observaciones / dicen no pueden matarla
Tiene una concha tan fuerte / que retroceden las balas.

Finalmente, un batallón de Húsares le da la muerte, destacándose en la empresa el comandante:

La cruz laureada de hierro / al punto le fue otorgada
Al valiente comandante / que este batallón mandaba.

Otros seres fantásticos, las sirenas, aparecidos en épocas en que la conquista del mar y el conocimiento de la navegación eran imprescindibles para conservar la propia vida, distraían con su canto –mitad humano mitad de ave– la atención de los marineros para arrojarles a las profundidades abisales; más tarde la iconografía las representó como mujeres pez.

Un juego papirofléctico en el que se dobla y desdobla un folio para ir mostrando sucesivamente un corazón, una vigüela, una sirena, una mujer y una cruz (con fines morales, naturalmente) incluye un curioso dibujo en el que el ser misterioso, siempre símbolo de la fantasía y de la tentación, se transforma en una dama:

Si eres curioso lector / abrirás este papel
Y verás un corazón / que te podrá entretener.
Al corazón afligido / la música le consuela
Ábrelo, que está partido / y verás una vihuela.
Esta música leal / consuela cualquier pena
Abre pronto la guitarra / y verás una sirena.
La sirena de la mar / ha formado sin querer
Con aspecto singular / el cuerpo de una mujer.
Esta mujer es devota / y tiene por devoción
De darnos a conocer / dónde murió el Redentor.

El catálogo de monstruos femeninos se completa en las grabaciones con el cuento de la joven que adquiere por el día figura de loba y por la noche se despoja de su disfraz hasta que es desencantada por un valiente mozo que tira a la hoguera el pellejo lobuno antes de que pueda ser recuperado por su propietaria. Similar caso, aunque más inclinado a un tipo de mujer asilvestrada, es el de la Serrana de la Vera que, precisamente por estar más cerca de lo humano que de lo animal, se sale de la temática de este apartado.

Joaquín Díaz




I. Los animales domésticos

Parece que la constante del hombre a lo largo de su trayectoria en el mundo, a medida que se erguía sobre sus cuartos traseros, es la de esforzarse en dominar todo aquello que le rodea, los árboles y plantas, los ríos y los animales, de la misma manera que tiende a dominar lo salvaje o indisciplinado de su cuerpo, las llamadas zonas erróneas. Esta disciplina aprendida, se vierte como conjunto de normas sociales establecidas entre todos (no siempre de común acuerdo e imperando la fuerza la mayor parte de las veces), que es lo que en teoría, nos diferencia de las demás especies. La vida en sociedad, pues, permite un desarrollo organizado y ordenado de la misma, y un respeto mutuo entre los hombres, alejando de nosotros cualquier resquicio de la pasada vida natural.



Esta declaración de principios, que de entrada haría incomprensible cualquier otra organización social dentro del mundo (como si el resto de las especies no vivieran dentro de su propia sociedad establecida y heredada) analizada detalladamente daría mucho que hablar, sobre qué es realmente lo normal, lo salvaje o lo social en la actualidad, habida cuenta de que muchos comportamiento tenidos hoy por anti–sociales campan a sus anchas en el mundo animal, en el de algunos primitivos actuales o en nuestra tradición en épocas no tan remotas (poligamia, suicidio, conductas sexuales drásticas o variadas, matriarcado o mayorazgo, amputaciones rituales, ingesta de comida cruda o canibalismo, falta de higiene, etc).

Dejando a un lado estas hilvanadas conjeturas, la forma de vida que el hombre ha de seguir si está en sociedad, se ha manifestado desde la invención del alfabeto en normas escritas, reglamentos, ordenanzas, tablas, leyes y códigos que eran propias al patrimonio de la memoria y de las enseñanzas ejemplificadas dentro de la tradición oral mediante relatos de leyendas y cuentos.

El recuerdo de la cercana vida animal hizo que fuesen los animales los encargados de este menester: mostrar el conjunto de normas y valores sociales. Éstos, actúan como personas y dialogan, imitando nuestras costumbres, comportamientos, sentimientos y necesidades que por vergüenza ponemos en su boca, en ese afán comentado de eliminar del ser humano cualquier viso de irracionalidad, salvajismo o anormalidad. El cuento y la fábula en edades infantiles y el romance en edades juveniles, son el vehículo perfecto que utiliza la sociedad para establecer e infundir los valores correctos (o por lo menos aceptados de común acuerdo en una época concreta) en los que ha de desenvolverse el hombre social, formar la conciencia, el temperamento, seleccionar las emociones, estimular la imaginación, etc.

Cada animal tiene establecido un papel determinado y clarificador con una serie concreta de virtudes o defectos: la zorra la astucia, el lobo la fiereza o la rapidez, el oso y el asno la torpeza, el gallo el narcisismo ingenuo, la ternura del cordero, la fuerza el buey, la fidelidad el perro y un largo etcétera en el que intervienen caballos, leones, hormigas, cigüeñas, peces, ranas o conejos.

Todos estos relatos se han trasmitido tanto por vía oral, de abuelos a nietos, en reuniones de comadres o veladeros, como de forma escrita en libros moralizantes, ejemplarios y fabularios medievales, entre los que incluimos la Biblia en sus versiones manuscritas o tempranamente impresas. Las escuelas españolas favorecieron la labor de dos de nuestros más fecundos fabulistas, el canario Tomás de Iriarte (1750–1791) y el riojano Félix María Samaniego (1745–1801), este último aunque menos culto y formado que el anterior, con más gracejo y frescura compositiva, de ahí que la obra de ambos se imprimiera en numerosas ocasiones desde las primeras ediciones de 1781 de Samaniego y de 1782 de Iriarte.

II. Los animales en libertad

En el apartado formado por los animales salvajes, aquellos que su ansia de libertad les ha podido o que tenían escasa valía para saciar de alguna forma el placer y el egoísmo humano, hemos escogido en primer término los animales más cercanos, cuasi domésticos, pero que desarrollan su actividad según orden asilvestrado de su especie y sus instinto.

La imitación del mundo animal, bien sea en danzas que recuerdan los movimientos de determinados animales, su aspecto físico en rituales en los que se visten sus pieles o sus cuernos o cuando se los llama nombrándolos de forma repetitiva, tiene como fin último la atracción del animal, de sus poderes, conseguidos tras la caza y la ingestión de sus cuerpos. Vuelven a refugiarse en el repertorio infantil letras y coplas bastante más antiguas y menos ingenuas de lo que a simple vista puedan parecer. Las increpaciones y reclamos insistentes de los niños hacia ciertos animalillos del campo aguardan un triste desenlace para los mismos, que acabarán enjaulados, guisados, estrellados contra el suelo o castrados.

La cigüeña es un ave muy popular en el medio rural, puesto que su llegada anuncia el buen tiempo y acaba con las alimañas y los reptiles del campo. Su estilosa figura que anida en torres y campanarios hizo que se considerase ave bendita y una vecina más, y así se refleja en los cuentos en los que aparece como una comadre. Era costumbre que el primer niño que la divisaba fuera corriendo a avisar al alcalde de su llegada, y éste había de corresponderle con una propina.

El enfrentamiento de animales ha sido motivo de admiración y posteriormente de diversión popular desde la antigüedad. La lucha circense de perros y osos, osos y toros, perros y toros, de gallos, de carneros, de toros entre sí han figurado hasta la fecha como actos lúdicos y de diversión festiva tanto en el medio rural como en el urbano. La lucha de la cigüeña con la culebra es un motivo iconográfico que ha tenido su plasmación como canción en nuestra tradición.

Referir también canciones que “se hacen con animales”. Algunos restos prehistóricos nos hablan de la tradición todavía actual de utilizar huesos, pezuñas o cascos de animales como silbos, huesos como palillos de tambor, pieles como parches, tendones y tripas como cuerdas, caparazones de tortugas como cajas de resonancia, ristras de huesos y conchas como idiófonos frotados. Testimonios centroeuropeos nos atestiguan la utilización de huesos biselados como sencillas flautas hace 25.000 años, costumbre común entre los egipcios y el mundo clásico y oriental. En tierras de Ciudad Rodrigo se ha documentado la fabricación de flautas de tres agujeros aprovechando las patas de las cigüeñas o las alas de los buitres (con una embocadura de cuerno de cabra biselado) hasta la época actual, con un sonido muy característico y agudo.

Algunos antropólogos defienden que los sonidos emitidos con este tipo de instrumentos se corresponden con un lenguaje divino, cuando en los tiempos antiguos dentro de cada animal habitaba el espíritu de un dios. Es una constante a lo largo de las tradiciones culturales de todo el mundo el intento humano de lograr entender el lenguaje de los animales, con este referente primitivo como trasmisor del lenguaje de Dioses. Por ello, se cree que algunos animales son capaces de advertir a los humanos de peligros y desgracias, adivinar su futuro o reclamar su vida en sacrificio divino. Entre ellos el cuco, curquillo o cuclillo con su canto monosilábico de mal agüero responde a cuantas preguntas le formula la mujer para averiguar cuántos años la faltan para casar o para morir. Correas en su Vocabulario ya recoge el certero refrán relacionado con la infidelidad “¡Cucú, guarda, no lo seas tú!”

Otros animales como las cornejas, grajas o cuervos auguran desgracias venideras con su sola presencia, recordemos algunos pasajes del Cid donde la aparición de cuervos presagian pérdidas de batallas o muertes cercanas. Del mismo modo cuando ululan el búho o la coruja, canta el cárabo, el chotacabras o un gallo en mitad de la noche, significan el desenlace fatal de algún enfermo. El aullido del lobo o de un perro sobrecoge en la noche y la presencia de un zorro merodeando la casa de un enfermo y su ladrido anuncian su muerte próxima.

La extrema sensibilidad ambiental los hace compañeros estupendos para adivinar el tiempo. Perdidos en nosotros el sentido del olfato canino y la aguda vista rapaz hemos de observar en el canto o en la presencia de determinados animales las señales inequívocas que anuncia unan inestabilidad o cambio atmosférica. La hormigas aladas y las larvas fuera del hormiguero o el canto de la rana barruntan lluvia, así como la llegada de las cigüeñas en San Blas nos hablan de la entrada de la nueva estación primaveral. El presagio del mal tiempo se observa también en las vacas que se van situando en una u otra laderas de la montaña buscando abrigo, y la intranquilidad de los animales cercanos, perros, gatos o pájaros nos previenen sobre un terremoto o catástrofe atmosférica. La aspereza del canto del mochuelo hace presagiar la borrasca o un tiempo frío y áspero y las encabritadas ovejas en la primavera saltan nerviosas ante la inestabilidad del tiempo.

El deseo de controlar la naturaleza pasa por la imitación del lenguaje de los animales para atraerlos hacia sí, erigiendo al hombre señor de las bestias. La atracción de pájaros con fines cinegéticos mediante la utilización de reclamos vivos, silbatos y chiflas alcanza su grado sumo cuando el reclamo se hace con una sutil imitación realizada con los labios y la lengua.

El juego de la pájara pinta debió ser muy conocido en todo el siglo de oro pues en diferentes ocasiones los escritores lo citan. Margit Frenk recoge de Tirso de Molina un canto vuelto a lo profano de este tema en La elección por la virtud. Dicha popularidad fue aprovechada por Luis de Briceño, utilizando estas mismas letras para facilitar el aprendizaje de la cuerda en su Método mui facilísimo para aprender a tañer la gvitarra a lo español, de 1626.

Muchos antropólogos al referirse a la cultura ibérica la tildan apasionadamente de taurina, olvidando tal vez que los celtas a quien adoraban, por las virtudes que todos conocemos y degustamos, también era al cerdo. Pero la cultura peninsular es cultura del lobo. El lobo ibérico dueño de bosques, montes y ahora de trigales y tierras de campos es un elemento cultural imprescindible en la tradición. Docenas de cuentos (donde compite con la zorra en múltiples aventuras) y leyendas, canciones (La epístola de la cabra y el lobo) y romances como la loba parda repetidos hasta la saciedad en los libros de texto de la escuela y sonsonetes infantiles envolvían en un mundo oscuro pero cercano a la vez a hombres y animales.

El toro, animal considerado salvaje pero domesticado para un solo fin, servir de atracción y morir en las plazas. La tradición taurina castellana viene referida desde los tiempos de las crónicas, de las Cantigas y al menos desde 1499 se regulan los encierros populares por las calles, como en el caso de Cuéllar. Toros de fuego y del alba, toros enmaromados, lanceados, espantes, recortes y sobre todo encierros callejeros han dado la vida en las fiestas en todas las capitales y en la mayor parte de los pueblos de nuestra comunidad, en su mitad sur principalmente. Salamanca, Zamora, Avila, Segovia, Soria y Valladolid, tienen una tradición taurina de calle que se mantiene con fuerza a pesar de la crítica social de estos tiempos.

El canto propio de este momento son las toreras que se entonan en grupo camino de los encierros o en las plazas armadas de palos. Son muy comunes en las áreas de la sierra de Avila y allá donde se desparraman sus estribaciones, Cáceres y Toledo.

Una semana antes de San Juan acuden los sorianos al término de Valonsadero para festejar la compra de los toros que días después se correrán en los encierros y lidiarán en la plaza los toreros. Estas fiestas, populares en extremo, sin embargo no han fructificado en un repertorio antiguo y tradicional de canciones que acompañan los diferentes actos festivos con melodías y letras de pluma popular, recreadas con el paso de los años. Curiosamente las canciones que acompañan la semana de fiestas son modernas composiciones de los años 30 del siglo pasado de los músicos y letristas sorianos Jesús Hernández de la Iglesia y Francisco García Muñoz, que se han asentado en la memoria colectiva y participan con la misma fuerza que romances, gozos o danzas de palos acompañan desde hace siglos procesiones y novenas de otros santos y vírgenes objeto de devoción patronal. El éxito se debió seguramente a la reelaboración de alguna melodía popular de esos años como en este tema, donde algunos fragmentos recuerdan pasajes musicales de pasacalles de danzantes de palos de localidades serranas y aun de las cercanas tierras aragonesas. Este pasacalles o “sanjuanera” titulado “A la compra” se estrenó el 15 de junio de 1935 y desde entonces no ha dejado de sonar ni de estar en boca de todos los sorianos en las fiestas.

Causante de la pérdida del Paraíso y de todas las desgracias que el hombre ha sufrido desde entonces, la culebra ha estado maldita en la religión católica como representante del Maligno. En el resto de las culturas no ha tenido mejor fortuna ya que es leyenda común a muchos pueblos antiguos la victoria de un dios sobre la culebra (en sus diferentes especies de sierpe, dragón u otro tipo de reptil rastrero).

Algunas fiestas rituales mantienen restos de primitivas danzas de imitación que en origen buscaban atraer la caza. Aunque apenas hay testimonios actuales españoles (frecuentes en danzas africanas, asiáticas y sudamericanas) los libros de cuentas de las cofradías y de acuerdos de los Ayuntamientos están plagados de noticias de estas danzas animalísticas, como la “danza de las grullas” que vió Felipe III en su entrada en Segovia en 1600 o la de “los osos” que años después representaron los danzantes en la procesión del Corpus. Las danzas de los caballitos, acompañando frecuentemente los gigantes y cabezudos, las danzas de “la Mulasa” o la del “Áliga” en Cataluña y Levante o “la de la culebra” tienen en su desarrollo, ya muy diluido por el paso de los siglos, elementos bien antiguos que ya figuraban en las danzas de los primeros pobladores de la Península.

La danza de la culebra, que interpretaban los danzantes en caracoleos y serpenteos siguiendo al guión o chiborra de la danza acaba en ocasiones rodeando al santo, cerrando un círculo de bailadores en torno a las andas en un testimonio que queremos ver casi mítico: la culebra, o sea el mal, a los pies del santo local. La danza se conoce en numerosas localidades entre las que se encuentran Villada, Cisneros y Becerril de Campos (Palencia), Lobeznos y Ungilde (Zamora, denominada allí “la bicha”), Curiel y Pesquera (Valladolid), Villambistia, Pedrosa del Rey, Boada y Roa de Duero (Burgos) o en la sierra de Segovia.

A pesar de la repulsa del hombre por este bicho, la camisa de la culebra, cuando ésta había mudado de piel en mayo, y que se encuentra en el campo, se usaba como remedio casero para el dolor de cabeza y muchos campesinos la llevaban enroscada a la sien bajo la boina en la creencia de que todos estos animales venenosos tienen en su propio cuerpo el antídoto contra su mal.

La culebra de los cuentos, leyendas y fábulas aparece siempre como un reptil zafio y embustero que intenta engañar a todos aquellos que se le acercan. El libro de Buen Amor refiere un ejemplo de la culebra desagradecida que acaba con la vida de aquel que la recoge y la vuelve a la vida al calor de su pecho, del mismo modo que Esopo, Samaniego y Jean La Fontaine relatan casos similares en sus fábulas. Se echa mano de cualquier reptil en general para ambientar una historia con tintes ponzoñosos. La leyenda del pueblo que desaparece por el envenenamiento masivo de sus pobladores envenenados por un reptil, se narra aquí y allá en muchas parte de nuestra geografía. La desplobación de Miranda (despoblado medieval, cercano a Rebanal) es uno de los muchos ejemplos de ello.

Las historias del oso aparecen en verso en las fábulas de Samaniego “los dos amigos y el oso” y también en el relato (“Qué te dice el oso al oído?”, AT 179) junto a algunos cuentos más (“Piel de oso”, “El oso monta a caballo” AT117, “Comida de oso” AT179 o la “Castración del oso”), aunque muchas veces acaba siendo el lobo, en su mismo personaje de inocente, el que toma su papel sustituyéndolo.

La Montaña de León y Palencia sí mantiene algo más viva su imagen como animal cercano puesto que ahí vive refugiado. En Salamanca desapareció en el siglo xv y en Aliste en el xviii. El último oso sanabrés cayó fulminado a los pies de la Cabrera en 1920, donde todavía se conservan enormes cercados que protegían las colmenares de su ataque, y algunos pozos o chorcos de lobos que sirvieron también para la captura del plantígrado. La sierra de Gredos en Ávila fue territorio de abundante caza de lobos, corzos, jabalíes y osos hasta la Baja Edad Media y como patético testimonio se conserva una pata disecada clavada en la puerta de la iglesia de Navacepeda de Tormes, que dicen fue sesgada de un tajazo con la hoz por un segador al que atacó, aunque más bien perteneciera a un oso amaestrado de los gitanos o húngaros. Varias danzas de palos de Salamanca y Avila guardan entre los textos de sus lazos la antiquísima canción de ”los monteros” que relata la cacería de osos del rey Alfonso XI en la sierra de Navataluenga, cuyo testimonio se recoge en El libro de la Montería de mediados del xiv. De entonces viene la canción que danzan con palillos a las Angustias el 15 de septiembre los mozos en Hoyocasero (Avila).

III. Los animales fantásticos

Nuestra imaginación actual, tan escasamente desarrollada gracias a la acumulación de las miles de imágenes diarias que recibimos que impiden cualquier capacidad de sorpresa y emoción, era desbordante en las mentes de nuestros padres y abuelos. El paso del tiempo en esta sociedad que vamos a llamar moderna no ha podido borrar completamente, por fortuna, los vestigios humanos más cercanos a la tierra, el miedo a lo desconocido, la vida en el más allá y la existencia de seres no humanos.

Muchas de estas imágenes han quedado perpetuadas en la memoria a través de multitud de cuentos y leyendas que, dependiendo de la capacidad de interpretación y expresividad del relator se figuraban a todas luces como bestias reales de tiempos pasados pero aún no extintos. Seres recreados en la imaginación, conformados a partir de hallazgos fósiles antediluvianos, mitad animal, mitad persona, y conocidos ya, hace miles de años han acompañado al hombre en su recorrido en la tierra, y lo acompañarán, al menos en su mente, en sus viajes a otros mundos cercanos. La vigencia del bestiario helénico de faunos y minotauros y el medieval está hoy vivo en películas y cómics que toman una y mil veces figuras de Homero, de las Cantigas o de los bestiarios y libros de Horas que ilustraban sus capítulos con bichos con todo tipo de formas.

A vuela pluma repasamos la lista de invitados de esta glamurosa fiesta, que ha ido perdiendo participantes con el paso de los siglos, a saber: dragones de dos cabezas (llamados anfismenas), de siete y alados , sierpes, grifos, basiliscos, el Ave Fénix, sirenas, tritones y nereidas, cuélebres (serpientes voladoras), pegasos y unicornios, el cancerbero, ojáncanos (ogros de un solo ojo) y esciápodos (de una sola y enorme pierna), la mantícora de cuerpo de león, cara humana de tres filas de dientes; la centícore (león con patas de caballo y cuernos de ciervo), el mirmicoleón (mitad hormiga–mitad león), la hidra y un largo zoológico que recoge bajo la denominación de “la bicha” a los más llamativos reptiles.

La imagen y la estética tradicional han mantenido, algo más, algunas de estas formas animaladas con las que ilustrar trajes, mantelerías y otros objetos del ajuar cotidiano. Las serranas de Salamanca o las segovianas bordaban en sus paños de arca o sus juegos de cama ciervos y pescados, leones alados, serpientes de dudosa condición, águilas y pájaras de dos cabezas y algún colorista Ave Fénix. Los reptiles por su parte han campado más a sus anchas en las fraguas, y muchos llamadores de puertas, morillos de la lumbre y asadores de pinchos presentaban lagartos de dos patas, alados de enormes escamas y con otros caracteres zoomórficos indefinidos. Tritones, águilas bicéfalas y descomunales leones figuran en escudos nobiliarios y dinteles de entradas rurales labradas por canteros que se inspiraron en pliegos y en muchos libros eclesiásticos.

El dragón, bestia mítica en la tradición europea, ha ido desapareciendo paulatinamente de esta vida artesanal, pero aún se veían a lo largo del xx en cuernas talladas con bichas de siete cabezas, en los tejados de las torres en forma de veletas junto a San Jorge a caballo abatiéndolo. Más comunes son las cabezas engoladas de dragón que asoman en las esquinas de los tejados aliviando la caída de las aguas. Y figura presidiendo la procesión del Corpus zamorano junto a la Virgen, es la tarasca de diferentes pueblos y sobre un dragón de siete cabezas lanza–llamas aparece cabalgando el demonio en una entrada triunfal en la Loa sacramental de La Alberca.



La tradición oral por su parte ve apagarse los rescoldos de una fantasiosa literatura medieval venida a menos en la que chiscan de vez en cuanto algunos Pegasos que ayudan a pasar ríos y arroyos a intrépidos jugadores que pactan con el diablo, matan dragones de siete cabezas devoradoras de doncellas y arrancan algunas plumas del animal Grifo –mitad león mitad águila–, para lograr casarse con la princesa.

Algunos bichos más aparecen de higos a brevas en el romancero tradicional, que apenas constata la presencia de una sierpe emponzoñada en La calumnia de la Reina, cuyo veneno sirve a La condesa de Castilla, traidora a su causa. Alimañas parecidas, como la culebra que devoraba día a día las entrañas de Don Rodrigo penitente, el último rey godo, preso por una relación con Florinda La Cava que había costado la entrada de los moros en España.

–Dele el castigo, señor, / según él lo merecía.
déjelo en un calabozo / con una serpiente viva–.
La serpiente era tan grande / que siete bocas tenías,
con todas siete picaba / con todas siete mordía.
(Versión de Carbonera, Pola de Gordón. León)

El basilisco –mitad gallo, mitad serpiente o reptil–, nace del huevo que un gallo viejo pone entre el estiércol y un sapo fecunda e incuba. Su mortífera mirada aún se esquiva en muchos pueblos de la montaña de León y Palencia, donde el cuerno del alicorne (unicornio) sana de múltiples enfermedades y es capaz de cambiar el sexo de una persona si la mañana de San Juan dicho animal hace una cruz en el empeine del que lo solicita (léase en hombres convertidos en mujeres o viceversa, o de personas convertidas en animales por encantamientos de hadas o brujas).



Carlos Porro






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